Alito Moreno: es buen momento para morir
El PRI se aferra entre una revoltura de colores y posturas que difícilmente generará una plataforma atendible para el elector.
Cada final tiene su hora, pero también, a manera de predicción, su discusión previa. Sobre el fin de las cosas hay cualquier cantidad de teorías plasmadas a través de ríos de tinta ya en publicaciones periódicas o tesis universitarias, además de los libros disponibles a lo largo de las décadas.
En su día, se pensó, la fotografía sustituiría a la pintura. Sin embargo, la inmediatez de las imágenes producidas por el novedoso aparato no dio al traste el trabajo de retratistas y paisajistas. Acaso, sin que nadie lo advirtiera, orientó el arte plástico hacia nuevos rumbos. El cine, asimismo, habría de acabar con las funciones de teatro, pero éste permanece, pese a crisis financieras o de talentos.
Cosa similar ocurre con los discos. El streaming no terminó con su producción, como se decía, y no se ve en el horizonte el hasta aquí de los coleccionistas, sino que éstos, verdaderos apasionados, sumaron, a través de sus dispositivos, a un aliado. Lejos estamos, asimismo, de ver la producción del último libro. La humanidad publica un libro cada medio minuto por una razón muy sencilla: se escribe muchísimo más de lo que se lee.
Me topé, por suerte, con el siguiente dato publicado en The Detroit News: El 28 de marzo de 1931, el músico James Francis Cooke, editor de la revista The Etude, pronosticó que el jazz estaba cerca de su final debido a su monotonía. “Hay una delgada línea de melodía en él bajo la cual está el bum, bum, bum de la selva africana. Pero, debido a su nauseabunda carencia de variedad, el público empieza a darle la espalda, no sólo aquí, sino también en Europa”.
Sin embargo, hay pronósticos bien intencionados que fallan. La muerte de Hitler y el fin de la Segunda Guerra Mundial suponía el fin del nazismo, pero esa ideología ha inspirado movimientos en varios puntos del panorama político del planeta.
La noche del 2 de julio de 2000, con los datos preliminares del Instituto Federal Electoral (IFE), Cuauhtémoc Cárdenas mostró una larga sonrisa. El hombre había perdido por tercera ocasión las elecciones a la Presidencia de la República y, sin embargo, no cabía de felicidad. La victoria de Vicente Fox, el candidato del PAN, logró sacar al PRI del poder que ostentó, a cualquier precio, por 70 años. De ahí el estado de ánimo del ingeniero Cárdenas.
Al calor de los acontecimientos, los expertos en ese entonces se apresuraron a divulgar su deseo, más que su análisis, sobre el fin del PRI. Mi queridísimo Gilberto Rincón Gallardo advirtió que ese final se antojaba lejano dada la repartición de las cámaras de representantes y las gubernaturas, muchas en manos del tricolor. En 2012, Enrique Peña Nieto formalizó el retorno de un “nuevo PRI”, pero lo que vemos hoy en día es radicalmente distinto. Inmerso en una alianza opositora que suelta torpes discursos, el PRI se aferra entre una revoltura de colores y posturas que difícilmente generará una plataforma atendible para el elector.
Pero los recientes affaires de Alito Moreno preceden su fama y aparentemente cavan la tumba del nonagenario partido político. Resulta imposible esperar menos de un personaje público de esa calaña, que saca el cobre cada vez que abre la boca.
Con sólo cuatro gubernaturas ya, y el riesgo de perder la mitad el siguiente año, además de una imparable sangría de sus afiliados, quizás en el PRI advierten que es buen momento para morir. Desde hace años, sus oficinas nacionales de Insurgentes Norte son un páramo. Alito Moreno carga los largos clavos de la tumba del PRI, una institución surgida para dejar de echar balazos. Es un sarcasmo que en su posible final esté la propuesta de Alito de armar a los ciudadanos.
