El enemigo público número uno
En los Estados Unidos de la década de los años treinta del siglo XX, Dillinger era un gánster muy poderoso que se había hecho muy popular en el bajo mundo después de la crisis del 29, así el Estado lo declara el enemigo público número uno. Dato curioso, el criminal murió asesinado por agentes de la policía durante su asistencia al estreno de la película El enemigo público número uno
Es un concepto tan trillado que podría pensarse que ya es parte de una historieta. Y sí, El hombre araña es llamado “enemigo público” por su jefe J. J. Jameson, director del diario El Clarín. A quienes seguimos las primeras sagas de este superhéroe nos azoraba que pudiera confundirse con el malo. Y que, además, desde los encabezados de la prensa se consolidara esa imagen —no puede escaparse reconocer aquí la crítica desde el cómic al peso de los medios en los Estados Unidos de la década de los sesenta. “El cuarto poder” capaz de construir varios enemigos públicos número uno a través de los años
En la vida real, en los Estados Unidos de la década de los años treinta del siglo XX, Dillinger era un gánster muy poderoso que se había hecho muy popular en el bajo mundo después de la crisis del 29, así el Estado lo declara el enemigo público número uno. Dato curioso, el criminal murió asesinado por agentes de la policía durante su asistencia al estreno de la película El enemigo público número uno, de 1934, dirigida por W. S. Van Dyke y G. Cukor, y protagonizado por Clark Gable y William Powell; este filme sirve de pretexto para darle una pequeña vuelta al tema. La trama narra la historia de dos niños de diferentes familias que, al quedar huérfanos, son adoptados, así siguen caminos diferentes: uno se convierte en un gran fiscal y el otro en un criminal consumado. Lo doloroso es que, aunque no sean hermanos de sangre, tuvieron una vida común y en su adultez se convirtieron en antagonistas. En la vida nos podemos encontrar en muchas situaciones contrarias; la dificultad radica en que ese otro diferente es, al fin y al cabo, un hermano.
En la arena de la política debería haber jugadores, no enemigos. En un juego existen los adversarios, en el deporte, competidores, pero eso no los tiene que hacer enemigos. El artificio del archirrecontraenemigo es buscar canalizar las emociones de la población. Es una simplificación de las situaciones.
“Los enemigos número” uno se construyen. Entre muchas posibilidades de personajes antagónicos o contrarios se escoge uno, como los monstruos. De pequeña había en la casa un libro llamado Monsters, que contenía, además de imágenes tortuosas y horripilantes, la explicación principal de por qué existían esos monstruos; la respuesta es esclarecedora: porque para la mente humana es más fácil luchar contra algo que se conoce, que se le pone forma, esencia y cuerpo que con aquello que no es identificable. El miedo sin nombre, el temor, la angustia es más fácil de controlar si se dirige hacia algo, ya sea un monstruo, una leyenda, un animal o un enemigo imaginario. Así, se lucha, un poco, contra una ideología, como si combatir a un enemigo pudiera desaparecer la pobreza, la desigualdad económica, la injusticia, las catástrofes naturales: la situación de fondo es tratar de entender por qué hay tantos males en el mundo. Así, se construye un enemigo. Se le buscan antecedentes y se le encuentran debilidades, se borran los claroscuros para dejar sólo oscuridad. Además, esta construcción se apoya de la propaganda, utilizando al lenguaje para manipular al pensamiento y traducirlo en ideas sencillas que la mayoría pueda entender. Algo que pueda ser repetido fácilmente.
Álex Grijelmo dice que en lenguaje de lo político las metáforas son mentirosas. Es decir, que hay una falsa conexión entre “el objeto representado y la idea con la cual se le compara, hay algo que se rompe de manera imperceptible” (La seducción de las palabras, 2000). Por ejemplo, el caso del uso de la palabra inteligencia en lugar de espionaje. Espiar al enemigo para buscarle debilidades y así destruir al emisor, porque es mucho más difícil combatir las ideas. Pero si llamamos a eso inteligencia, ya no se trata del miserable rebajamiento voyerista de espiar tras el agujero de la puerta, sino de un talento superior, que, además, es admirado socialmente.
El enemigo público quizás es solamente la manipulación del pensamiento. La perversión de las palabras y del lenguaje que, siendo el mejor lazo que tenemos, lo destruye como posibilidad de vinculación. Disfraza de pensamiento lo no pensado, lo repetido. “Las palabras”, dice Grijelmo, “engatusan y repelen, edulcoran y amargan, perfuman y apestan. Más vale que conozcamos su fuerza”. Las palabras son la posibilidad de la guerra o de la paz. El enemigo más bien viene de la mano del no pensar.
