El alfabeto de la embajadora de Polonia: la C de cibernética

Por Agnieszka Frydrychowicz-Tekieli*

En los años 60 del siglo pasado, todos los sábados por la noche mi abuela se sentaba frente al televisor. Había un solo canal, que emitía principalmente propaganda del gobierno comunista, pero los sábados se podían ver películas. El televisor era de 12 pulgadas, en blanco y negro, con una antena conectada a un largo cable que salía al balcón. A veces los vecinos venían a ver la televisión juntos: en todo el edificio sólo había dos televisores. Algunos miraban la pantalla; otros aprovechaban la ocasión para hablar por teléfono, porque en el bloque había únicamente tres aparatos.

En una realidad así, tecnológicamente muy poco avanzada, Stanislaw Lem escribió Solaris, Fábulas de robots, Diarios de las estrellas y Ciberíada. Lem fue un visionario: anticipó la aparición de internet, de computadoras avanzadas, de los teléfonos inteligentes y de las tabletas. Pero no sólo eso. En sus libros describió también dilemas que hoy nos resultan sorprendentemente actuales: los límites del uso de la inteligencia artificial, así como las amenazas de la desinformación y de la criminalidad en el ciberespacio.

Muchas personas —especialmente de mi generación— recuerdan de su infancia, en los años 80, la película estadunidense Juegos de guerra. El filme cuenta la historia de un estudiante fascinado por las computadoras y el hacking que accede por accidente al sistema informático del Pentágono e inicia un “juego” que resulta no ser una simulación, sino un conflicto nuclear real entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En su momento era una fábula de ciencia ficción; hoy, en parte, se ha convertido en realidad.

Individuos, grupos criminales y Estados son capaces de interferir en el funcionamiento de infraestructuras críticas. Quizá no necesariamente en los sistemas que controlan el armamento nuclear, pero basta con que se trate de una red responsable del funcionamiento de un gran hospital, un aeropuerto o una red energética.

Podemos distinguir ataques llevados a cabo por grupos criminales y aquellos inspirados o dirigidos por Estados. Los primeros suelen estar vinculados al robo de datos y a delitos financieros. Los segundos buscan provocar un efecto de parálisis en la vida social y económica.

A finales de diciembre del año pasado, se llevó a cabo contra la infraestructura energética polaca un ataque coordinado, inspirado por Rusia, dirigido contra centrales de calefacción y fuentes de energía renovable. Su objetivo era provocar un apagón generalizado. No es difícil imaginar las consecuencias si hubiera tenido éxito, especialmente en pleno invierno, con temperaturas cercanas a los diez grados bajo cero. Habría supuesto pérdidas económicas enormes, pero sobre todo una amenaza directa para la salud y la vida de miles de personas.

En la primera semana de enero se registraron en Polonia tres mil 200 intentos de ataques contra sistemas informáticos de instituciones estatales. De este modo, Polonia ocupó el “honroso” primer lugar en Europa en cuanto al número de este tipo de incidentes. Su eficacia ha sido hasta ahora limitada, gracias a estructuras civiles y militares polacas especializadas en ciberseguridad.

La mayor fortaleza de la democracia —el control del poder por parte de la opinión pública— es también su elemento más sensible y frágil. No es casualidad que dos de los mayores ataques cibernéticos recientes en Polonia, además del dirigido contra la red energética, hayan afectado a una institución financiera y a una gran agencia de viajes.

El mensaje dirigido a la ciudadanía es simple: provocaremos caos en sus vidas, golpearemos sus finanzas, desorganizaremos incluso sus vacaciones. Los quebrantaremos y comenzarán a influir en la política de sus gobiernos de la manera que a nosotros nos convenga.

Queda la pregunta de cuán resistentes son las sociedades democráticas frente a la desinformación y al caos generado por ataques en el ciberespacio, una resistencia que en Polonia es relativamente alta porque desde hace más de una década vivimos a la sombra de la agresión rusa contra Ucrania.

Polonia apoya de manera constante la resistencia ucraniana frente a esta agresión, y los polacos son conscientes de que muchos fenómenos negativos de la vida cotidiana forman parte de una guerra híbrida de Rusia, cuya dimensión cibernética es su componente más sofisticado.

En este contexto polaco no puede faltar el Cyberpunk. Cyberpunk 2077, desarrollado por la empresa polaca CD Projekt, es un fenómeno cultural global. Pero más allá del juego, la historia de la compañía refleja la transformación de Polonia tras la caída del comunismo: del capitalismo improvisado de los años 90 a una economía líder en crecimiento, que combina una dinámica de desarrollo con resiliencia frente a crisis sucesivas. Un éxito posible, entre otras cosas, porque durante décadas vivimos en paz y estabilidad.

Esa estabilidad no existe hoy en Ucrania. En Kiev o Járkov, las empresas tecnológicas no pueden trabajar con normalidad. Algunos empleados han salido del país; otros están en el frente o desarrollan software para el manejo de drones de combate.

Allí los apagones no son consecuencia de ciberataques, sino de bombas rusas, misiles y drones muy reales. En decenas de miles de hogares ucranianos, la temperatura ya ha caído por debajo de los cinco grados. Seamos todos solidarios con Ucrania. Desde hace cuatro años se defiende heroicamente frente a la Rusia imperial.

*Embajadora de Polonia en México

 

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