Corredores de innovación

London eye

London eye

Susannah Goshko*

Durante años, se ha alimentado la misma creencia sobre el origen de Silicon Valley: un individuo solitario creando la próxima innovación tecnológica desde una cochera con sólo pasión y café.

Esa historia convirtió a Silicon Valley casi en un lugar mágico donde basta una buena idea y determinación para cambiar al mundo. Y bajo esa narrativa, muchos países comenzaron a preguntarse, casi automáticamente, ¿quién será el próximo Silicon Valley?

Pero quizá sea momento de cambiar la pregunta. La innovación rara vez sucede en aislamiento. Nace de comunidades e instituciones que se atreven a experimentar, de redes que mezclan talento, capital e infraestructura… y, sobre todo, de colaboración genuina.

Entonces valdría la pena preguntarnos algo distinto: ¿cómo le damos vida a grandes polos tecnológicos donde académicos, emprendedores e inversionistas convivan y creen de forma natural? Y aún más, ¿cómo adoptamos nuevas tecnologías sin quedarnos atrapados en la teoría o la burocracia?

En el Reino Unido estamos viviendo un momento interesante. Se ha identificado que las mayores oportunidades de crecimiento económico –una de las misiones principales del gobierno británico– provendrán de la innovación, la IA y el desarrollo regional, entre otras.

Por eso, no es casualidad el impulso que se le está dando al corredor Cambridge-Oxford. Con su larga tradición como motor científico y tecnológico y, gracias a una combinación peculiar –universidades de clase mundial, infraestructura renovada y un nuevo compromiso de inversión pública de hasta 800 millones de libras–, se está armando un rompecabezas que generará mayor bienestar.

Se trata de una apuesta ambiciosa: convertir una región entera en un espacio donde las ideas viajan y comunidades trabajan en conjunto. Un ecosistema donde un investigador de Oxford conversa con un emprendedor de Londres y que, a su vez, colabora con un ingeniero de Cambridge. Esa conversación continua es lo que hace posible la innovación sostenida.

México también ha estado construyendo sus propios ecosistemas, con una identidad única. Uno de los ejemplos más claros es Jalisco, que hoy se consolida como un nodo tecnológico en el país y en América Latina.

Jalisco combina talento altamente especializado, parques tecnológicos, instituciones educativas, política pública enfocada –con iniciativas como Jalisco Tech Hub Act– y un modelo de colaboración constante entre academia, sector privado y gobierno. Esta mezcla le ha permitido no sólo atraer inversión, sino convertirse en un referente de innovación aplicado a la vida real.

Y no es el único estado. En otras partes de México se han desarrollado clústeres en manufactura avanzada, aeroespacial, automotriz y semiconductores, que hoy impulsan cadenas de valor completas, generan especialistas y permiten que ideas locales se conviertan en soluciones globales. Estos ecosistemas muestran que la innovación mexicana avanza con personalidad propia.

El Reino Unido y México ya comparten más de lo que pensamos: universidades que quieren innovar, emprendedores inquietos, sectores industriales complementarios y, sobre todo, la convicción de que podemos convertir las ideas en una realidad.

Imaginemos por un momento a un estudiante de Guadalajara trabajando junto con un equipo de Cambridge en modelos de IA para la industria manufacturera. O emprendedores mexicanos explorando oportunidades dentro de uno de los corredores de innovación británicos. ¿Qué tecnologías podrían generarse? ¿Qué soluciones podrían nacer de esa mezcla de nuestras comunidades creativas?

Las grandes innovaciones prosperan cuando dialogan, se escuchan y se complementan. Es ahí donde hay una verdadera oportunidad para el Reino Unido y México.  Y ustedes, ¿dónde ven los próximos puentes entre nuestros países?

Les leo en los comentarios y en redes sociales, en X e Instagram, en @SusannahGoshko y @UKinMexico.

 *Embajadora del Reino Unido en México