Fortunato Santos
Fue un mexicano como pocos; un mexicano que guardaba la dulzura de su pueblo ancestral...
Hace ya décadas que hice mi primer ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México, entonces, como ahora, la UNAM era no sólo el escaparate de un mundo fantástico, rico y novedoso, en el que desfilaban todas las ideologías, todos los estratos sociales, económicos y políticos, todas las formas de entender la vida y todo el abigarrado mosaico de costumbres al que simplificamos llamando cultura nacional. Cada uno, venido de sus propias esferas cerradas, de las mesas de sus padres venidas de otros países o de las distintas regiones de nuestro enorme territorio, entraba en un diálogo fantástico, de encuentros y asombros, de contrastes y similitudes; entonces, como hoy, la Universidad, a la par que formaba profesionistas, formaba mexicanos en toda la difícil complejidad del término.
En aquella entrada a la realidad compleja de mi patria, el encuentro con mexicanos que venían de realidades completamente distintas de la mía me hizo comprender la grandeza de nuestro país y la enorme potencia creativa en la que, desde entonces, he depositado mi confianza indeclinable. Entre aquellos con quienes tuve la fortuna de compartir los espacios y los libros, las esperanzas y las risas, los trabajos y los días de estudio, se encontraba un joven huasteco, de San Luis Potosí, al que se le veía siempre empeñado en el estudio como a pocos se podía apreciar; nos hicimos buenos amigos y al entrar en su vida y conocer el entorno del que venía, al hacerlo entrar en las costumbres de mi casa y mi persona, repetimos el rito ancestral que constituye la más pura esencia de lo mexicano: el diálogo y el encuentro.
Fortunato Santos había aprendido la lengua española a los diez años, cuando siguiendo sus estudios salió de su solar natal; toda su vida académica transcurrió al amparo de la educación pública, que en él formó a un ciudadano ejemplar; gracias a ese enorme esfuerzo desarrollado por el pueblo y el gobierno nacionales, con una gran ilusión y con empeños sin número, muchos como Fortunato recibieron, más que conocimiento, una oportunidad que supieron aprovechar sabiendo que se trataba de un cambio profundo en sus vidas y en las de quienes los rodeaban; una educación así: laica, científica, humanista y gratuita, le permitió conocer la ciencia del derecho y ennoblecerla con su ejercicio como juez; le permitieron ver la patria y el mundo, no lo arrancaron de sus raíces, pero le hicieron producir frutos generosos y diversos.
Fortunato Santos, que detentaba un nombre que ya hubiera querido García Márquez para alguno de sus personajes, fue un mexicano como pocos; un mexicano que guardaba la dulzura de su pueblo ancestral y que en la universidad, del mismo modo y medida que quienes habíamos surgido de semillas de todo el mundo, de todas las creencias y todas las ideologías, aprendió los códigos comunes de esto que llamamos nuestra cultura y, con ambos brazos, sirvió con empeño, lealtad y honradez a la causa de la justicia, que él lo sabía bien, es el pan que alimenta la esperanza de los pueblos.
Hace unos días el juez Fortunato Santos se marchó, como decían los griegos, donde los muchos. Y nos dejó tanto un ejemplo como una lección; un ejemplo de cómo el esfuerzo individual al amparo de instituciones públicas puede lograr lo que pareciera inimaginable, una lección sobre cómo no es sólo la raíz sino también el fruto lo que importa; para todos los que sepan algo de él, la muestra del esfuerzo coronado por el éxito y para quienes tuvimos la enorme fortuna de conocerlo, el recuerdo imperecedero del magnífico abogado, del huasteco alegre y sensible, en fin, del amigo de toda hora que supo construir, teniendo como materia a él mismo, al mexicano que todos lo sabemos, es el que urge hoy y siempre en cualquier pueblo que ame la paz y el progreso.
Muchas gracias Fortunato.
*Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM
