Despojadas
Por Gabriela Rodríguez Seguramente nadie recuerda y nadie lloró cuando palabras como tafulla, garnato, chancellar y otras más fueron borradas, aniquiladas y extraídas violentamente de ese libro gordo, sabio y tan poco consultado en la actualidad. Las olvidamos y ...
Por Gabriela Rodríguez
Seguramente nadie recuerda y nadie lloró cuando palabras como tafulla, garnato, chancellar y otras más fueron borradas, aniquiladas y extraídas violentamente de ese libro gordo, sabio y tan poco consultado en la actualidad. Las olvidamos y desaparecen, sin dejar rastro, lápidas, placas ni recuerdos que podamos honrar. Simplemente las llamamos palabras muertas ¡y punto!
¿Qué pasa con esas palabras que vaciamos y despojamos de su significado original, pero continuamos utilizando? Existen, pero las deformamos, las ridiculizamos y las pisoteamos. Es como si le extrajéramos a un ser humano el esqueleto, músculos y órganos, quedándonos con una bolsa de piel amorfa e irreconocible. Esto pasó con algunas palabras.
Analicemos qué significa hoy empatía, gentileza, caballerosidad, consideración y solidaridad. Hace no muchos años, si veías a una persona mayor parada en una esquina, le ofrecías tu brazo para que pudiese cruzar la calle con mayor seguridad; hoy los jóvenes gritan: “¡Derecha, derecha, derecha!” y pasan corriendo sin ver más que su reloj inteligente con su marcador de presión arterial y pulso. Años atrás, si se te caía un billete escuchabas: “Señora, se le cayó un billete”, y al voltear te lo regresaban con una sonrisa; hoy le ponen un pie encima esperando que te vayas para apoderase de él que, sin duda alguna, no le pertenece. ¿Y qué pasó con el joven que en el transporte público te cedía su asiento por ser una persona mayor o una mujer embarazada?
Hoy, los jóvenes piensan que el amable es un idiota; caballeroso, una especie de insulto; gentileza, una debilidad; el que te da los buenos días, un loco; la empatía, una palabra a medias, y solidaridad, una pérdida de tiempo. Y así puedo continuar con consideración, consentimiento, camaradería y muchas más.
Es la era del YO y las minorías, de mis derechos por sobre los de los demás, de yo primero, yo segundo y yo tercero. Yo merezco, yo quiero, yo necesito y su variante de a mí me gusta así, a mí qué me importa, a mí no me pasa, a mí no me incumbe, pasando el universo entero por el embudo individualista, egoísta y egocentrista del yo. Y si crees que exagero, te invito a reflexionar sobre las siguientes escenas cotidianas: tu vecino con su música tan alta que invade tu espacio, el que estacionó su auto frente a tu cochera porque no encontró otro lugar, el que pinta grafitis en tu pared porque tiene necesidad de expresión, el que se sentó a tu lado en el cine y no deja de hablar por el celular, el que le abre la puerta al perro para que vaya a defecar a otra vereda, el que se pasó el semáforo en rojo porque está apurado y tengo tantos ejemplos más, ¡que me da vergüenza recordar tantos!
Y si le sumamos la distancia social tan necesaria para sobrevivir esta pandemia ¡el daño puede llegar a ser irreversible! ¿Qué va a pasar con los niños a quienes hoy tenemos que pedirles que por salud y respeto al otro no abracen, no besen, no toquen, no se acerquen a la abuela, a la tía, al primo, al amigo o al vecino? ¿Sentirán de por vida que pueden enfermar y morir si besan, abrazan o se acercan a otro ser humano? El abrazo, el beso, el juntarse con amigos, el café en compañía, el helado o el cine en pareja, generan endorfinas responsables del sentimiento de felicidad, algo tan sutil, tan frágil, pero tan humano.
En la era de los antidepresivos, los sicotrópicos, los estimulantes y los ansiolíticos ¿tendremos agregar “endorfinas sintéticas” a una larga lista de sicofármacos para salvar la salud mental? ¿O será más indicado despojar a la palabra humanidad de su significado original? Contradictorio, aterrador, siniestro e incierto, pero muy actual y real.
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