“El dinosaurio”

Hay escritores que requieren un sinnúmero de cuartillas para poder expresarse. Con su obra, Monterroso demostró siempre ir a contracorriente.

La única vez que vi a Augusto Monterroso en persona reprobé un examen. O, más que reprobarlo, con las insólitas siglas “NA” (No aprobado) en la boleta del final de semestre, obtuve un merecidísimo “NP” (No presentado). Es decir, deserté. Aquel examen preferí no hacerlo, al estilo de Bartleby, el célebre escribiente saca de quicios de Herman Melville. El caso es que dejé para mejor ocasión el trámite burocrático que requiere la academia y me escapé a Casa Lamm, donde Monterroso presentaría alguna nueva edición de alguna antología que preparó o le prepararon. Sus presentadores se deshicieron en elogios, cosa que el celebrado autor agradeció, pero atribuyó a la amistad con ellos, y ya. Habló poquito. Casi nada. Por algo, pensé estúpidamente: Lo demás es silencio, título de uno de sus libros. Este 21 de diciembre, Augusto Monterroso cumpliría 100 años.

Eran mediados de los años 90 y me moría por dedicarme al periodismo. Sin embargo, en ese entonces se declaró que los textos de los diarios debían reducirse, al igual que el número de sus planas. Hay una frase al respecto, creo que de Tomás Eloy Martínez: “Los periódicos están cada vez más flacos y los periodistas cada vez más gordos”. La influencia de la gente de los departamentos de marketing empezó a penetrar con fuerza en las tomas de decisiones sobre las maneras de ofrecer la información, amén de que todos los contenidos pasarían a una cosa que se llamaba internet.

Eventualmente, ante la amenaza que suponía escribir en espacios cortos, me pareció que Augusto Monterroso, desde otra dimensión, ofrecía respuestas. Sus brevísimos cuentos, inteligentes, mordaces, me auxiliarían a enfrentar la página en blanco de la máquina de escribir y, poco después, la hoja de Word en la pantalla de la computadora. Mentira. Monterroso, de manera práctica, me resolvió muy poco en este oficio, pero me ofreció algo mucho mejor, pues su sabiduría me dotó de armas para enfrentar la vida, y acaso la muerte. Como termina uno de sus microrrelatos: “… lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”.

Por la misma época se decía que se acercaba la caída del PRI, por lo que todo mundo aprovechó para citar El dinosaurio, quizás el cuento más breve y famoso del mundo, observa Lauro Zavala, investigador y divulgador de eso que se llama “minificción”, milagro de las letras universales, pues, señala Zavala, “este texto ha suscitado una gran diversidad de aproximaciones durante los años recientes, ya sea como ‘motivo literario’ o bien como ‘motivo de estudio’, e incluso como ‘motivo de reflexión política’. En este último sentido, la imagen del dinosaurio ha sido identificada en México con ese personaje indiferente y calculador que todos conocemos en la vida cotidiana, que vive del tráfico de influencias y que es una herencia de la cultura política más antigua y primitiva”.

Así, un montón de caricaturistas se inspiraron en este cuento, que tiene solamente siete palabras, para fustigar al partido que por más de siete décadas tuvo el monopolio del poder en nuestro país:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

José de la Colina le hizo un homenaje con La culta dama, incluido en su Tren de historias (1998):

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado El dinosaurio.

— ¡Ah, es una delicia! —me respondió—, ya estoy leyéndolo.

Hay escritores que requieren un sinnúmero de cuartillas para poder expresarse. Con su obra, Monterroso demostró siempre ir a contracorriente. Por donde se vea, ser breve requiere de mayor esfuerzo y, sobre todo, talento. La brevedad en la literatura es cosa de orfebres que, de manera cíclica, construyen con su imaginación mundos, o fragmentos de mundos pulcramente repartidos en pocas líneas. Augusto Monterroso, sugirió Carlos Fuentes, es el bestiario de Borges tomando el té con Alicia.

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