El hombre en el castillo

Quién controla el relato, el poder y la idea de libertad sin importar si se mora en lo alto de un castillo o en la Casa Blanca, al margen de hablar inglés, alemán o japonés.

No es la primera vez que Donald Trump recurre a una narrativa grandilocuente para hablar del papel de Estados Unidos en la historia mundial del siglo XX, esos cien años de pesadilla y ensueño para la humanidad. Sin embargo, que lo haya hecho en el Foro Económico Mundial de Davos, frente a jefes de Estado, CEOs y líderes de opinión global, le dio a su frase un peso nefasto.

“Sin nosotros, ahora mismo todos estarían hablando alemán y quizás un poco de japonés”, dijo, reactivando el clásico discurso gringo como salvador indispensable del orden occidental tras la Segunda Guerra Mundial. En su calidad de presidente, Trump se comporta como chivo en cristalería.

En todo caso, esa grosera afirmación revela una historia contrafactual simplificada. Por un segundo, el mandatario planteó un mundo alternativo en el que Estados Unidos no intervino en el conflicto y las potencias del Eje triunfaron. Esa lógica conecta de manera casi automática con The Man in the High Castle, la serie basada en la novela de Philip K. Dick (disponible en Amazon Prime Video) que invita a imaginar justamente escenario semejante: Estados Unidos conquistado, esclavizado, dócil, obediente, pero dividido (o en la práctica, repartido), entre el Reich nazi y el Imperio japonés, con símbolos, lenguas y estructuras de poder impuestas por los vencedores. Con esa visión, el Muro de Berlín parece una broma.

En la ficción dickiana, los estadunidenses viven sometidos a una realidad que no eligieron, atrapados en un orden autoritario que se normaliza con el paso del tiempo. En el discurso de Trump, en cambio, ese mismo escenario opera como herramienta retórica: “Mírennos”, parece decir; “sin nosotros, el mundo sería irreconocible”.

La diferencia es clave. The Man in the High Castle usa el “qué hubiera pasado si” para cuestionar el poder, el totalitarismo y la fragilidad de la democracia. Trump, no. Su frase la emplea para reafirmar una visión excepcionalista de Estados Unidos, en la que su protagonismo justifica el presente. Los hechos son el centro de todo, pero Estados Unidos fabrica los hechos, con Trump al centro. En su momento, el propio Philip K. Dick ofreció una receta: “A veces, volverse loco es una respuesta adecuada a la realidad”.

La analogía entre el dicho y la ficción también revela una tensión de los tiempos que corren. En la serie, el mundo alternativo se sostiene sobre el miedo, la propaganda y la reescritura constante de la historia. En Davos, Trump reescribe el pasado de forma utilitaria para enviar un mensaje político actual. Sin el liderazgo estadunidense, bajo los propios términos trumpianos, el orden global estaría en riesgo.

Claramente, la frase de Trump regresa al pasado para invocar un futuro posible, casi distópico. Como en la obra de Philip K. Dick, la pregunta de fondo es quién controla el relato, el poder y la idea de libertad sin importar si se mora en lo alto de un castillo o en la Casa Blanca, al margen de hablar inglés, alemán o japonés.

 

CAJA NEGRA

Naciones Unidas puso sobre la mesa la “bancarrota hídrica global”. Así está el mundo. Hemos vivido a crédito de agua. Refiere la ONU que consumimos más agua de la que la naturaleza puede reponer. Ríos que ya no alcanzan el mar, acuíferos perforados hasta el infierno, glaciares que desaparecen y humedales convertidos en terrenos de oportunidad inmobiliaria.

Y no, no todo el planeta está seco al mismo tiempo ni de la misma manera. Pero eso no reduce la gravedad del diagnóstico. La bancarrota hídrica es una crisis de gobernanza y de prioridades. Sabíamos lo que venía y decidimos postergarlo.