En bancarrota ética

En otra oportunidad escuché o leí que en realidad todos plagiamos, lo que pasa es que hay que saber hacerlo. La única certeza, acaso, es que estamos repletos de universitarios con maestrías y doctorados incapaces de redactar tres párrafos decentes.

Apenas empecé a ver esa película de la época del cine de oro mexicano. Fue hace muchos años. Ni siquiera registré su nombre. Tampoco recuerdo a los actores, pero nunca he olvidado las escenas iniciales, es decir, el planteamiento. Un joven, aspirante a dramaturgo, creo que originario de provincia, se presenta en la casa de su admirado escritor con un manuscrito bajo el brazo, una obra de teatro para que el maestro le haga favor de examinarla. En tanto, el joven se gana unos pesos en la gran capital haciendo traducciones.

Tampoco registré la manera en que el veterano autor le informa al muchacho que su pieza no sirve. Quizás se lo mandó decir con alguien, o mediante un escueto recado. El caso es que, inexperto e incauto, al chico se le desmorona el mundo. Está convencido al fin, ni hablar, de que no está hecho para el ámbito de las letras, el clavo definitivo a la tumba de una soñada carrera. Pasa un tiempo y asiste al estreno de una puesta en escena de su aún admirado escritor sólo para descubrir, con espasmo, en cuanto se abre el telón, que la obra en cuestión es la suya. Hasta ahí me quedé. Agradeceré al atento lector si puede darme el nombre del filme en cuestión.

Los estudiosos de Shakespeare lo acusan de plagio. Los argumentos de Romeo y Julieta, entre otras piezas, son del italiano Mateo Bandello, un autor olvidado. Enterrado. Con su calidad, Shakespeare mató a Bandello. Decían los clásicos que para que haya plagio se debe cometer asesinato.

La maestra Carmen Galindo relató la ocasión en que se desveló ante la duda. La tesis de la UNAM que tenía en sus manos ya la había leído en algún lado, o al menos varios fragmentos le fueron familiares. El problema era encontrar la referencia en una biblioteca de miles y miles de volúmenes. Pero a altas horas de la noche dio con el original. Los padres de la candidata a licenciatura tenían reservado una larga mesa en algún restaurante de San Ángel, pero todo se vino abajo. Descubierto el plagio se hizo la denuncia correspondiente ante el tribunal universitario.  

En otra oportunidad escuché o leí que en realidad todos plagiamos, lo que pasa es que hay que saber hacerlo. La única certeza, acaso, es que estamos repletos de universitarios con maestrías y doctorados incapaces de redactar tres párrafos decentes. ¿Cómo le hicieron, entonces, para escribir sus respectivas tesis? Aventuro una teoría: la mayoría de los sinodales nunca lee las tesis. Nunca. Todo mundo cumple con un trámite burocrático, y ya.

¿Cuántas tesis, burdamente copiadas, habrá en todas las escuelas de estudios superiores del país? ¿Alguna escrita en 2001 para la Universidad de Guadalajara, por ejemplo, que se presentó hace tres meses en algún recinto universitario del sureste mexicano?

En el mundito editorial son famosos los ghostwriters, escritores contratados para elaborar obras por las que no reciben crédito oficial. Los círculos académicos también cuentan con sus redactores fantasma, siempre al servicio de los estudiantes flojos y con recursos.

Entre la corrupción y el engaño, México está en bancarrota ética. El 11 de abril de 1945, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana, Jaime Torres Bodet pronunció las siguientes palabras: “Se ha hablado mucho de los derechos del ciudadano, de los derechos de la mujer, de los derechos del escritor, de los derechos del joven, del técnico y del artista. Hemos ido creando, en todos los órdenes de la sociedad, una mentalidad de cobradores insatisfechos. Acontece por consecuencia que quien demanda cumple menos de lo que exige y da en servicio menos de lo que pide para servir”.

La UNAM tiene el problema más delicado en lo que va del siglo XXI. A falta de la resolución oficial, la ministra Yasmín Esquivel llevará en la frente el estigma del plagio por el resto de sus días.

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