Árboles y cables en la CDMX
Cualquier ciudadano puede solicitar a su alcaldía la poda o el derribo de árboles. Algunos representan un riesgo por su cercanía a las líneas eléctricas, pero no siempre los cables que invaden el panorama de esta ciudad son de luz.
El hombre quita lo que la naturaleza da. Esa historia es tan vieja como el mundo, pero en el último medio siglo se ha tornado dramática. Los árboles son un ejemplo. Hay que sembrarlos, tardan en crecer y, eventualmente, requieren cuidado. A lo largo de los siglos la humanidad se ha beneficiado de los bosques, pero debido a su sobreexplotación fue necesario crear leyes y declaratorias para su protección. Más recientemente, la importancia de los bosques se puso en la mesa de discusión para combatir del cambio climático. No por nada las reservas forestales se reconocen como claves para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sustentable de Naciones Unidas, un conjunto de objetivos globales (erradicar la pobreza y proteger al planeta, entre otros) adoptados hace poco más de un lustro (https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sos...).
Especialmente en las grandes urbes, como la Ciudad de México y su colindancia con municipios de otras entidades, el lugar común es deshacerse de los árboles por cuestiones de ampliación urbana. El grueso de la población vive en edificios de departamentos o en pequeñas casas de interés social, pero en la capital de nuestro país nunca se optó por desarrollar parques más o menos a la par que se hacía la mezcla de cemento. Así, los árboles fueron eliminados de las nacientes colonias o nunca los plantaron.
Además, alzar vivienda es un negocio muy jugoso para constructoras y funcionarios de paso que se llevan buenas tajadas. Y también da votos. Si un candidato a elección popular ofreciera áreas verdes para su comunidad, obtendría el efecto contrario: ingresos casi nulos y el riesgo de lanzar por la borda su carrera política.
Cualquier ciudadano puede solicitar a su alcaldía la poda o el derribo de árboles. Algunos representan un riesgo por su cercanía a las líneas eléctricas, pero no siempre los cables que invaden el panorama de esta ciudad son de luz. Haga el siguiente ejercicio: ubíquese en una calle cualquiera, alce la vista y verá telarañas de cables haciendo cruces con ramas y aceras de enfrente.
Kilómetros de esos cables están en desuso. Son pura basura visual. Sencillamente, cuando se da por concluido un servicio de televisión por cable, los técnicos recogen los aparatos utilizados, nunca los cables, y muchas veces ni las antenas. Lo mismo con las compañías de telefonía o internet. No obstante, las alcaldías tienen personal para retirar cables colgados o plantar árboles en las banquetas, entre más de cien servicios. Sin embargo, hay que realizar un trámite burocrático y esperar pacientemente a que haya respuesta y recursos.
Ahora, haga un segundo ejercicio: ubíquese en Madero y Eje Central y levante la vista en dirección al Zócalo. No verá cables. Fueron retirados con las remodelaciones de años recientes del Centro Histórico, lo que hace posible apreciar a cabalidad su arquitectura colonial. ¿Por qué no hacer eso en las calles? ¿Por qué no generar un programa a largo plazo en las alcaldías? Porque el precio es muy alto, ciertamente. Los dineros disponibles se utilizan en otros rubros.
Sin embargo, vecinos podrían retirar todo el cablerío inservible y llevarlo a centros de reciclaje. En muchas ocasiones, las autoridades actúan cuando están cerca de entregar su administración. Y hay que empezar de nuevo. Cuando se demuele un edificio viejo con la intención de levantar uno nuevo y moderno se tumban árboles, pero se dejan los cables. La cosa empeora cuando, en medio de la demolición, a la obra le colocan sellos de “suspensión de actividades”, por lo que los vecinos se quedan largos meses con la maraña, los escombros y el riesgo de que alguna pared se venga abajo.
