La única ocasión que recuerdo a mi padre con lágrimas fue el día que vio lanzar por televisión a Aurelio López en un juego de Grandes Ligas. El beisbolista poblano era su gran ídolo con los Diablos Rojos del México, por lo que observarlo con la franela de los Cardenales de San Luis, lo desbordó de emoción.
“¿¡Dónde estás, Aurelio!? ¿¡Dónde estás, Aurelio!?”, exclamaba, mientras observaba por el televisor al corpulento pitcher realizar uno de sus poderosos lanzamientos que lo llevaron a la Gran Carpa en donde fue conocido como Mr. Smoke.
Aunque yo apenas tendría seis años, recuerdo aquella escena en casa como si hubiera sido ayer.
También recuerdo la emoción de mi padre al contarme cuando el mánager cubano Wilfredo Calviño sorprendió al darle la esférica a su relevista estelar Aurelio López para abrir el séptimo y decisivo juego de la Serie Final ante Saraperos de Saltillo en 1973. El velocista respondió al lanzar la ruta completa para darle el título a los Diablos Rojos.
Otra historia que me relataba del Buitre de Tecamachalco era el temor que generaba entre los bateadores: “Con esa velocidad un día va a matar a alguien”, decía el rubio estadunidense Mike Walseth, jonronero de los Ángeles de Puebla.
Mi padre, Joel Linares Villalba, murió en junio de 2010, pero su recuerdo tuvo un matiz especial el pasado 24 de marzo, día en que se cumplió el centenario de su nacimiento.
Hace poco tiempo, un buen amigo y lector de la Tacita de Café, Andrés Andreu, me sugirió escribir sobre mi padre, a quien destacó por su brillante paso como mánager en las ligas pequeñas: “recibía equipos sin aparente talento para enseñarles los fundamentos del juego y sacar lo mejor para hacerlos campeones”.
Aurelio López destacó en las Grandes Ligas. Con los Tigres de Detroit ganó el juego del campeonato de la Serie Mundial de 1984. El poblano murió en septiembre de 1992. En una trágica coincidencia, los tres Aurelios (López, Rodríguez y Monteagudo) que han llegado a las Grandes Ligas perdieron la vida en accidentes automovilísticos.
El beisbol para mi padre estuvo presente hasta los últimos años de su vida. Todavía recuerdo cómo se impresionó con aquella atrapada de Derek Jeter, quien fue a caer a las tribunas y regresó al campo visiblemente golpeado. Sin un equipo favorito en Grandes Ligas, desde ese momento me aseguró que era un yankee.
Ahora, lo imagino en la escena que disfrutaba platicar: sentado en la zona de preferente en el Parque del Seguro Social, junto al bullpen de los Diablos Rojos, con sus brazos recargados sobre la barda y viendo calentar el brazo a Aurelio López, mientras escucha el zumbar de la pelota en su veloz trayecto a la mascota del catcher.
