La tercera ronda del T-MEC: el duelo de estrategias
Oraciones a San Lázaro

Columnista Invitado Nacional
Ernesto Zavaleta
En la política exterior mexicana suelen repetirse dos pecados capitales: celebrar demasiado pronto y negar demasiado tarde. Esta semana, mientras concluía la tercera ronda de negociaciones para la revisión del T-MEC, ambos pecados volvieron a desfilar por los pasillos del poder.
El gobierno mexicano presume una negociación "constructiva". Washington habla de "avances". Sin embargo, los inversionistas y los mercados no reflejan esa confianza. Y detrás de los comunicados diplomáticos permanece una realidad menos cómoda: México no está negociando desde una posición de fuerza, sino intentando contener daños.
Donald Trump convirtió la revisión sexenal del tratado en un mecanismo permanente de presión política. Al negarse a extender automáticamente la vigencia del acuerdo por otros 16 años, activó un periodo de revisiones anuales que mantendrá a las inversiones estadunidenses bajo incertidumbre hasta 2036. No es casualidad. Es una estrategia de negociación. Metafóricamente es negociar con la pistola sobre la mesa.
Ahora el mandatario estadunidense encontró una nueva puerta de entrada para presionar a México. No utilizó el T-MEC. Tampoco recurrió a la seguridad nacional ni a la migración. Eligió una bandera políticamente irrebatible: el combate al trabajo forzoso.
El memorándum presidencial firmado por Trump el 23 de julio no deja lugar a dudas. Bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, Estados Unidos concluyó que 60 economías, entre ellas México, no aplican de manera eficaz la prohibición de importar productos elaborados con trabajo forzoso. El resultado fue inmediato: un arancel general de 10 por ciento para las exportaciones mexicanas, con excepciones limitadas para determinados productos.
Más allá del argumento jurídico, el mensaje político es demoledor.
Washington ya no necesita demostrar dumping, subsidios ilegales o incumplimientos directos del T-MEC para imponer medidas comerciales. Si hoy el gobierno de Trump evalúa la política laboral mexicana, mañana podría revisar la política energética, la regulación ambiental o cualquier otra decisión interna con impacto económico.
Basta construir una narrativa acorde con los intereses estadunidenses del momento.
Aun así, la tercera ronda, celebrada en la Ciudad de México, dejó avances en integración regional, reglas de origen, seguridad económica, agricultura, industria automotriz, acero, aluminio y comercio digital. Incluso ambas delegaciones acordaron volver a sentarse en septiembre en Washington. El diálogo continúa y eso siempre es mejor que la ruptura.
Pero una negociación no se mide por el número de reuniones, sino por el margen de maniobra que conserva cada país.
Y ahí aparece la primera pregunta incómoda.
¿Qué tanto puede negociar un país como México, cuya economía depende en casi 80 por ciento de sus exportaciones hacia Estados Unidos?
¿Qué margen tiene un gobierno cuando el principal socio comercial utiliza simultáneamente aranceles, seguridad fronteriza, combate al fentanilo, migración y relocalización industrial como fichas del mismo tablero?
La respuesta es evidente: muy poco.
Estados Unidos llega con una lista perfectamente definida de prioridades. Quiere reglas de origen más estrictas, mayor contenido regional, cerrar espacios a productos chinos que entren vía México, fortalecer la manufactura estadunidense y reducir su déficit comercial. Todo ello, acompañado de la amenaza permanente de nuevos aranceles.
México, en cambio, llega buscando conservar lo que ya tiene.
La diferencia parece sutil, pero define toda la negociación.
Quien busca ganar impone condiciones.
Quien busca no perder acepta discutirlas.
El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ha defendido correctamente la integración manufacturera de Norteamérica y la necesidad de preservar la competitividad regional. Nadie puede negar el conocimiento técnico de la delegación mexicana. Sin embargo, ninguna capacidad negociadora sustituye la fortaleza económica interna.
Una economía con menor crecimiento, inversión privada cautelosa, conflictos regulatorios y persistentes dudas sobre el Estado de derecho reduce inevitablemente el poder de negociación internacional. Las mesas comerciales no se ganan únicamente con abogados especializados; también se ganan con confianza económica.
Mientras tanto, Canadá observa desde una posición incómoda. Las negociaciones avanzan, por ahora, de manera bilateral entre Washington y la Ciudad de México, mientras Ottawa enfrenta nuevos aranceles y un diálogo más complejo con la Casa Blanca. Esa fragmentación pone a prueba el carácter verdaderamente trilateral del tratado.
La historia del T-MEC demuestra que el comercio nunca es solamente comercio.
Detrás de cada regla de origen aparece la geopolítica.
Detrás de cada arancel está la política interna estadunidense.
Detrás de cada capítulo laboral existe una disputa por las inversiones.
Y detrás de cada conferencia de prensa hay miles de millones de dólares esperando certidumbre.
Estados Unidos acaba de demostrar que el comercio del siglo XXI dejó de depender exclusivamente de tratados comerciales.
Ahora depende de la agenda política de la Casa Blanca.
La administración Trump no ocultó su objetivo. El propio memorándum del 23 de julio sostiene que estas medidas buscan modificar las políticas internas de los países investigados y mantener los aranceles hasta que Estados Unidos considere satisfechos sus estándares de cumplimiento.
Mientras México insiste en defender el T-MEC como el principal escudo jurídico de la relación bilateral, Washington comienza a construir carriles paralelos que reducen el peso del propio tratado.
La pregunta es inevitable.
¿De qué sirve un acuerdo comercial si pueden aparecer nuevos aranceles sustentados en otra legislación estadunidense?
Quizá por eso el verdadero resultado de esta tercera ronda no sea el comunicado conjunto ni la fotografía oficial.
El verdadero resultado es que México ganó tiempo.
Y, en política comercial, ganar tiempo puede ser una victoria... siempre que ese tiempo se aproveche para fortalecer la economía nacional y no únicamente para esperar la siguiente reunión.
Porque septiembre llegará pronto.
Y Washington volverá a negociar.
La pregunta es si para entonces México llegará con mejores cartas... o solamente con nuevas esperanzas.