La dictadura imperfecta

La frase trascendió la polémica y se volvió lugar común para referirse al viejo régimen de las últimas siete décadas del siglo pasado. Fue acuñada por Mario Vargas Llosa en el Encuentro vuelta, coloquio internacional convocado en 1990 por la revista que fundó ...

La frase trascendió la polémica y se volvió lugar común para referirse al viejo régimen de las últimas siete décadas del siglo pasado. Fue acuñada por Mario Vargas Llosa en el Encuentro vuelta, coloquio internacional convocado en 1990 por la revista que fundó Octavio Paz para disertar sobre los acontecimientos alrededor de la caída del Muro de Berlín que prefiguraban un nuevo orden mundial tras el fin de la Guerra Fría. “México es la dictadura perfecta”, afirmó quien 20 años después obtendría el Premio Nobel de Literatura.

El escritor peruano argumentó que tal perfección consistía en la probada capacidad de simular. Una dictadura que parecía no serlo, que se disfrazaba con ropajes  para presentarse, dentro y fuera, como lo que no era. Es verdad que la intención del régimen autocrático que está naciendo es la misma, al grado de insistir, contra toda evidencia, que están instaurando una “auténtica democracia” por primera vez desde el breve periodo de Francisco I Madero. Su problema es que, a diferencia de lo que ocurría con sus antecesores previos a la alternancia, son incapaces de convencer porque los avances de la transición no se pueden negar por más propaganda falsaria que difundan para justificar el retroceso al revertirlos. Además, son malos para disimular.

Los hechos hablan por sí solos. En este sexenio se regresó al país de un solo hombre en el que la voluntad presidencial debe acatarse sin chistar, aunque sea caprichosa e irracional; resistirla con base en la ley acarreó graves consecuencias personales e institucionales. La desaparición de la independencia judicial y de los órganos autónomos que no han capturado busca quitar cualquier vestigio de contrapeso para que nadie vuelva a osar blandir la Constitución con el propósito de detener sus deseos. En eso no habría distinción con el México posrrevolucionario y su régimen de partido de Estado, pero en otras cosas relevantes sí.

El viejo PRI era autoritario, pero dialogaba con la oposición y no descartaba acordar con ella. Entendía que la pluralidad proporciona legitimidad a las decisiones y, por lo general, respetaba a sus interlocutores. No se tentaba el corazón para avasallar cuando consideraba que el camino de la negociación estaba agotado, pero no dinamitaba los puentes. Si Jesús Reyes Heroles decía que “lo que resiste apoya”, el actual grupo en el poder está convencido que lo que resiste estorba.

Que el todavía Presidente no se haya reunido con ningún dirigente opositor durante su mandato es sintomático. Claro, en los tiempos de la reforma política se buscaba abrir el sistema a la disidencia y ahora se camina en sentido contrario, al grado de pretender desaparecer a los legisladores de representación proporcional, lo cual nos llevaría a tiempos previos a los de Adolfo López Mateos, en cuyo periodo se crearon los entonces llamados “diputados de partido”.

El priato creó instituciones que apreciaba y fortalecía como sello y legado de sus gobiernos, por eso se preocupaba en nombrar perfiles adecuados que cumplieran cabalmente sus funciones. De ahí que haya tenido servidores públicos que hicieron escuela. En contraste, en la administración de López Obrador se ha dado una preocupante destrucción y degradación institucional, no sólo por la llamada austeridad republicana que aprieta el cinturón mientras los recursos se derrochan en elefantes blancos, los cargos se usan para acomodar incondicionales sin trayectoria, experiencia ni conocimientos. Baste comparar a los secretarios de Educación del siglo XX con los de este sexenio o el nivel de los debates en el Congreso, atestiguar la inocuidad de la actual CNDH o revisar los requisitos recién establecidos para ser ministro: la obediencia es lo único que hoy valoran y premian.

Los de antes cuidaban más las formas y ocultaban mejor su doble moral, estos son rupestres y cínicos. Pero la diferencia cualitativa más importante es la militarización que se extiende a los más diversos ámbitos civiles. No tiene que ver con la seguridad o la eficiencia, es para hacer de la milicia un pilar del nuevo régimen autoritario que, para hacerse de todo el poder, se desentiende de las consecuencias. La tiranía camina desnuda.

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