Nuevas reglas del juego editorial

¿Quiénes son esos dictaminadores? ¿Qué tanto han leído? ¿Consultaron a psicólogos, a sociólogos? ¿Han dado o dan clases, o conferencias en universidades? ¿Con base en qué estudios “purificarán” obras por así “convenir” a los lectores?

La industria editorial es fascinante. Propone, rechaza, impulsa, ridiculiza. Ante todo, vende. De vez en cuando dirige sus reflectores sobre autores de obra atendible. De vez en cuando, también, presume excelentes plumas que con el paso de los lustros no tienen más que ofrecer, pero con un poco de suerte son redescubiertas y relanzadas. Gracias a ella revisitamos a los clásicos y, por chocante que resulte la idea, pone en las vitrinas a los referentes de nuestro tiempo. Con mayor frecuencia de lo que parece, publica libros de gente famosa que resulta obvio que han escrito muchas más páginas de las que han leído (el ghostwriting es un oficio de tinieblas). Pero en ese ámbito se han dado insospechadas complicidades, como la de la Nobel Toni Morrison, quien estuvo al cuidado de la edición de la biografía de Muhammad Ali.

Decir que los lectores son los mejores jueces de la industria editorial es un lugar común, pero ojalá fuera sólo eso. En tiempos de Fox, Carlos Abascal, secretario del Trabajo, se molestó con la escuela de su hija, que cursaba el tercero de secundaria, porque le encomendaron leer Aura, de Carlos Fuentes. El incidente dejó en la calle a una joven maestra, también acusada de enseñar Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez, y puso a la novelita de Fuentes en la conversación nacional.

Las cosas, sin embargo, pueden ponerse peor. En agosto del año pasado, el novelista indio Salman Rushdie fue víctima de varias puñaladas cuando daba una lectura en Nueva York, pero sobrevivió para contarlo. Por aquellos días escribí lo siguiente en este espacio: “Quizás fue voluntad divina. Quizás fue mera suerte. Como sea, la literatura ha superado cualquier cantidad de manifestaciones de intolerancia. Ya se sabe: no es lo mismo la tolerancia que tolerar algo o a alguien. Se van los cuerpos. Quedan las letras. También, por desgracia, quedan los que nos dicen qué leer y, sobre todo, qué no leer”.

Meses después de ese ataque, la industria editorial, o parte de ella, en casos concretos, pretende imponer nuevas reglas del juego. Primero fue la obra de Roald Dahl. Ahora la novedad es Agatha Christie. Ambos británicos, longsellers, traducidos a cualquier cantidad de idiomas y con varias adaptaciones de sus textos tanto a la pantalla grande como a la chica. El caso es que Roald Dahl y Agatha Christie han sido o serán sometidos a un proceso de “adecuación a la sensibilidad de época”, con las respectivas eliminaciones de referencias étnicas e insultos y todo aquello que pudiera considerarse “lenguaje ofensivo”.

Según la información disponible, los cambios serán posibles gracias a un equipo de “lectores de sensibilidad”. Un buen lector es como un piloto. La experiencia del segundo la marcan sus horas vuelo. La del primero, sus horas lectura. Se les suele llamar “lectores profesionales”, aunque, claro, cantidad no garantiza calidad (Quevedo se refugió “con pocos, pero doctos libros juntos”).

Como sea, las dudas son muchas. ¿Quiénes son esos dictaminadores? ¿Qué tanto han leído? ¿Consultaron a psicólogos, a sociólogos? ¿Han dado o dan clases, o conferencias en universidades? ¿Con base en qué estudios “purificarán” obras por así “convenir” a los lectores?

Curioso que no sean ni la iglesia ni grupos reaccionarios ni gobiernos autoritarios ni los Abascales los que generen la polémica, sino que la industria editorial depure sus productos desde sus despachos al reescribirlos. De momento, los únicos ganadores, en metálico, son los herederos de los derechos de los referidos escritores. Con esos criterios, a la Biblia la van a cercenar. 

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