Un Mundial entre grietas

Las calles de la CDMX están llenas de fracturas y cicatrices. Baches que dejaron las lluvias del año pasado, un encarpetado marcado de surcos reparados una y otra vez debido a las compañías de cable o telefonía que siempre van a posteriori y nunca son parte de la planeación. Las jacarandas que la embellecen ya se fueron, sólo queda un morado que hipócritamente intenta tapar la fealdad del abandono con el recuerdo del color de las jacarandas.

La CDMX es una ciudad muy viva y muy deteriorada. Con zonas verdes y cuidadas, joyas de arquitectura e historia que recuerdan lo que podemos ser como país, pero con un Centro Histórico invadido por ambulantes, infractores y tapiado, para que el gobierno no reciba de vuelta con violencia el odio que ha sembrado. El Zócalo nos recuerda cómo somos actualmente. Ésa es la ciudad en la que se inaugura el Mundial.

México será por tercera ocasión anfitrión de la Copa del Mundo (coanfitrión en esta ocasión). En otro momento, la capital estaría dominada por la expectativa, las conversaciones futboleras, las quinielas entre amigos y la ilusión colectiva. Sin embargo, el acento de la conversación publica parece estar en otra parte. En las conversaciones entre familiares y amigos se repiten dos temas principales: la preocupación por la imagen de México ante el mundo y la seguridad de los aficionados y los visitantes. Las conversaciones de las grietas en el país son parte de las exigencias diarias de una ciudadanía que teme que ahora alcancen a los visitantes.

¿Jolgorio o emoción? Ninguna a pesar de que México es un país profundamente futbolero, en el cual este deporte juega un papel importante en todo estrato social para la socialización de la juventud y la niñez. Es importantísimo en la etapa infantil, porque les permite a los niños ir demostrando sus talentos, lo que su cuerpo en crecimiento sumado a la disciplina puede lograr. En ocasiones, muchos conflictos se resuelven con una cascarita. Quienes los fines de semana no tienen un lugar de paz o de pertenencia, los partidos y entrenamientos se convierten en oasis de comunidad, de alegría o desilusión, pero compartida. En el futbol no se está solo. Se sabe que es un punto de encuentro con muchos otros. Es una lástima, entonces, porque pocas cosas logran reunir a los mexicanos como el futbol. En un país cada vez más fragmentado, con pocos rituales colectivos, el futbol nos recuerda que compartimos algo más que los problemas.

Y, sin embargo, con ese linaje que llena el corazón y la vida en México, no logra levantar el entusiasmo por recibir en casa a algunos de los mejores equipos del mundo. Y es que sabemos que no estamos listos, que estamos llenos de grietas en las calles, en la organización, en la infraestructura y en la seguridad; y que, si no pasa nada, se deberá más a la suerte. Que en unos pocos días nos vamos a encontrar en la ciudad más personas de las que cabemos (y sabemos que no cabemos mucho), que vendrán visitantes, pero también vendrán personas a protestar de manera justa, en su mayoría, como lo son las madres buscadoras, transportistas, pensionados de Pemex y de la CFE, y de manera oportunista, la CNTE (probablemente la organización más despreciada por la ciudadanía en México).

Las grietas del país son tan profundas que ni siquiera la celebración de un Mundial logra despertar la celebración colectiva que debería ser. Sin duda, el mexicano que se aferra a vivir y a tratar de sacar alegría en cualquier resquicio (cosa necesaria porque no somos un país de oportunidades), encontrará momentos de gozo en compañía de otros, momentos de emoción con una selección que, aunque no genera conexión, al menos lleva su nombre y, también, sabiendo que disfrutará del buen futbol que puedan traer otros equipos. Seguro será un pequeño alivio y un respiro en un país que se sabe fragmentado, vapuleado y sometido por una tiranía corrupta, tramposa y estúpida enarbolada en el populismo. México es como ese diente de león que logra crecer en las grietas del asfalto, no es el más bello, pero es resistente, vivo, con una esperanza que a veces no se entiende.