¿Qué pasa con los hijos de las grandes estrellas?
¿Qué les impide honrar la memoria de quienes les dieron todo? Dos casos: Juan Gabriel y Silvia Pinal.
Hay algo que de verdad no logro comprender, por más años que lleve cubriendo el mundo del espectáculo, por más artistas que haya visto nacer, crecer, brillar y despedirse: ¿Qué sucede en la mente y en el alma de los hijos de las grandes estrellas cuando mueren sus padres? ¿Qué se rompe? ¿Qué se distorsiona? ¿Qué les impide honrar la memoria de quienes les dieron todo, literalmente todo?
El caso más evidente —el que cualquiera puede ver a simple vista— es el de Iván Aguilera, hijo y heredero universal de Juan Gabriel, uno de los compositores más grandes de la historia, el Divo de Juárez, un hombre cuya obra es patrimonio cultural de México y de América Latina. Y, sin embargo, pareciera que Iván ha hecho todo lo humanamente posible para evitar que se le recuerde como debería.
No como un icono, no como un maestro, no como el artista generoso que les abrió camino a tantos y tantos intérpretes. No. Todo lo contrario. Desde que murió Juan Gabriel lo que hemos visto es una cadena de cancelaciones, obstáculos, bloqueos y silencios. Obras de teatro suspendidas. Homenajes vetados. Proyectos con años de avance tirados a la basura. Giras conmemorativas esfumadas. Tributos enormes que estaban listos para celebrarse… pero que nunca vieron la luz porque el heredero simplemente dijo “no”.
El único proyecto que Iván permitió fue el documental de Netflix, Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero. Y sí, claro, eso le dejó un dineral. Negocio puro. Caja registradora. Pero, ¿y el compromiso cultural?, ¿y el respeto a la obra monumental de su padre? ¿Dónde queda la obligación moral —que no legal— de preservar el legado del artista mexicano más importante de los últimos 50 años? Yo me pregunto: ¿Qué teme Iván? ¿A quién cuida? ¿A quién protege? O, más bien, ¿qué intenta evitar que se sepa?
Porque Juan Gabriel fue polémico, sí. Fue excéntrico, sí. Pero también fue un genio, un hombre disciplinado, cariñoso, trabajador incansable, cercano a su público y profundamente agradecido con la vida. ¿Por qué borrarlo? ¿Por qué esconderlo? ¿Por qué querer encapsularlo como si nunca hubiera existido? Nadie entiende esa decisión. Nadie.
Y cuando uno cree haberlo visto todo, aparece otro caso que duele todavía más, porque es reciente, cercano, brutal: el primer aniversario luctuoso de Silvia Pinal, la última gran diva de México, la mujer que lo hizo absolutamente todo en cine, teatro y televisión. La musa de Buñuel. La musa de Diego Rivera. La empresaria que levantó dos teatros. La actriz que hizo historia cuando México apenas empezaba a construir la suya.
¿Y qué hicieron sus hijas? Nada. Ni una misa pública. Ni un homenaje abierto. Ni un acto para la prensa. Ni un recordatorio digno de la estrella más grande que ha dado este país. Lo único que hubo fue una misa privada organizada por Silvia Pasquel… y ya. Una ceremonia íntima que se agradece, por supuesto, pero que no corresponde a la estatura de Silvia Pinal, una mujer que fue institución, emblema, figura fundamental de nuestra cultura. Una mujer que no sólo hizo historia: la cambió.
¿Dónde estaba Alejandra Guzmán? ¿Dónde estaba Luis Enrique? ¿Dónde estaban los nietos? ¿Dónde estaban los amigos, los productores, los colegas? ¿Dónde estaba el respeto? Es inevitable preguntarse si de verdad saben quién fue su madre. Si entienden el tamaño de artista que perdimos. Porque a veces pareciera que se les olvida que Silvia Pinal no fue una figura decorativa: fue una luminaria, una pionera, una belleza irrepetible, una profesional que abrió puertas para todas las que vinieron después.
Y lo más duro es que sus hijos no estuvieron a la altura de ese legado tan monumental. Y aquí vuelvo a la pregunta inicial: ¿Qué pasa con los hijos de las grandes estrellas? Porque no es un caso aislado. No es un tema de un solo apellido. No es una rareza de la familia Aguilera ni de la familia Pinal. No. Cada vez vemos más hijos que, en lugar de honrar a sus padres, los administran, los dosifican, los cobran, los ocultan, los reducen, los minimizan, o peor aún, los olvidan. Quizá sea cansancio. Quizá sea rencor. Quizá sea confusión emocional. Quizá sea el peso aplastante de tener un padre o una madre que brilló tanto que nadie más pudo crecer.
O quizá —y es lo más triste— simplemente sea indiferencia. Pero lo cierto es que el público no olvida. México no olvida. Las grandes estrellas se vuelven eternas, porque los mexicanos las adoptamos, las abrazamos, las convertimos en parte de nuestra identidad. Y si los hijos no quieren encargarse del legado, alguien más lo hará. El tiempo. La historia. Los admiradores. Las nuevas generaciones que descubren a Juan Gabriel en Spotify o que ven a Silvia Pinal en Viridiana y entienden que ahí estaba la grandeza. Porque el legado no pertenece a los hijos: pertenece al país. A la memoria colectiva.
A la cultura. A quienes crecimos con esas canciones, esas películas, esas obras de teatro, esos programas. Ojalá un día los hijos de estas grandes figuras entiendan que custodiar un legado no es una carga, es un privilegio. Que recordar a sus padres no los empequeñece, los engrandece. Que rendir homenaje no es gastar dinero, es ganar dignidad. Mientras tanto, aquí seguimos preguntándonos: ¿qué pasa con los hijos?
