Hablar de educación ambiental en abstracto es fácil, lo difícil, y lo verdaderamente urgente, es reflexionar cómo su presencia o su ausencia impacta todos los días en la vida cotidiana, especialmente en contextos urbanos complejos como el que se vive en grandes urbes como la Ciudad de México, donde millones de decisiones pequeñas, repetidas de forma automática, terminan acumulándose hasta definir el destino del medio ambiente.
La educación ambiental no es una materia aislada ni un discurso para especialistas, es una forma cotidiana de relacionarnos con el entorno: con el agua, la energía y los residuos que generamos todos los días (entre otras cosas). Y en una ciudad como la capital del país, marcada por la densidad poblacional y la presión constante sobre los recursos naturales, deja de ser un ideal y se vuelve una necesidad práctica.
Cuando existe, se refleja en hábitos simples como separar los residuos, reducir plásticos, cuidar el drenaje o el consumo de agua que, acumulados, generan impactos positivos reales. Por el contrario, cuando falta, se normaliza el desorden, la contaminación y la idea de que las acciones individuales no importan, aun cuando son precisamente esas rutinas las que terminan definiendo el destino ambiental de la ciudad.
Un ejemplo claro de esta brecha entre la norma y la práctica lo vivimos actualmente en la Ciudad de México con la implementación de la separación obligatoria de residuos en orgánica, inorgánica reciclable e inorgánica no reciclable. La medida, en el papel, es un avance necesario y alineado con estándares ambientales básicos. Sin embargo, en la práctica, sigue siendo común ver bolsas de basura mezclada, restos de comida junto a envases reciclables o desechos sanitarios en contenedores incorrectos. No se trata únicamente de desinterés o mala voluntad; en muchos casos, el problema es más profundo: las personas simplemente no tienen claro en qué categoría va cada residuo ni por qué es importante hacerlo bien.
Aquí es donde la ausencia de una educación ambiental sólida cobra factura. Las leyes y reformas que requieren participación social activa no pueden funcionar si no están acompañadas de procesos educativos claros, constantes y accesibles. De lo contrario, se corre el riesgo de generar frustración, sanciones injustas o la percepción de que las políticas ambientales son imposiciones desconectadas de la realidad. La educación ambiental no sólo prepara a la ciudadanía para cumplir normas, sino que le da sentido a esas normas, las vuelve comprensibles y, eventualmente, propias.
Además, educar ambientalmente también implica reconocer que nuestras rutinas diarias tienen consecuencias. Tirar basura en la calle porque “alguien más la va a recoger”, usar el coche para trayectos cortos por comodidad o desperdiciar alimentos porque “no pasa nada”, son decisiones que, aisladas, parecen insignificantes, pero que en conjunto alimentan la crisis ambiental que vivimos. La educación ambiental invita a romper esa lógica de la irresponsabilidad compartida y a asumir que cada acción cuenta, precisamente, porque no habitamos solos este planeta.
En ese sentido, el pasado lunes se conmemoró el Día Mundial de la Educación Ambiental y, en este contexto, vale la pena reconocer los esfuerzos, pero, sobre todo, encarar los retos pendientes con la ecología y el cuidado ambiental. En el Partido Verde hemos sido firmes promotores de ello, impulsando iniciativas y acciones para la implementación de asignaturas específicas que eduquen a los estudiantes en el cuidado del medio ambiente, por ejemplo. Porque, más allá de diferencias ideológicas, es fundamental que la educación ambiental sea una causa transversal, sostenida y prioritaria, porque educar hoy es la única forma de no tirar nuestro futuro a la basura.
