Del agandaye

Guardado y su director técnico decidieron cumplir su obligación profesional: tirar el penalti y anotarlo.

De principio hay que establecer que como jugador de futbol Andrés Guardado cumplió con su obligación profesional: tomar el balón, cobrar con decisión el penalti y anotar el gol que necesitaba la Selección Mexicana para empatar el partido contra la de Panamá y forzar los tiempos extra.

Quienes somos aficionados al futbol, quienes lo hemos jugado, aunque sea de manera rudimentaria, lo sabemos. Además, la adrenalina lo exige. También sabemos que cada juego tiene sus propias circunstancias.

El de la semifinal de la Copa Oro de la Concacaf, jugado el miércoles 22, las tuvo. Pero sólo una fue la grande y culminó en el penalti que con maestría cobró Guardado.

Un penal que nunca existió. Que fue porque el árbitro lo inventó. Que acabó con el esfuerzo de un equipo panameño disminuido por una expulsión, tampoco apegada al reglamento.

La gran circunstancia que afrontó el equipo mexicano fue la de ser beneficiado por una falta inexistente, similar a la del juego contra Holanda en el Campeonato Mundial de Brasil, hace un año, y por la que México quedó eliminado.

Entonces, nadie aceptó acá que un árbitro puede equivocarse ni las circunstancias del juego. No. Fue una gran afrenta. Una gran injusticia, que adquirió tintes de crisis diplomática. En las redes sociales se creó el hashtag #NoEraPenal, memes graciosos e insultantes. En México, Arjen Robben fue, es, el ser más despreciable, la encarnación del engaño, de la transa, del agandaye. No fue para menos. El alma nacional había sido pisoteada.

Nadie habló, entonces, de las circunstancias del futbol, de la humana equivocación del señor árbitro. Poco más de un año después, la Selección Mexicana de futbol enfrentó la misma circunstancia, nada más que ahora ubicada del lado del victimario, no de la víctima.

La absurda equivocación del árbitro Mark Geiger provocó las protestas de los jugadores panameños, una batahola de minutos que permitió que en las redes sociales y en la misma televisión mexicana, esa dueña incondicional del futbol nacional, brotara una polémica sobre “la justicia” de anotar el penalti, de la necesidad de reconocer la superioridad mostrada por el equipo de Panamá; de no aprovechar una circunstancia, del juego; de jugar limpio, caballerosidad, según los viejos de la comarca.

Pero Guardado y su director técnico, Miguel El Piojo Herrera,  decidieron cumplir su obligación profesional: tirar el penalti y anotarlo.

Algunos mexicanos, casi todos fanáticos del futbol, desearon (lo expresaron públicamente en los lavaderos electrónicos) que Guardado y Herrera hubieran decidido lo contrario; que lejos de su obligación profesional hubieran optado por la caballerosidad, por el juego limpio.

No fue así. El capitán y el director técnico de la Selección Mexicana optaron por el pragmatismo de cumplir con su obligación, agraviados por errores arbitrales en otros tiempos. Correcto. También optaron por evadir —no tenían obligación de hacer lo contrario— un principio, un valor superior. No se trata de ningún moralismo. Tuvieron la oportunidad de trascender más allá de lo deportivo y decidieron que no. Nadie tiene la obligación de ser héroe, de optar por la grandeza. Tampoco sería la primera vez que un futbolista fallara intencionalmente, en aras de la justicia deportiva, como han escrito Pascal Beltrán del Río y Ricardo Salazar en este periódico.

Pero, imaginen, se vale, lo que su gesto hubiera significado para la FIFA, hoy paradigma de la corrupción mundial; para México, un país agobiado por la corrupción y la cultura del agandaye, aquella que proclama “al que se apendeje, me lo chingo”, “el que no transa, no avanza”, del si me lo hicieron a mí, por qué yo no lo puedo hacer… Hubiera sido un orgullo que el mundo pensara que, al menos, dos mexicanos no son, digámoslo suavemente, gandayas.

La postura del escribidor es clara, tal vez porque en los lejanos años de la niñez tuvo un amigo que la primera vez que jugó futbol gritó: “¡Mano!”, porque él la había cometido… y sus compañeros le recriminamos su “traición” al equipo y su “pendejez”.

Lo realmente importante de este lance es que se haya levantado la polémica en este país agobiado por la corrupción, lo que demuestra que México no es todavía una nación de cínicos, pese a que todavía los “mejores argumentos” sean insultos contra quien no piensa igual. Pero es una brisa de que podrán venir tiempos mejores.                

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