El Refugio Franciscano y el rechazo al abuso de poder

Nada tiene más importancia que los movimientos que surgen espontáneamente porque poseen un trasfondo profundo. En este caso, la invitación es a reflexionar acerca del Refugio Franciscano en la Ciudad de México y la movilización que ha logrado inspirar.

Haciendo un poco de historia, este refugio se fundó en 1977 como una organización altruista. En ese entonces, los dos fundadores acudieron a la perrera de Culhuacán en busca de Argos y Mede, dos perros mestizos que convivían con el vecindario, hasta que un día desaparecieron. Al ir a buscarlos se toparon con una antesala del infierno que los dejó helados; tras ese hallazgo, decidieron adoptarlos. Fueron los dos primeros. Desde su fundación, el refugio se estableció en el predio ubicado en el kilómetro 17.5 de la carretera México-Toluca por Antonio Haghenbeck, en un acuerdo verbal, que posteriormente se ratifica en su testamento de 1991. En éste se especificaba que el terreno debía destinarse exclusivamente al cuidado y protección de animales, validando así el comodato otorgado al Refugio Franciscano. Sin embargo, en 2009 comienza una disputa legal con la Fundación Haghenbeck, la cual buscó, mediante tecnicismos, arrebatárselo al refugio, hasta que lo consigue el 7 de enero de 2026, cuando la fuerza pública desalojó a los más de 1000 perros y 39 gatos.

La reacción social no se hizo esperar y fue mucho más fuerte de lo que el discurso oficial preveía. Resulta evidente que el impacto de la protesta obligó a Clara Brugada, jefa de Gobierno de la CDMX, y a su equipo a responder reiteradamente ante las narrativas contrarias que circulaban en redes y medios. Pese al uso de fotografías y aparentes montajes que no lograron convencer a la opinión pública, la respuesta ciudadana tomó espacio público y condicionó la gestión de la crisis y, por lo tanto, la posterior devolución del predio. El gobierno de la CDMX subestimó la carga simbólica del refugio, como dijo Mariano Osorio: “No apagaron al refugio, encendieron la voz de un movimiento”. La “sorpresa” fue que creyeron poder administrar el caso como un expediente y activaron un dolor compartido.

Y es que los animales de compañía humanizan, los ciudadanos de todo el país se sintieron conmovidos, proyectando en este conflicto los lazos profundos de cuidado y cariño que guardan con sus propios compañeros de vida. En México, la mayoría de los hogares tienen mascotas, aproximadamente 69% (Inegi). Este cuidado no es sólo una cuestión de bondad, sino también del reconocimiento que estos animalitos pueden tener en nuestras vidas. No fue un tema de particulares, fue sentido como personal. En R. Engel en The science of pets as mental health therapy: A guide for first responders, resalta que “interactuar con animales, especialmente en momentos de angustia personal, desencadena una respuesta neuroquímica en el cuerpo que es a la vez calante y beneficiosa. Acariciar a un perro o a un gato puede aumentar la oxitocina, que es la hormona principal de la emoción primaria CARE (Cuidado), a la vez que reduce el cortisol y aumenta los niveles de serotonina y dopamina, hormonas a cargo del estado de ánimo y la estabilidad emocional.

Pero los beneficios no son sólo físicos, sino también cognitivos. En un estudio clínico longitudinal con datos de hasta 18 años, se observó que ser dueño de un perro o un gato podría estar asociado a una menor diminución cognitiva con la edad, lo que sugiere que la presencia y el cuidado de un animal de compañía estimula las funciones cerebrales a largo plazo. Quizá vale la pena mencionar una diferencia sutil, que no deja de ser interesante entre tener perros o gatos; en el caso de los propietarios de perros, tienden a conservar mejor la memoria inmediata y de largo plazo; en el caso de los dueños de gatos mostraron menor declive en la fluidez verbal (Rostekova, A., & Colaboradores, Longitudinal relationships between pet ownership and cognitive functioning in later adulthood across pet types and individuals’ ages).

Así como tienen diferentes beneficios en lo cognitivo, también en lo relacional son diferentes: mientras el perro suele humanizar desde una presencia constante que apacigua, brindando la certeza incondicional de su compañía, el gato educa diferente: muestra el límite y el respeto por el deseo del otro; el gato sabe querer, pero pone sus reglas, quizá algo parecido al amor sano en las parejas. Es como si los dueños del gato soportaran el no fusionarse con sus mascotas, a diferencia de como lo hacen los dueños de los perros. Cada uno guarda un estilo y recibe algo diferente, pero, sin duda, inconmensurable. A los mexicanos parecen gustarles más los perros que los gatos, pues existen unos 43.8 millones de perros y 16.2 millones de gatos contabilizados como mascotas en el país.

Ahí estuvo el error de cálculo del Gobierno de la CDMX y la fundación. Pensaron que la fuerza y la corrupción serían suficientes. Pero lo que se activó no fue sólo un conflicto entre particulares, sino algo más profundo y significativo: el amor a los perros y gatos, la identificación colectiva con el desamparo y el rechazo rotundo al abuso cometido contra quienes no pueden defenderse.

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