Liberación femenina. ¿Libertad o libertinaje?
Por María Patricia Herrera Gamboa Creo firmemente que la oportunidad de Excélsior –con este magnífico espacio– nos ha dado un instrumento único para que las mujeres podamos externar nuestras opiniones, exaltar la defensa de las mujeres y también señalar ...

Imagen de la Mujer
Imagen de la Mujer
Por María Patricia Herrera Gamboa
Creo firmemente que la oportunidad de Excélsior –con este magnífico espacio– nos ha dado un instrumento único para que las mujeres podamos externar nuestras opiniones, exaltar la defensa de las mujeres y también señalar algunos errores, quizás derivados de la famosa liberación femenina.
En otras ocasiones se ha tocado aquellos tiempos en los que las mujeres debían ser sumisas y dedicadas en cuerpo y alma a sus hogares, maridos e hijos, y el deber de hacer de manera magistral esas labores. Sin embargo, fue a finales de los años 60 cuando parte de eso cambió con la liberación femenina o Movimiento de Liberación de las Mujeres (WLM, por sus siglas en inglés), que rápidamente se extendió por todo el mundo con el fin de hacer posible la emancipación de la mujer, con todo lo que conllevaba y, hasta ahí, todo estaba perfecto. Las mujeres salimos a estudiar, a prepararnos profesionalmente y a trabajar fuera de casa, hemos ocupado altos cargos y dirigido grandes empresas, además, hemos demostrado con creces nuestras capacidades, incluso las más de las veces por encima de los hombres. Pero, lamentablemente, no sólo eso cambió, sino también el mal enfoque que se le ha dado a esa libertad y empoderamiento que ha desencadenado en que muchas mujeres hagan aquello que tanto criticamos y sufrimos de los hombres, y que hoy ejerce una muy buena y lamentable parte de ellas, con actitudes como la soberbia, altanería o prepotencia. Ahora hay matriarcados en los hogares, sobajando y avergonzando, en muchas ocasiones, tanto a la pareja, como a los hijos, incluso ejerciendo, inexplicablemente, violencia familiar. En el ámbito laboral hay jefas prepotentes, inflexibles y poco empáticas con otras mujeres.
Las mujeres que trabajan pagan a otras mujeres para que hagan lo que prácticamente ya no hacen. El cuidado de los hijos lo dejan a los abuelos, las guarderías o escuelas, con horarios excesivos para niños y adolescentes, en otros casos, delegan esa actividad a los maridos o padres de los hijos, para así cumplir con las obsesiones laborales.
Hay las que salen de parranda y llegan al hogar en estado inconveniente, incluso existe infidelidad… y ¡ay de aquel que se atreva a quejarse!, porque en dos segundos se están divorciando y amenazando con no dejar ver a los hijos –como si éstos fueran de su exclusiva propiedad–, si no aceptan condiciones, pensiones alimenticias excesivas, o bien caprichos personales, sin entender que el daño ni siquiera es para la pareja, sino para los propios hijos.
Hay hijos que pagan viviendo en hogares donde hay una mamá que grita y le falta al respeto al papá, y viceversa, ocasionando desequilibrios entre los hijos, niños y adolescentes, usando como escape el cigarro, el alcohol, incluso las drogas, acciones que ven como si fueran normales.
Hay mujeres con mucho coraje que, al tratar de ser escuchadas, destruyen, vandalizan o violentan, enfundadas en el anonimato pidiendo igualdad.
Esta realidad es muy triste, para mí, y debería cambiar, amigas y amigos lectores, pues creo que la igualdad que derivó de la emancipación de las mujeres no debería pisotearse con actitudes desafortunadas y poco éticas, que las dañan a ellas, a los hijos y familias.
Sería mejor retomar el camino inicial y luchar por nuestros derechos laborales, personales y de libertad de género, pero sin ningún tipo de violencia, ya que, de no hacerlo, podríamos estar afirmando que nos quedó grande la libertad.
Twitter: @herrera_pat