Solidaridad ante el desastre

En Tamaulipas se espera para hoy el golpe de agua, la crecida del río Pánuco, que será una tragedia sobre otra, pues en Tampico y Ciudad Madero se reportan varias colonias inundadas. No es mejor la situación en la costa del Pacífico, pues sólo en la zona de Vallarta se estima que son mil 260 las casas que tienen daños serios.

Dicen los que saben, y hasta los que no saben, que las lluvias de este año han sido atípicas, excesivas, sin precedente, lo que ha causado un gran desastre, pues la furia de los elementos ha puesto en remojo gran parte del país. Las autoridades, ya sean federales, estatales o municipales, no podían evitar la embestida de las aguas, pero uno esperaría que hubieran calculado los posibles daños con anticipación y dispusieran medidas preventivas para que la tragedia no llegara a los extremos que hemos visto ahora.

Para algunos críticos, Claudia Sheinbaum no debió ir hasta los sitios de la tragedia para no exponer la investidura presidencial. Por contraste, varios colegas han recordado en estos días la cobardía de López Obrador cuando las inundaciones de 2020 en Tabasco, las que vio desde un helicóptero, o el ridículo de 2023 ante la tragedia producida por el huracán Otis en Acapulco, ocasión en que quiso llegar por tierra y rodeado de militares, pero el vehículo que lo llevaba se atascó en el lodo y AMLO se retiró para volver días después, pero no a solidarizarse con los damnificados, sino a esconderse en la base naval.

La Presidenta ha sido mucho más decidida e, incluso, valiente, y eso hay que celebrarlo. Desde luego, no han faltado reclamos ciertamente justos de los afectados, a veces en un tono que llega a parecer irrespetuoso, pero no parece que eso amilane a la mandataria, quien ya ha mostrado su temple en otras ocasiones, como aquella en que departía desde el asiento de su camioneta con la población cuando un imbécil la escupió en el rostro. Ella se limpió discretamente y continuó su diálogo con la gente.

Y hace bien, porque en la desgracia siempre se valora la solidaridad. No es cualquier cosa para cientos de miles de mexicanos perder casa, escuela, vehículos, enseres domésticos, ganado, ahorros quizá. Solamente en Veracruz, Rocío Nahle, la gobernadora (es un decir), estima que son 300 mil las víctimas de estos aguaceros. Se sabe de tragedias que pudieron evitarse, como en Poza Rica, donde el propio alcalde, el exbeisbolista Fernando Remes, mencionó que fueron desviados 14 millones de pesos que eran para levantar un muro en la ribera del río Cazones, lo que hubiera impedido la inundación que hoy padecen varias colonias.

En Tamaulipas se espera para hoy el golpe de agua, la crecida del río Pánuco, que será una tragedia sobre otra, pues en Tampico y Ciudad Madero se reportan varias colonias inundadas. No es mejor la situación en la costa del Pacífico, pues sólo en la zona de Vallarta se estima que son mil 260 las casas que tienen daños serios.

Por supuesto, ya están ahí las brigadas militares del Plan DN-III, que invariablemente están preparadas para atender estas catástrofes, pero no sobra la presencia de la Presidenta, que reparte saludos, abrazos, promesas y lo que se quiera, pero ahí está, aunque el gasto desordenado y la destrucción de instituciones de López Obrador dejó al actual gobierno con serios problemas económicos.

Con Felipe Calderón, el fondo para hacerle frente a los desastres fue de 50 mil millones de pesos, con Peña Nieto bajó a 45 y con AMLO a 25 mil millones. Ahora, el presupuesto es de sólo 19 mil millones, de los cuales, informó la Presidenta, ya se ejercieron 3 mil millones en Guerrero y Oaxaca por los daños que dejó el huracán Erick. De modo que los 16 mil millones restantes son, por mucho, insuficientes ante la magnitud del desastre.

Por fortuna, nuestro pueblo sabe cómo responder ante la desgracia. Lo demostró en 1985, cuando los sismos de aquel año dejaron la Ciudad de México con decenas de miles de hogares destruidos, una cantidad nunca bien determinada de muertos, los hospitales atestados, la policía ausente, los comercios cerrados y una participación multitudinaria en el rescate de sobrevivientes y de cadáveres.

Imposible olvidar las caravanas de autos que bajaban de las Lomas, de Polanco y otras zonas de alto nivel económico. Llevaban ropa, víveres, cobijas, medicamentos, instrumentos quirúrgicos y otras cosas que hacían falta en aquel momento. Y hoy, otra vez, ya empezamos a ver el despliegue de solidaridad que seguramente crecerá.

Y como se decía en el fatídico 1985: “Somos mucho pueblo para la desgracia”. Nos volveremos a levantar.

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