El documental Chuck Norris contra el comunismo (2015) es un retrato de la década de los años 80 del siglo pasado (la mejor de las décadas; la peor de las décadas). Es, asimismo, una autopsia sobre el poder, a saber: la tiranía que ejerce control absoluto, pero sus mecanismos permiten pasar por alto ciertas vigilancias, ya pactadas, precisamente con el propósito de contar con verificaciones más robustas.
En la Rumania de Nicolae Ceausescu, las artes marciales de Chuck Norris en cintas VHS de contrabando suponían una ventana a un mundo de supermercados con todo tipo de productos y libertad individual. Eran el antídoto visual a un régimen que, mediante pura propaganda, incluso controlaba hasta las calorías que consumían sus ciudadanos.
Sin embargo, al observar el panorama político del siglo XXI, se juega a modificar la polaridad de esa condicionante. Mientras que en los 80 el “comunismo” era una realidad de cemento, escasez y censura, hoy el término se ha convertido en un comodín retórico, no mucho más que un espantapájaros utilizado para descalificar cualquier intento de regulación estatal o política social.
El caso de México es paradigmático. Se acusa con frecuencia al gobierno actual de querer instaurar un régimen “comunista” o “socialista”, evocando los miedos de las botas militares al cuello propias del bloque soviético. Pero si rascamos la superficie, la realidad contradice el pánico. Lo que vemos no es la abolición de la propiedad privada o el control estatal de los medios de producción. Es, más bien, un híbrido pragmático.
Paradójicamente, la izquierda mexicana del siglo XXI no ha abandonado del todo el esqueleto del neoliberalismo. Se mantiene la disciplina fiscal, se respeta la autonomía del Banco de México y se celebra, y revisa, el T-MEC como motor económico del país. Es un modelo que utiliza la retórica de la “redistribución” para mantener la estabilidad social, pero que sigue operando dentro de los márgenes del libre mercado que tanto deslumbraba a los rumanos en los videocasetes distribuidos en el mercado negro de películas como Top Gun, Karate Kid o Volver al futuro, o las que protagonizaban Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme y Sylvester Stallone, tres personajes clave del imaginario colectivo que lucharon frente al marxismo-leninismo.
La figura determinante de este fenómeno político-cultural, sin embargo, fue Irina Nistor, una traductora que, se asegura, dobló clandestinamente más de tres mil películas. Nistor hizo todos los diálogos. Todos. Sin opción, fue el engranaje de la corrupción interna del régimen rumano, pero al mismo tiempo su voz fue “la” voz de la ilusión por la libertad de toda la nación.
Sin embargo, gritar “¡comunismo!” hoy es usar el trauma del pasado para eludir el debate sobre el presente. En 1985, el VHS, en Rumania, fue una herramienta de liberación contra una dictadura real. En los días que corren, la palabra “comunismo” es a menudo una herramienta de confusión para evitar discutir las fallas de un sistema que, aunque se vista de izquierda, sigue teniendo un corazón profundamente neoliberal.
Con la muerte de Chuck Norris, ocurrida este 19 de marzo, se discute su legado como héroe de acción. Ferviente republicano, activo defensor de las causas conservadoras en Estados Unidos, ofreció su apoyo en varias ocasiones al ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Ni hablar.
Ceausescu y su esposa fueron fusilados con ametralladoras el 25 de diciembre de 1989. Sí, Chuck Norris ganó la guerra fría. No hay que temer del comunismo cuando el modelo neoliberal domina ampliamente sobre el horizonte.
