La tragedia de Edith Guadalupe Valdés Zaldívar no es sólo el relato de una vida joven truncada por la violencia, sino el espejo de un sistema de justicia que ha renunciado a su función primordial: proteger al ciudadano.
Hoy hace una semana, Edith Guadalupe salió de su casa con la esperanza de conseguir un empleo. Acudió a una de esas citas de trabajo que en este país se han convertido en trampas mortales para las mujeres. Su cuerpo fue hallado el viernes, pero lo que estremece no es sólo el desenlace, sino el tortuoso camino que su familia tuvo que recorrer antes de recibir la terrible noticia.
En una declaración que pretendía ser empática, pero terminó siendo una confesión de incompetencia, la fiscal capitalina Bertha Alcalde dijo que era “indignante que una familia haya señalado con precisión y no se haya actuado con la inmediatez que el caso requería”. Es, en efecto, indignante. Pero es, sobre todo, revelador. Si la propia cabeza de la procuración de justicia en la Ciudad de México admite que sus subordinados hicieron caso omiso a pistas directas, ubicaciones geográficas y testimonios clave proporcionados por las víctimas, ¿qué queda para el ciudadano de a pie que no tiene los recursos o la determinación suficientes para realizar su propia investigación criminal?
El problema de fondo es que, en materia de seguridad pública y procuración de justicia en la Ciudad de México, eso es lo que hay. No es una falla del sistema; es el sistema mismo operando bajo sus propias reglas de inercia y corrupción. Tenemos una policía que, en lugar de vigilar los cuadrantes de mayor peligrosidad, parece más concentrada en cazar automovilistas para pedirles la “mordida” por cualquier infracción, real o inventada. Tenemos ministerios públicos que han convertido el acceso a la justicia en una mercancía, donde la apertura de una carpeta de investigación o la agilización de una diligencia básica suele estar condicionada a un pago por debajo de la mesa.
Esta realidad no es nueva, pero su persistencia es un juicio demoledor contra la narrativa oficial. Durante casi 30 años, el mismo grupo político de izquierda ha gobernado la capital del país. Han pasado jefes de Gobierno, procuradores y secretarios de Seguridad de distintas iniciales, pero del mismo árbol ideológico. Nos han hablado de una “ciudad de libertades” y de “vanguardia”; de “modelos de seguridad exitosos”, y de una “transformación” que, según el discurso, ya erradicó las prácticas del pasado. Sin embargo, el caso de Edith Guadalupe demuestra que el cambio es un recurso retórico, una escenografía que se desmorona cuando se le confronta con la realidad de una familia que, con el celular en la mano y la ubicación del sospechoso en la pantalla, es desatendida por una autoridad que prefiere el trámite burocrático o la extorsión silenciosa.
¿De qué sirven los centros de monitoreo y las miles de cámaras de vigilancia si, al momento de la crisis, el aparato estatal permanece inmóvil? La indignación de la Fiscalía llega tarde, cuando el daño es irreversible y el reclamo social ya es ensordecedor. Lo que la familia de Edith Guadalupe encontró no fue una institución aliada, sino un muro de negligencia.
Es el resultado natural de una estructura que premia la lealtad política por encima de la capacidad técnica y que ha permitido que la corrupción en los niveles más bajos de la seguridad se convierta en el aceite que mueve la maquinaria.
Al final, la “indignación” oficial no es más que una válvula de escape para evitar la responsabilidad política de tres décadas de estancamiento. Mientras el discurso insiste en que todo ha cambiado, la realidad sigue arrojando cuerpos de mujeres que confiaron en una autoridad que nunca llegó. La Ciudad de México aún es ese lugar donde el ciudadano la tiene que hacer de detective, de perito y de abogado, mientras la autoridad se limita a observar con una mezcla de apatía y complicidad.
Tristemente, para millones de capitalinos, eso es lo que hay: una justicia que sólo existe en el papel y un gobierno que ha olvidado que su primera obligación es evitar que sus jóvenes mueran buscando un futuro.
