Ley sólo para no fumadores

Vigilar la salud de los adultos, empero, no requiere ser una obligación del Estado. No sé. El día de mañana prohibirán los tacos de birria, o los de suadero o los de carnitas por sus altos contenidos de colesterol.

Un vicioso fuma donde sea. Al fondo de cualquier pasillo. En la azotea, sin importar el frío o la lluvia, o ambos. A un lado de basureros inmundos. Con medio cuerpo afuera de la ventana abierta de cualquier departamento para evitar las alarmas de los censores, principalmente la familia, arrojando la colilla a la calle, para deshacerse de la evidencia. Los fumadores de los cigarros electrónicos aspiran el aparato debajo de sus ropas, es decir, dan un buen jalón, pero todo mundo advierte su pésima disimulación. Fumar es un hábito y un rito. Y una droga. El caso es que un nicotinómano fuma donde sea. ¿Ha notado usted que las señalizaciones de “no fumar” permanecen en aviones y hoteles, no obstante que hace varios años ya quedó prohibido fumar en esos sitios?

Sin embargo, desde antes del paulatino progreso de las leyes antitabaco, a los fumadores se les ha tratado como portadores de la peste. Quizás nadie como Walt Disney supo sortear el vicio. Murió de cáncer de pulmón, pero nunca fumó en público. Lo consideró mal ejemplo para los niños, sus principales clientes. Otra cosa son los puros, un arte en sí mismo. Churchill desayunaba whiskey, fumaba puros y ganaba guerras. Freud, otro famoso fumador de puros, los consideraba un placer del que le fue imposible librarse.

El lector no tiene por qué saberlo, pero quien esto escribe es fumador de puros, no de cigarros. Y dada la experiencia personal, por alguna circunstancia que escapa a mi comprensión, el aroma de los charutos suele traer amonestaciones mucho más severas entre el público no fumador y, paradójicamente, entre el fumador de cigarros. Fumar puros requiere sosiego. Hay, en cambio, un permanente estado de emergencia en el fumador de cigarros. Se sabe, en fin, que no hay sensación más terrible para un fumador de cigarros que una cajetilla vacía a las dos de la mañana de un martes, por ejemplo.

“¿Qué tipo de recompensa obtenía del cigarrillo para haber sucumbido a su imperio y haberme convertido en un siervo rampante de sus caprichos?”, se planteó el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro en su célebre texto Sólo para fumadores, ambivalente y poética declaración de principios. “Se trataba, sin duda, de un vicio, si entendemos por vicio un acto repetitivo, progresivo y pernicioso que nos produce placer. Pero examinando el asunto de más cerca me daba cuenta de que el placer estaba excluido del fumar. Me refiero a un placer sensorial, ligado a un sentido particular, como el placer de la gula o la lujuria. Quizás en mis primeros años de fumador sentí un agradable sabor o aroma en el tabaco, pero con el tiempo esta sensación se había mellado y podría decir incluso que fumar me era desagradable, pues me dejaba amarga la boca, ardiente la garganta y ácido el estómago”.

Entendería que el nuevo reglamento contra el tabaco, que ordenó retirar su exhibición en las tiendas, entre otras medidas, está dirigido a las generaciones jóvenes y sus efectos, precisamente, se verán en un mediano y largo plazo. Su aplicación costará más trabajo en lugares al aire libre demasiado concurridos, como las playas.

Vigilar la salud de los adultos, empero, no requiere ser una obligación del Estado. No sé. El día de mañana prohibirán los tacos de birria, o los de suadero o los de carnitas por sus altos contenidos de colesterol. Mismo caso para los productos con azúcares en alimentos o bebidas, accesibles a toda hora y en variados costos. Por lo demás, el azúcar provoca una adicción similar a la del tabaco, con la desventaja de que engancha desde temprana edad. Ya lo dijo alguien: Todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda.

Temas: