En este medio del espectáculo, donde muchos prefieren el aplauso fácil y el boletín cómodo, decir la verdad suele cobrarse factura. Aquí nadie quiere ver lo que no le conviene y muchos se ofenden cuando el espejo refleja algo que no les gusta. Esta semana fue un ejemplo claro de cómo la realidad, aunque se quiera ocultar, termina saliendo a flote.
Yolanda Andrade: la mentira no salió de la prensa
El caso de Yolanda Andrade es uno de los más manoseados, distorsionados y convenientemente malinterpretados de los últimos meses. Se quiso vender la narrativa de que los medios exageramos, de que inventamos, de que se hizo leña del árbol caído. Falso. Yolanda se enteró de que Julio César Chávez estaba en México y fue a verlo. No para el show, no para el rating, sino para verse a los ojos con alguien que entiende de caídas y de levantadas. Se encontraron en casa de Nicole Chávez y grabaron un video donde Chávez, sin rodeos, asegura que Yolanda Andrade está bien. Punto. Además, la familia se movió. La mamá y los hermanos de Yolanda dejaron Culiacán para venir a cuidarla. Eso no lo hace una familia por un chisme de revista. Eso se hace cuando hay preocupación real, cuando hay una situación que exige presencia y vigilancia.
Marilé y el origen de la tormenta
Y aquí viene lo que muchos prefieren callar: todo lo que se dijo de Yolanda Andrade salió de la propia Yolanda. No de un reportero, no de una “fuente malintencionada”, no de una conspiración mediática. Fue ella quien filtró información porque tenía dudas serias sobre la conducta del novio de su hermana Marilé. Dudas legítimas. Dudas que, en cualquier familia funcional, se atienden. Pero en este país, cuando una mujer levanta la voz, inmediatamente se le acusa de exagerada, de conflictiva o de desequilibrada. El clásico manual para desacreditar. Yolanda no es ninguna improvisada ni una víctima pasiva. Es una mujer con experiencia, con colmillo y con una intuición que, le guste a quien le guste, le ha funcionado toda la vida. Que ahora se incomoden porque prendió focos rojos dice más de los incómodos que de ella.
Poncho De Nigris y el box que ya molesta
Pasemos a otro tema que huele mal, no por el box, sino por quienes quieren adueñarse de él. Poncho de Nigris está organizando una función de box para el 15 de marzo en Monterrey, Nuevo León. Tres peleas confirmadas: Alberto del Río El Patrón, Marcela Mistral contra Karely Ruiz, y el combate de exhibición entre Abelito y Bull Terry. Un evento distinto, mediático, irreverente. Justo eso es lo que parece molestar.
SUPERNOVA y el monopolio del miedo
Según Iris, cercana al proyecto, ya comenzaron los intentos de boicot. Desde Supernova han amenazado con vetar a peleadores que se atrevan a participar con Poncho de Nigris. Sí, leyeron bien: amenazas. ¿En qué año estamos? ¿En 2026 o en los años 70? Apenas es el segundo evento y ya salen las prácticas monopólicas, los chantajes disfrazados de advertencias y la vieja escuela del “si no es conmigo, no es con nadie”. Esto no es competencia. Esto es miedo. Miedo a que alguien haga las cosas diferente, a que el público decida, a que el negocio deje de ser de unos cuantos. Y eso, en cualquier industria, se llama abuso.
El Teatro Manolo Fábregas: menos drama y más realidad
Y, para cerrar, el melodrama innecesario por la venta del Teatro Manolo Fábregas. Se quiso vender la historia como si la familia Fábregas estuviera asesinando la cultura nacional. Otra mentira conveniente. Ese inmueble llevaba más de 25 años sin operar. Sin infraestructura, sin mantenimiento, sin estacionamiento y convertido en una bomba de tiempo. A un costado, un cine que se está cayendo a pedazos y que en cualquier momento puede provocar una tragedia. La familia Fábregas hizo lo responsable: vender. Se construirá un edificio. No hay traición, no hay abandono, no hay conspiración inmobiliaria. Hay sentido común, algo que, curiosamente, escasea cuando se opina sin informarse.
En este medio, el problema no es que pasen cosas graves. El problema es que muchos prefieren fingir que no pasan. Pero la verdad, aunque incomode, aunque moleste, aunque raspe, siempre termina ganando el último round.
