¿Por qué está fallando la educación?

Es necesario abordar el problema de manera sistémica. Propongo tres áreas: la educación de los padres, el sistema escolar oficial y el contexto mundial en el que viven.

Se escucha con un dejo de superioridad el que las generaciones jóvenes son de cristal o de mazapán, pero en realidad no se trata de ellas, se trata de la educación que han recibido de las generaciones que los critican.

Es necesario abordar el problema de manera sistémica. Propongo tres áreas: la educación de los padres, el sistema escolar oficial y el contexto mundial en el que viven. Si bien podría escribirse un libro, la presente columna intenta comenzar una conversación.

I) Educación de los padres. Podríamos decir que el eje central está en la imposibilidad de ayudarles a generar tolerancia a la frustración y no importa el nivel socioeconómico. Este asunto se presenta en mayor o menor intensidad en muchos hogares y detrás de esto se encuentra la fantasía de los padres de generar vínculos fuertes. Un ejemplo es que en muchos hogares no tienen responsabilidades por una distorsionada concepción de la libertad, porque lo único que importa es que sean felices (y que tengan memorias de los padres maravillosos que les tocaron, ¡ojo acá! porque entra un rasgo muy narcisista de los padres). También estos padres les resuelven todo a los hijos. Los padres, al ser adultos, han descubierto que la vida es difícil y les angustia que los niños puedan pasarla mal por sus propios errores, olvidos o falta de esfuerzo por los estudios.

II) Educación oficial. En el caso de México, la normas que dicta la SEP desde 2009, cuando se implementa la Reforma Integral de la Educación Básica (RIEB), que incluía una política de promoción automática y no exclusión que, aunque no estaba como ley, se tradujo en lineamientos y prácticas administrativas que en la realidad impedían reprobar o excluir del aula a los alumnos. En estos documentos de orientación pedagógica se recomendaba evitar la reprobación porque se consideraba un “fracaso institucional del sistema, no del alumno”. Y las escuelas eran rigurosamente supervisadas por inspectores de la SEP. La educación básica tiene carácter formativo y debe garantizar la continuidad de los estudios del educando; en ningún caso se tomarán decisiones que afecten su permanencia por causas atribuibles a factores externos”. Esto fue interpretado por autoridades locales (pudo variar entre estados) como una instrucción de evitar la reprobación, y muchos supervisores presionan a los docentes para promover a todos los alumnos. Para 2018, el Acuerdo 12/05/18 mantiene la ideología del 696 (el alumno no puede ser excluido o penalizado por causas externas ni debe reprobarse con facilidad), sólo que sustituye la justificación “formativa” por una narrativa de “evaluación para el aprendizaje y equidad”. La permanencia en clases se convirtió en un derecho, no un mérito. La pandemia formalizó y generalizó esa tendencia y así en 2020-2022, los acuerdos de la SEP (como el 11/06/22) establecieron que ningún alumno de primaria o secundaria podía reprobar y que la calificación mínima sería 6. Esto ya no fue sólo una práctica institucional, sino una orden nacional escrita en el Diario Oficial de la Federación. Por otro lado, los alumnos que con su conducta impiden el aprovechamiento de otros alumnos no podían ser separados del resto (sacar del salón). En la Guía Operativa para la Convivencia Escolar, 2014-2016 señalaban específicamente que: “Ninguna medida disciplinaria deberá vulnerar el derecho a la educación ni implicar la suspensión o expulsión del aula”. Así, “sacar del salón” comenzó a considerarse una violación del derecho a la educación y a la inclusión. Así, el sistema educativo falla no sólo por falta de recursos o capacitación de los maestros, sino porque confunden “inclusión” con “ausencia de exigencia”. Esto generó para México la desintegración del pacto educativo: el lazo entre esfuerzo y responsabilidad.

III) Por último, un mundo muy diferente al de las generaciones X y anteriores en dos aspectos principales: la hiperconexión digital y la incertidumbre del futuro. En cuanto al primero, un mundo hiperconectado, porque los niños no están teniendo tiempo para procesar emocionalmente todo aquello que encuentran en línea. Desde una mayor visualización de violencia (que genera respuestas de estrés y angustia en los niños y adolescentes) hasta la continuación de las dinámicas de la escuela cuando ya están en la casa a partir de la hiperconectividad de las redes sociales. Hasta la generación X, llegar a casa significaba descansar de los acontecimientos del día —por bueno o malo que haya sido—. Basta con comparar un recreo de 30 minutos con lo que puede suceder durante las largas horas de la tarde. También se enfrentan con un entorno incierto, por un lado, no hay un camino claro para labrarse un porvenir y, por otro, el hecho de que los padres están inciertos ante su propio futuro y lo transmiten a sus hijos, especialmente en la urgencia de resolverles todo.

Así pues, con buenas intenciones falla la educación, bien dice Maquiavelo: “El verdadero modo de conocer el camino al paraíso es conocer el que lleva al infierno para poder evitarlo”. Si no cambiamos el rumbo, estaremos yendo directo al infierno.

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