Adaptados a la anomalía

En la práctica, lo que debería ser alarmante, escandaloso, urgente, intolerable, hoy, aquí, en México, se considera “inevitable”. Las crisis (así, en plural) existen, pero ya no arden lo suficiente como para sacudirnos de nuestra modorra informativa y emocional.

Pasear por las calles de Culiacán y escuchar la noticia de un ataque armado ya no conmueve. Los dos diputados locales de Movimiento Ciudadano baleados en pleno centro de la ciudad es un episodio que se suma a la larga secuencia de violencia que ha convertido a la capital sinaloense en un referente de inseguridad.

Observar a militares en Sinaloa o civiles con armas largas y radios satelitales de comunicación es una postal, un lugar común. A nadie le extraña. Eso es tan cotidiano como antes lo era ver al cartero, un rostro familiar de calles y vecindarios. “Ahí va el que reparte la correspondencia”, se decía. “¡Aguas con ése!”, se advierte hoy,

Y también en Sinaloa, el 23 de enero, un grupo armado secuestró a 10 ingenieros en Concordia, obligando a la suspensión de operaciones de una empresa con inversiones de millones de dólares. El crimen no mide ni teme a las instituciones públicas, incapaces de garantizar algo tan básico como orden y seguridad.

Pero nada. La vida sigue para los que tienen la fortuna de contar el día a día. ¿Cuánta información circula sobre cifras oficiales que “bajan” o “suben” homicidios? ¿Cuántas notas rebotan estadísticas que nadie termina de “sentir”? La fusión entre datos expuestos en comunicados de prensa y experiencias propias se diluye, dependiendo de la gravedad de cada caso. Pero hay más: la crisis de violencia se manifiesta al paralelo de la social, de la ambiental y, por supuesto, de la política.

Un ejemplo cotidiano es el agua. En el Valle de México, la disponibilidad del “vital líquido” (como dicen mis colegas periodistas) ha caído de 191 metros cúbicos por habitante en 2005 a 139 en 2025. Puede que el sistema Cutzamala opere en este inicio de año con un almacenamiento superior a 88%, su mejor nivel en varios años, pero nada garantiza que dentro de poco tiempo caiga en una nueva tendencia crítica.

Y mientras tanto, más de la mitad de los hogares urbanos mexicanos no tiene acceso constante al suministro de agua potable. La sobreexplotación, la infraestructura obsoleta y la falta de inversión profunda son problemáticas pendientes para un Estado que, precisamente, destacó que el agua es un derecho humano.

El problema, en todo caso, es cuando la realidad cotidiana se convierte en rutina. El cuerpo y la mente se adaptan a la anomalía. Ya no nos dice gran cosa la noticia de un secuestro masivo, la falta de agua o el desplazamiento forzado que empuja a decenas de miles a abandonar sus hogares por la violencia. De acuerdo con el Observatorio de Desplazamiento Interno, en 2024 más de 26 mil personas salieron de sus comunidades obligadas por la inseguridad.

En la práctica, lo que debería ser alarmante, escandaloso, urgente, intolerable, hoy, aquí, en México, se considera “inevitable”. Las crisis (así, en plural) existen, pero ya no arden lo suficiente como para sacudirnos de nuestra modorra informativa y emocional. ¿Qué se necesita para que nos duela de verdad, dado que hace tiempo se habla de miles de homicidios al año? ¿O acaso ya nos hemos resignado a la idea de que México está destinado a ese matiz de agresión habitual?

En todo este escenario, vale preguntarse si vivimos en una nación que soporta las crisis o en una que ha aprendido a no sentirlas.

CAJA NEGRA

Los gobiernos, para su estabilidad, requieren de la recaudación fiscal en el ejercicio de la acción pública. Ya en el primer cuarto del siglo XXI estamos ante un paradigma. Lo mencionó, en 1789, Benjamin Franklin: “Nada es seguro, excepto la muerte y los impuestos”.