Amor y amistad
Nuestros representantes populares reflejan como nadie la ambivalencia del amor hacia la patria. Van a consulta médica a hospitales privados, no al ISSSTE o al Seguro Social, y sus hijos asisten a colegios en lugar de escuelas públicas
Nos sucede a todos. Tenemos muchos conocidos, quizás demasiados, pero por razones prácticas decimos que son “amigos”. Pero no, no lo son. Sencillamente hay relaciones que, en algunos casos, nos facilitan la existencia. Que si un trámite, que si un dato o guía para completar un informe o proceso, que si ayuda con una tarea X, que si un trato preferencial de vez en cuando. Sin embargo, cuando las cosas se ponen color de hormiga esos “amigos” se esfuman.
En el trajín diario están los compañeros, algunos con voluntad desesperantemente burocrática, pero hasta ahí. En una de las novelas de la saga Millennium, del sueco Stieg Larsson, un veterano espía se ve obligado a visitar la casa de un viejo colega, donde nunca había puesto un pie. Lo recibe una señora de mediana edad, que les sirve café: “No sabía que tuvieras una hija”. Los amigos verdaderos, dice un viejo refrán, se conocen en las cárceles y en los hospitales.
Pongamos por caso el reciente affaire de Cuauhtémoc Cárdenas, que pronto se deslindó de Mexicolectivo, el grupo de notables políticos y académicos que pretende “aglutinar ideas y puntos de vista diversos” con miras a “encontrar soluciones a los problemas del país”, es decir, el discurso clásico de la centroizquierda (nadie puede negar que el marxismo es un manantial latente). Esos “amigos” del ingeniero Cárdenas que toda la vida se han distanciado de él, y que en 1988 lo tildaron de “loco”, tienen razones para sentirse decepcionados. Eventualmente se discutió más el desmarque del llamado “líder moral de la izquierda” que de Mexicolectivo.
Ya en cuestiones relevantes, las políticas de Estado estaban muy claras para Henry Kissinger: “Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes en el mundo, sólo intereses”, y en el aspecto personal, los funcionarios de antaño lo repetían con sorna: “Amistad que no se refleja en la nómina, no es amistad”.
Hablar de amor es más complicado. Si comenzamos con que Caín mató a su hermano Abel, advertimos que la fraternidad es cosa distinta a lo que se supone debe ser. En su Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora observa que con la aparición del cristianismo, el amor cobró renovada importancia: “San Agustín considera con frecuencia a la caridad como un amor personal (divino y humano). La caridad siempre es buena, en cambio el amor puede ser bueno o malo según sea respectivamente amor al bien o amor al mal”. El amor a la Virgen de Guadalupe, supongo, está bien. El que se le rinde a la Santa Muerte, estoy seguro, mala cosa es.
El amor por un país es de lo más abstracto. “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”, dijo, famosamente, John F. Kennedy. Algún anarcosindicalista intervino la frase de acuerdo con su circunstancia: “Pregúntate qué puedes hacer por tu país, a pesar de tu país”. Nuestros representantes populares reflejan como nadie la ambivalencia del amor hacia la patria. Van a consulta médica a hospitales privados, no al ISSSTE o al Seguro Social, y sus hijos asisten a colegios en lugar de escuelas públicas. Pertenecen a un sistema que aseguran amar incondicionalmente, pero al mismo tiempo repelen aspectos de ese sistema.
Hay, asimismo, pasiones incurables. Eduardo Galeano decía que se puede cambiar de pareja sentimental, de religión, de partido político, de sexo, pero nunca de un equipo de futbol. Una vez elegida la escuadra correcta, ese amor es para siempre, aunque se pasen temporadas en el infierno.
El amor existe gracias a las endorfinas.
Feliz 14 de febrero.
