La muerte que moldeó a Benjamin Netanyahu

No han faltado los que apuntan que Benjamin Netanyahu cobró su venganza personal. El 4 de julio de 1976, Israel mostró su músculo. Yonatan Netanyahu, de la unidad de élite de las Fuerzas de Defensa de Israel, lideró una misión en el aeropuerto de Entebbe, Uganda. La ...

No han faltado los que apuntan que Benjamin Netanyahu cobró su venganza personal. El 4 de julio de 1976, Israel mostró su músculo. Yonatan Netanyahu, de la unidad de élite de las Fuerzas de Defensa de Israel, lideró una misión en el aeropuerto de Entebbe, Uganda. La operación logró el rescate de 102 rehenes de un vuelo secuestrado de Air France, pero el comandante Yonatan Netanyahu fue la única baja entre los soldados. Su muerte lo convirtió en emblema nacional.

Las cartas de Yoni, como le decían, las publicó la familia. En la correspondencia aparece con frecuencia su preocupación por cumplir con su deber: “Debo sentirme seguro de que no sólo en el momento de mi muerte podré darme cuenta del tiempo vivido; debo estar listo en cada instante para decir: ‘Esto es lo que hice’”. (Si al lector le interesa, hay ediciones disponibles en Google Books).

Para Benjamin Netanyahu, la muerte de Yoni fue un punto de inflexión. En intervenciones públicas —y sobre todo en el 40 aniversario en Entebbe, en su segundo periodo como jefe del gobierno de Israel— ha vinculado la memoria de su hermano mayor a su propia concepción del Estado y de la seguridad. Notaba Foucault que el poder no se posee, se ejerce. Al volver a pisar la pista de Entebbe, en 2016, dijo que el lugar “está siempre conmigo, en mis pensamientos, en mi conciencia y profundamente en mi corazón”. Asimismo, recordó que la operación “cambió el curso” de su vida y subrayó que la misión probó que Israel debía actuar con decisión frente al terror (The Times of Israel).

Esa amalgama de duelo íntimo ha inspirado, se diría que en sobredosis, la postura de Netanyahu ante los asuntos de seguridad nacional. En sus discursos ha usado a Entebbe como hito militar y metáfora moral: un Estado que no renuncia a sus ciudadanos y que está dispuesto a llegar “a los confines de la tierra” para rescatarlos. Esa narrativa, impulsada por la figura de su hermano caído, alzó al premier israelí como la autoridad determinante en los debates sobre las respuestas al terrorismo (The Jerusalem Post).

En su momento, las reacciones en Europa, y en especial en Alemania, añadieron un episodio espeso. Algunos secuestradores pertenecían a células de extrema izquierda de la entonces República Federal Alemana, por lo que la prensa teutona cubrió con detalle tanto el secuestro como las ramificaciones políticas posteriores. Se puso en la mesa de debate la violencia transnacional de la época, y las responsabilidades y límites del uso de la fuerza fuera de fronteras soberanas. En 2018 salió una buena película sobre el hecho: Rescate en Entebbe, con estupendas actuaciones de Rosamund Pike y Daniel Brühl.

Como sea, es una discusión interminable si la muerte de Yoni fue instrumentada políticamente, un sacrificio familiar convertido en pretensión destructiva. Lo que resulta evidente es que para Benjamin Netanyahu la figura de su hermano ha operado como creatina y escudo: potencia su definición como hombre implacable, al tiempo que la memoria de Yoni le otorga legitimidad emocional. Ensayos y reportajes en medios prestigiosos como la revista The New Yorker han documentado ese vínculo a lo largo de décadas, elemento clave de su biografía política.

A final de cuentas, Yonathan Netanyahu, como mártir, explica su presencia, ante su obvia ausencia, en la narrativa de identidad, deber y seguridad del hombre que lleva las riendas del pueblo elegido por Dios. Comentar que su venganza personal fue consumada sería una desproporción, pero nadie podrá negar que Gaza siempre le supuso un obstáculo. Hizo de la franja un infierno en la tierra. Destruido el objetivo, firmar acuerdos de alto al fuego con más de 60 mil muertos después se antoja extemporáneo y un gran absurdo de nuestros tiempos.

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