Momentos decisivos

Marcelo Ebrard abrió una ruta para descalificar la encuesta amañada desde su diseño y no aceptar los resultados. La duda es hasta dónde llegará el pataleo y qué le ofrecerán para asumir su derrota

Estamos por presenciar la definición de la candidatura presidencial en los dos bloques que disputarán la conducción del país. Aunque se trata de procesos muy distintos, la competencia ha subido de tono en ambos y, junto con ello, crecido los márgenes de incertidumbre. El resultado y la forma en cómo se resuelvan impactarán de manera directa y relevante, quizá decisiva, en la sucesión.

En el bando oficialista, Marcelo Ebrard denunció operación de Estado a favor de Claudia Sheinbaum y presionó con éxito para que la empresa de análisis demoscópico que propuso sea una de las que maquilen la medición diseñada por la comisión de encuestas de su partido. Está jugando sus últimas cartas para tratar de subvertir lo que ha sido la crónica de un destape anunciado.

La utilización facciosa y electoral de los programas sociales ha sido señalada y documentada de manera insistente desde el inicio del sexenio, pero adquiere otro cariz cuando la acusación la hace el excanciller de la presente administración y una de las corcholatas que aspira ser postulada por Morena. Aunque no lo diga explícitamente y la denuncia vaya dirigida contra una dependencia en específico, el subtexto apunta hacia el dueño del dedo destapador, quien, por lo mismo, negó categóricamente los hechos denunciados y defendió sin ambages el procedimiento que él mismo estableció, confirmando lo que ya sabíamos: no hay más arbitraje que el suyo y, si los dados están cargados a favor de Sheinbaum, es con su conocimiento y aval.

Ebrard abrió una ruta para descalificar la encuesta amañada desde su diseño y no aceptar los resultados. La duda es hasta dónde llegará el pataleo y qué le ofrecerán para asumir su derrota. Se ve difícil que haya rompimiento y, además, la pretensión de instalar un maximato requiere de acotar a quien ocupe la Presidencia; fortalecer al rival interno contribuiría a ello, por lo que la compensación podría ser del tamaño del berrinche pactado.

En la trinchera de enfrente, el panorama se complicó por su propio éxito. La audacia de establecer un mecanismo democrático que contraste con el dedazo oficial logró de inmediato establecer agenda y narrativa, quitándosela a Palacio Nacional. Por supuesto, eso también se logró porque coincidió con la irrupción proteica de Xóchitl Gálvez, quien generó una sólida y esperanzadora expectativa de triunfo opositor en 2024. Sin embargo, ella no tiene asegurada la candidatura, pues ésta se decidirá en una consulta a los ciudadanos que se registraron en el padrón y que acudan al centro de votación que les corresponde el próximo 3 de septiembre.

Los electores, en su inmensa mayoría, deberán desplazarse, en virtud de que sólo habrá 600 centros de votación, dos por distrito, con cinco casillas cada uno. Por ello, las estructuras partidarias tienen notorias ventajas para movilizar a quienes inscribieron respecto de los ciudadanos que lo hicieron por su cuenta, mismos que deben saber que la firma que le otorgaron a un aspirante para pasar a la siguiente etapa no cuenta como voto y estar informados de la fecha del ejercicio y del lugar al que deben acudir para sufragar.

La democracia implica cumplir las reglas y nadie debe enojarse porque los competidores y sus redes de apoyo se esfuercen en ganar. Es obligado cerrar filas con la aspirante que salga victoriosa, pero eso no implica engañarse con la especie de que cualquiera tendría las mismas posibilidades de triunfo. La trayectoria y capacidad de Beatriz Paredes están fuera de toda duda, es una mujer que ha abierto brecha y da confianza, pero las mejores condiciones para vencer a la virtual candidata del régimen en una elección de Estado hoy las tiene otra mujer con innegables merecimientos y que responde al nombre de Xóchitl. Sería absurdo negar el fenómeno social que ha significado su irrupción y, peor aún, desperdiciarlo.

Pero eso se va a dirimir en las urnas y los ciudadanos deben acudir masivamente para que su opinión prevalezca. En ese sentido, resaltaría la decisión de Santiago Creel, digna del estadista que es, de declinar su aspiración presidencial para no dividir los votos del espectro que representa y que la contienda quede entre las dos brillantes senadoras.

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