Por Pau Messeguer Gally / Economista en jefe de Multiva
El conflicto bélico en Irán, por sus características, tiene el potencial de generar afectaciones que van mucho más allá de un episodio adicional de incertidumbre, como los que hemos visto en otros frentes de tensión internacional gestados desde la Casa Blanca. En este caso, los riesgos alcanzan dimensiones más profundas: inflación, disponibilidad de energéticos, abasto de materias primas y mercancías, y, en general, el funcionamiento de las cadenas globales de producción. No es una preocupación aislada. Distintos bancos centrales alrededor del mundo, así como organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, han advertido que un deterioro geopolítico de esta naturaleza puede convertirse rápidamente en un choque económico de alcance global.
México no estará exento de estas posibles consecuencias. Se trata de una economía con vínculos especialmente estrechos con el exterior: la suma de exportaciones e importaciones representa más de tres cuartas partes del PIB. Por ello, el entorno para 2026 luce hoy menos cómodo de lo que anticipábamos hace apenas unas semanas. Esto no significa necesariamente que veamos una desaceleración severa o una recesión en el país, pero sí un escenario con mayores fricciones para alcanzar el crecimiento de 1.3% que estimamos en Multiva para el cierre del año.
Además, aun dejando de lado el efecto potencial de la guerra, algunos indicadores ya sugerían una economía con menos tracción respecto al cierre de 2025. Conviene recordar que, en el cuarto trimestre del año pasado, el PIB sorprendió positivamente al crecer 0.9% respecto al trimestre previo. Sin embargo, el arranque de 2026 ha sido menos alentador. De acuerdo con los datos del IGAE publicados la semana pasada, la actividad económica cayó 0.9% en enero. No se trata de una contracción completamente fuera de rango, pero sí de una magnitud mayor a la anticipada.
En materia de inflación, el panorama también se ha vuelto más retador. Durante varios meses, los componentes más volátiles ayudaron a contener la cifra general. Aunque la inflación no subyacente se ha ubicado por 10 meses por encima de 4%, el índice general todavía lograba mantenerse dentro del rango de variabilidad del Banco de México gracias a que algunos precios volátiles mostraban variaciones inusualmente bajas. Esa especie de alivio temporal, sin embargo, se desvaneció desde finales de febrero.
Lo que vimos fue un repunte importante en los precios agropecuarios, con el jitomate como uno de los principales protagonistas, lo que llevó a la inflación general anual a 4.63%. Se trata de una aceleración relevante frente al 4.02% observado en la medición anterior. Y conviene subrayarlo: este deterioro ocurrió todavía sin incorporar plenamente el posible choque que el conflicto en Irán podría transmitir a través de los energéticos, los costos logísticos o disponibilidad de fertilizantes.
En este contexto, sorprende que el Banco de México haya optado por recortar la tasa de referencia en 25 puntos base, para ubicarla en 6.75%, en contraste con el tono mucho más cauteloso que han mantenido varios de los principales bancos centrales del mundo. Es cierto que un movimiento de esa magnitud no altera de forma radical los efectos de la política monetaria. Pero el problema no está sólo en el efecto cuantitativo de la decisión, sino en la señal que envía. En un momento de mayor incertidumbre y con presiones inflacionarias renovadas, el ajuste ha sido leído por muchos como una postura desconectada del entorno. Y en política monetaria, la credibilidad también cuenta.
Aun así, México conserva algunos soportes relevantes para pensar que 2026 podría ser, pese a todo, un año más dinámico. Ahí está el impulso exportador, que todavía tiene margen; el efecto del Mundial de futbol, que puede convertirse en un estímulo adicional para varios sectores; y, sobre todo, el plan de infraestructura del gobierno, que promete reactivar construcción y financiamiento.
En suma, el entorno se complicó. No hay nada perdido, pero sí hay menos espacio para errores y más necesidad de acelerar la ejecución. El país entra a una etapa que exige lectura fina, reacción oportuna y una calibración más cuidadosa por parte de los hacedores de política, tanto del Banco de México como del Ejecutivo. Porque el problema no es sólo el conflicto en Irán. El problema es que todavía no sabemos cuánto va a durar.
