Qatar 2022: el juego es el jugo (V)

La historia fluye mucho más allá de lo ocurrido. La historia se escribe. Y se reescribe. Se corrige y amplía. Lo deseable es que sus eventuales cambios arrojen mejores luces.

Jugar es de propios y extraños. Los niños se corretean entre sí y las niñas saltan a la cuerda. Los adultos avientan dados y las señoras, cartas. Casi de manera unánime la humanidad ve en una pelota la diversión ilimitada, ya botándola o pateándola. A final de cuentas, el mundo es un balón. Se juega y se suda, y se es feliz. Se ve a nuestros héroes en el campo de juego y, esencialmente, se es feliz, aunque por momentos también se sufra (Enric González decía que el amor sólo se puede medir por el grado de dolor que es capaz de infligirnos aquello que amamos). 

Así, el Mundial más extraño de la historia se juega y se disfruta muy a pesar de la compra de voluntades y votos para que Qatar obtuviera la sede. Muy a pesar del territorio hostil en donde se celebran gestas y goles, pero se violentan derechos y libertades. 

Pero en ese marco hubo un hecho que rompió paradigmas globales. En Qatar 2022 mujeres fungieron como silbantes. Una de ellas, mexicana, Karen Díaz (quien ya había participado como cuarta árbitra en el Marruecos-Croacia), fue parte de la terna arbitral como abanderada del Alemania-Costa Rica junto a la brasileña Neuza Back y la francesa Stéphanie Frappart, jueza central. 

Efectivamente, como titularon los medios de comunicación de nuestro país, Karen Díaz pasó a la historia. Pero habría que recordar que la historia fluye mucho más allá de lo ocurrido. La historia se escribe. Y se reescribe. Se corrige y amplía. Lo deseable es que sus eventuales cambios arrojen mejores luces. La manera más eficaz de interpretar el presente siempre será el futuro. ¿Cómo tomaron las conservadoras autoridades cataríes el referido hecho? ¿O a cambio de qué aguantaron el trago amargo?

Qatar, un territorio con arena y mar, sin tradición futbolera, alteró el curso habitual de todas las ligas del planeta para celebrar durante el último mes del calendario un evento que siempre se efectuó a mediados de año.

En la edición de la revista Nexos del presente mes, Martín Caparrós ensaya los motivos actuales que mueven al balompié, claramente reflejados en Qatar 2002: “El mundo gasta tanto en futbol y, a veces, parece un despilfarro. Pero no sólo es un gran negocio —las ventas de derechos de imagen, de publicidad, de camisetas, de jugadores, de partidos—, sino, sobre todo, la mejor operación de propaganda que un sistema haya encontrado desde que un tal Jesús empezó a bajarse de las cruces. El futbol les paga a unas pocas docenas de muchachos millones y millones: le sirven para que haya muchos más millones de muchachos en el mundo que quieran, más que nada en la vida, ser como ellos. Ser como ellos es apuntarse al mito del éxito inmediato, súbito, casi sin esfuerzo, ganar fortunas sin saber gran cosa, acelerar coches más potentes, beneficiarse a las rubias más taradas, ganarles a todos porque lo único que importa es yo, yo, yo; vivir para el triunfo y el dinero y los aplausos”.

Y sí, la corrupta FIFA ha inventado un jugosísimo negocio global. Es una gran época para los teóricos del marketing. Qatar puede organizar todos los eventos deportivos que quiera y contratar a reconocidísimos despachos de arquitectura para alzar la nueva Doha con todo y estadios condenados a la subutilización a partir de que concluya la final de la Copa del Mundo. Sin embargo, los petrodólares compran la pelota, no el juego en sí. Basta que el balón ruede en un terreno salitroso de cualquier rincón olvidado por Dios o en la agitada imaginación del buen aficionado para que eso que se llama Mundial de 2022 se convierta en un simple recuerdo estadístico. Hace tiempo que los que firman los cheques o realizan transferencias multimillonarias olvidaron que el futbol es algo mucho más importante que todos sus accesorios. ¿Qué es el futbol, que es tan importante, sobre todo para la niñez? El futbol es un juego. 

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