Ataque en Teotihuacan y la cultura del odio

El asesino de la Pirámide de la Luna en Teotihuacan, se llamaba Julio César Jasso Ramírez, tenía 26 años y evidentemente era un psicópata que estuvo copiando el accionar de otros asesinos masivos para cometer el crimen que lo inmortalizara. Su antecedente más cercano sería, por la información que tenía en su poder, la masacre de Columbine, donde un 20 de abril, pero de 1999, dos jóvenes de secundaria abrieron fuego contra sus compañeros de escuela asesinando a 12 estudiantes y un maestro, otras 24 personas terminaron heridas, la mayoría de ellas por los disparos.

El episodio, estudiado ampliamente, fue visibilizado por un notable documental Bowling for Columbine, de Michel Moore, quien ganó un Oscar con ese trabajo.

Pero Jasso Ramírez no copió el crimen de Columbine, no atacó compañeros de escuela o de trabajo, no actuó acompañado, tampoco utilizó armas largas. Fue a un lugar altamente simbólico como la Pirámide de la Luna en Teotihuacan, armado con un revólver y un puñal y atacó a turistas, emitiendo gritos –como se comprobó en videos grabados por víctimas– xenófobos, inconexos, pero que se reflejaron en el ataque: la turista asesinada era canadiense y todos los heridos, sin excepción, son extranjeros.

Falta mucho por saber y por conocer sobre este crimen, pero más allá del hecho evidente de que hablamos de un hombre desequilibrado, en un contexto, como el que vivimos, de intensa violencia, estamos también ante un crimen de odio, consecuencia, entre todos esos otros factores, de una narrativa que una y otra vez, desde el poder, pero también desde la sociedad, descalifica, hace responsable de todas nuestras tragedias al “otro”, al extranjero, al “gringo”.

La cultura del odio se ha convertido en un fenómeno alimentado por las redes sociales, pero también por la polarización política. Las redes sociales amplifican las voces más extremistas, alimentadas por insultos personales y campañas de linchamiento digital. No se debate ideas, se ataca identidades.

Y el ataque al otro, al extranjero, se ha convertido en uno de los principales instrumentos de esas campañas: puede servir para ello tanto el odio hacia el migrante que llega a un tercer país a tratar de sobrevivir, como el de los que se quejan de que los extranjeros al venir a México provocan gentrificación y “expulsan” gente de sus colonias originales. Sumémosle a ello un discurso en donde supuestamente las empresas extranjeras se quieren quedar con nuestras riquezas nacionales o que incluso son los responsables hace 500 años de acabar con civilizaciones tan ancestrales como supuestamente idílicas, y tenemos los componentes necesarios para crear un coctel de odio.

Vivimos en “burbujas” ideológicas donde el “otro” es enemigo y donde es fácil odiar sin consecuencias. Esto explica el auge de discursos antisemitas, racistas, xenófobos o transfóbicos, sobre todo pospandemia.

Pero todo eso, como vimos en el ataque de Teotihuacan, se filtra también a la vida real, se refleja en elecciones, en discursos políticos y también en violencia, sobre todo en un contexto de polarización fomentada desde el poder y que tiene réplicas sociales evidentes Los lazos entre la polarización política y el discurso de odio son estrechos: cuando la política se organiza como una lucha entre “nosotros” y “ellos”, el adversario deja de verse como un competidor legítimo y empieza a tratarse como una amenaza. En ese punto, el lenguaje deja de tratar de persuadir y pasa a deshumanizar, ridiculizar o excluir. O el otro se convierte en una víctima propiciatoria.

Los discursos de odio no causan por sí solos un crimen masivo, pero sí pueden funcionar como un alimento que normaliza la violencia y reduce la empatía hacia las víctimas. Esa repetición constante crea un clima social donde las agresiones dejan de verse como escandalosas y pasan a parecer “necesarias” o “defensivas”.

Todo esto no es más que una reflexión sobre un hecho terrible que nos tendría que llevar a concluir mucho más: primero, en comenzar a excluir esa narrativa polarizadora desde el poder y también desde la sociedad; segundo, que la seguridad no puede ignorar el contexto de violencia que estamos viviendo (y que vive el mundo) y no podemos seguir dejando desprotegidos lugares icónicos que, como las zonas arqueológicas y muchos otros, terminan siendo objetivos también de personas o grupos que quieran ejercer ese tipo de violencia. Que lugares como Teotihuacan, Monte Albán o Chichen Itzá no tengan seguridad alguna no es admisible.

Tercero, que debemos asumir que todo eso se disparará en el contexto del próximo Mundial de Futbol: hemos estado muy atentos a que los grupos criminales no operen durante el Mundial, pero nos olvidamos que los lobos solitarios, como el asesino de la Pirámide de la Luna, son un riesgo tan real como aquéllos, incluso mayores, porque nada indica que las organizaciones criminales estén interesadas en boicotear el Mundial, al contrario, pareciera que su interés pasa, sobre todo, por aprovecharlo en su beneficio.

De las tragedias, además de llorarlas, se puede aprender. Lo único inadmisible es ignorarlas.

EDITH

¿Cuándo en la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México se harán responsables, con nombre y apellido, de la negligencia cometida en la muerte de Edith?, ¿los responsables serán, una vez más, como en el accidente del Tren Interoceánico, el derrame de crudo o tantos otros, sólo funcionarios medios o bajos?