Multilateralismo democrático

Hace 20 años, las naciones del continente firmaron voluntariamente la Carta Democrática Interamericana, que es un elemento crucial de identidad regional.

Francisco Guerrero Aguirre

Francisco Guerrero Aguirre

Punto de equilibrio

La defensa de la democracia y la promoción de los derechos humanos no son opcionales en las relaciones internacionales del siglo XXI. Tanto la OEA, como la Unión Europea, cuentan con obligaciones concretas para todos sus miembros. Actuar conforme a dichos valores es un requisito indispensable para formar parte del multilateralismo democrático.

La Unión Europea parte del reconocimiento de que las violaciones de los derechos humanos y las perturbaciones de los regímenes democráticos, constituyen un grave peligro para el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

La “cláusula democrática” europea entraña la facultad que tienen uno o varios actores internacionales para condicionar cualquier tipo de ayuda o apoyo, incluso relaciones diplomáticas o comerciales, a que el Estado receptor cumpla con una serie de requisitos que definan su régimen como plural y democrático.

El continente americano, incluyendo, por supuesto, a Canadá y a los Estados Unidos, es la región que contiene la colección más grande de democracias en el mundo. Con notables y lamentables excepciones, es un hemisferio de casi mil millones de habitantes que viven bajo sistemas democráticos.

Lo anterior no significa que las democracias de la región no tengan fallas o déficits. Las tienen, y muchas, tanto estructurales, como la profunda desigualdad social, como coyunturales, como el surgimiento de la desafección a la política, las campañas de desinformación en redes y las noticias falsas.

En esta tarea del perfeccionamiento continuo, la OEA tiene un rol central que cumplir. La Organización personifica los principios y valores democráticos que los 34 Estados miembros han vertido en diferentes instrumentos interamericanos.

Hace 20 años, las naciones del continente firmaron voluntariamente la Carta Democrática Interamericana, que es un elemento crucial de identidad regional. La democracia y los derechos humanos son el cemento del multilateralismo democrático que nos une.

La firma de la Carta Democrática en 2001 dejó en evidencia el vínculo indisoluble de la democracia con la diplomacia moderna. Es un compromiso permanente porque las libertades fundamentales, los derechos humanos y la democracia no existen sólo cuando es conveniente. Deben imperar en todo momento.

El artículo 1º de la Carta Democrática obliga a los Estados a promover y defender la democracia. Por consiguiente, los líderes que no protegen el derecho de la ciudadanía a vivir sin miedo y en libertad, pierden legitimidad y autoridad moral.

La Carta define claramente los elementos esenciales de la democracia: el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres y justas; la libertad de expresión; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas y la separación e independencia de los poderes públicos.

 BALANCE

La OEA, organización multilateral más añeja del planeta, es el garante de los valores y principios democráticos compartidos en el sistema interamericano. No se puede ser neutral ante la violencia y la injusticia. Defender la democracia y preservar los derechos humanos son un imperativo moral al que no podemos renunciar.

Como lo ha dicho con claridad Luis Almagro, no podemos voltear hacia otro lado ante la diáspora forzada de millones de venezolanos, la proscripción perversa de candidatos opositores en Nicaragua o la tortura sistemática y la existencia de presos políticos en Cuba. El silencio cómplice no es compatible con un multilateralismo democrático. No hay recovecos o excusas, la diplomacia moderna va de la mano de la democracia y los derechos humanos.

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