¿Seré normal?
En el fondo, las personas se preguntan qué tan común es eso que piensan, qué tan común es que sientan lo que sienten cuando atraviesan momentos críticos en sus vidas. Es común escuchar a los pacientes preguntarse si lo que piensan o les sucede es normal. En realidad, la normalidad en estos casos poco importa porque el que sea o no normal no alivia el sufrimiento que los lleva a cuestionarse.
¿Cuántas veces en la vida te has hecho esta pregunta? Muchos, de entrada, para evitar hacerla o responderla se etiquetan de anormales. Ahora, si la mayoría se considera “no normal”, entonces lo normal será ser no normal.
Más allá del juego de silogismos, el psicoanalista Jean Bergeret dedica una profunda investigación a este tema en un texto que denomina La personalidad normal y patológica, en el que analiza el uso común de la palabra normal: que la normalidad puede ser pensada como lo que sucede en la mayoría de los casos en relación con los demás, con el ideal (de las cosas que deberían hacerse) o con la regla (cómo se debe vivir y actuar). El primero consiste en que la normalidad podría ser pensada desde la estadística, en el sentido de la estandarización, y de esta forma relacionarla con un número mayoritario de comportamientos o de puntos de vista. La parte del ideal normal se puede ver transformada a partir de un ideal colectivo, lo cual nos recuerda al concepto de falso self (falso yo), de Donald Winnicott, que planteamos más adelante.
En el fondo, las personas se preguntan qué tan común es eso que piensan, qué tan común es que sientan lo que sienten cuando atraviesan momentos críticos en sus vidas. Es común escuchar a los pacientes preguntarse si lo que piensan o les sucede es normal. En realidad, la normalidad en estos casos poco importa porque el que sea o no normal —y la confirmación en cualquiera de los casos— no alivia el sufrimiento que los lleva a cuestionarse.
Más allá de la terapia, esta pregunta se hace entre amigos, en charlas más bien íntimas. Se piensa que cuando esta pregunta se hace, puede ser desde varios lugares. Un primer lugar es la búsqueda de validación. Como si se buscara encontrar confirmación de su ser o de su vivir. También es posible inferir que esa pregunta conlleva la sensación de aislamiento o soledad. Buscar la noción de normalidad lo llevaría a pensar que no está solo en eso que le pasa, que es parte de un grupo y que no lleva una carga que lo aísla de los demás. También puede ser un signo de una búsqueda de contacto con la realidad. ¿Eso que me sucede es normal?, como si se preguntaran ¿tengo los pies bien puestos en la tierra?
Desde el lado de lo normal, en lo que se piensa que debe ser un comportamiento ideal, podemos pensar en el falso self de Winnicott (The Maturational Processes and the Facilitating Environment). Este falso self es una estructura adaptativa que protege al verdadero self (el yo verdadero), y que cuida al sujeto del dolor y de sus propias emociones.
En este sentido, el falso self es como una cobertura del ser, que a partir de su relación con el medio construye una serie de comportamientos deseables y aceptables, según lo que su medio o quizá su estructura superyoica le indica. Sin embargo, este falso self carece de vitalidad. Está conectado con el exterior, pero parece haber perdido el puente con el interior, de tal manera que lo que se vive cada día en la vida parece carente de sentido. Se puede entender desde el pensamiento, por así decirlo, por qué se está haciendo lo que se hace, pero no se puede sentir regocijo o placer en eso que se hace. La vida se siente vacía, aunque el individuo pueda tener una agenda llena de actividades o aparentes intereses.
Otra característica de este falso self es que es carente de creatividad. No puede seguir ideas nuevas propias, pues constantemente está en búsqueda de validación de un medio mayor que le indique si va por buen camino. Lo más doloroso es que escuchar la validación no lo alivia, porque puede ayudar a calmar la mente, pero no la sensación de vacío que lo inunda.
El falso self quizás es muy normal y en este caso sería claro que la normalidad no lleva a la felicidad.
Y tú, ¿qué tan normal eres?
