Nos vemos a la salida

En escuelas públicas como privadas hay maestros que siempre tienen un muy buen pretexto para evitar involucrarse, ya no digamos comprometerse a cabalidad con su quehacer, especialmente cuando está el peligro de salir agredido verbal o físicamente.

Es típico de los estudiantes citarse afuera de las escuelas una vez que concluyen las clases. La campana que anuncia la salida de los planteles al mismo tiempo da la señal para arreglar las diferencias a chingadazos. Evidentemente, sobre la tragedia de Norma, la joven de secundaria que murió a consecuencia de los golpes que le infligiera su compañera, Azahara, flota la espesa nube de la descomposición social. Se le hiela a uno la sangre al saber que Norma no llegó a los 15 años y su agresora deberá vivir el resto de sus días con esa circunstancia. Lo patético es que la red de redes está inundada de videos de pleitos salvajes de niños y niñas. La nula atención de parte de los adultos cierra un círculo vicioso.

Lo saben muy bien en el ámbito educativo: hay jovencitos que sencillamente resulta una misión imposible poner en cintura. Los métodos para orientarlos requieren una actualización constante de los respectivos programas que no alcanza, ya por desinterés de las propias autoridades del nivel que sean, ya por el descarte automático de los propios maestros, temerosos de esos rebeldes sin causa y, eventualmente, de sus energúmenos padres o tutores.

Sin embargo, tanto en escuelas públicas como privadas hay maestros que siempre tienen un muy buen pretexto para evitar involucrarse, ya no digamos comprometerse a cabalidad con su quehacer, especialmente cuando está el peligro de salir agredido verbal o físicamente. De existir una competencia a la mediocridad educativa, ignoro si México terminaría en primer lugar, pero, ¡ay!, qué bien competiría. La OCDE, en fin, tiene suficiente evidencia documental al respecto.

Se me reprochará que los maestros no pueden ni es su deber vigilar lo que ocurre con los muchachos afuera de las escuelas, pero un punto de alarma se encuentra en el hecho de que han sido omisos en quién sabe cuántos casos de bullying en el interior de los planteles. Antes de lo ocurrido a Norma, también se decía que nadie muere en una simple pelea entre adolescentes. Pues no. Nada pasa… hasta que pasa.

Norma y Azahara, huelga aclarar, cursaban la secundaria en el turno vespertino, es decir, la agresión fue cometida antes de ingresar a las aulas, donde la primera sufría de acoso por débil, por frágil, por jodida y por su color de piel. En las terribles imágenes se aprecia que durante el pleito nadie interviene. Todos los testigos azuzan. Algunos graban con sus teléfonos inteligentes. Algarabía por la violencia. Los olvidados por Dios como tendencia en las redes sociales.

En 2003, en su discurso tras recibir el Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz, José Emilio Pacheco propuso un mayor acceso a la lectura a temprana edad como auxiliar para combatir y rechazar la violencia. La aventura se antojaba difícil, pero el maestro Pacheco tenía un punto: “Ocurre algo común entre el joven europeo que ataca con bombas incendiarias un campamento de refugiados y el muchacho que asalta y viola en los microbuses de esta cada vez más áspera ciudad (de México): no tuvieron la oportunidad de leer, su imaginación quedó muerta, por tanto, son incapaces de ponerse en el lugar de los demás”. Esas palabras, subrayo, son de 2003, es decir, en 20 años los despachos de la SEP aparentemente han tenido otras prioridades.

Azahara cometió un crimen que aguarda castigo. Sus “amigos” la animaron a darle una paliza a Norma para seguir burlándose de ella. Obtuvieron su cadáver. No existen ganadores en una pelea callejera ni en un encuentro de navajas. Perdemos todos. Norma era hija, nieta, hermana, prima, y quizás soñó alguna vez con ser madre. La SEP le debe un programa antiviolencia mucho más ambicioso a los niños y jóvenes que tiene en sus manos.

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