#Selfiecracia
Los acelerados cambios tecnológicos de este siglo, materializados en los teléfonos inteligentes y diminutas cámaras fotográficas y de video, han modificado drásticamente la forma en que las personas y sus comunidades interactúan. Consecuentemente, el auge de las ...

Francisco Guerrero Aguirre
Punto de equilibrio
Los acelerados cambios tecnológicos de este siglo, materializados en los teléfonos inteligentes y diminutas cámaras fotográficas y de video, han modificado drásticamente la forma en que las personas y sus comunidades interactúan. Consecuentemente, el auge de las redes sociales ha impactado dramáticamente la política y la democracia. Muchos se preguntan sobre el efecto de la comunicación cibernética sobre el tejido social y el ejercicio del poder.
¿Las redes sociales fortalecen la democracia de forma sustantiva o sólo rellenan el espacio de comunicación virtual con aire, ruido y #selfies mercadológicas? No hay respuesta definitiva para esta pregunta. Lo cierto es que el volumen de contactos se ha disparado exponencialmente de manera inevitable e irreversible.
El impresionante volumen de usuarios en las redes sociales es revelador. Facebook cuenta con casi dos mil millones de usuarios activos al mes, mientras que YouTube tiene mil millones y medio, Instagram cuenta con 600 millones y Twitter con 328 millones. Estas cantidades estratosféricas significan poder y dinero. Poder de las empresas proveedoras de esta tecnología, pero también de los que hacen uso diario de estas herramientas. Aquí es donde está el dilema: el músculo de las redes sociales se puede emplear constructivamente o ponerse al servicio de las peores causas.
Un candidato puede usarlas para comunicar directamente su plataforma programática y planes de gobierno, y después rendir cuentas al electorado. Pero también las puede ocupar para propagar noticias falsas, generar pan y circo, cultivar el culto a su personalidad o fomentar resentimientos racistas o xenófobos que polarizan a la sociedad.
Lo mismo aplica para la ciudadanía usuaria de esta tecnología. Un ciudadano que ocupa Twitter puede optar por opinar, hacer peticiones y cuestionar legítimamente a los liderazgos políticos. Pero también tiene la opción de participar en debates degradantes con lenguaje de odio que sólo echan leña al fuego de los hechos alternativos.
El peligro es que los usuarios de las nuevas tecnologías tenemos la capacidad de potenciar el mal por encima del bien. De optar por lo fatuo en lugar de profundizar en lo relevante. Persiste la posibilidad de generar aún más superficialidad e incertidumbre. El gran peligro de construir una selfiecracia egoísta y autorreferencial.
Diariamente se suben 300 millones de fotos en Facebook, se publican 500 millones de tuits diarios y los usuarios de YouTube pasan mil millones de horas (equivalente a 114 mil 155 años) viendo videos. ¿Cuánto de este contenido es ruido y cuánto vale y aporta a la democracia?
BALANCE
Nunca antes en la historia de la humanidad se habría visto un cambio tectónico tan disruptivo y acelerado como el que hoy vivimos. El volumen, la variedad y la velocidad de la información compartida en redes sociales es una avalancha de la que poco sabemos o entendemos. Pareciera que en lugar de construir y agregarle valor a la democracia, el interés mayoritario, genuino o manipulado, reside en la satisfacción lúdica que un like o un retuit produce. Después de todo, se ha comprobado la relación entre el uso de redes sociales y la producción de dopamina en el cerebro.
La tecnología y las redes sociales por sí solas no mejoran ni empeoran a la democracia per se. Lo que impacta es cómo las personas eligen emplear las nuevas herramientas. No apostemos por una selfiecracia hueca y narcisista. No alimentemos un debate político superficial y tóxico. Potenciemos la tecnología para encontrar respuestas claras e intercambios inteligentes.
Secretario para el Fortalecimiento de la Democracia.
Los puntos de vista son a título personal.
No representan la posición de la OEA.