La burbuja

Seguirán recurriendo al ya muy manoseado expediente de culpar a los gobiernos anteriores de la situación y la liga de la esperanza llega a estirarse hasta extremos insospechados, cuando las ganas de creer se confunden con la fe y tienen todos los instrumentos del poder.

Las percepciones son volubles, efímeras y engañosas. Los sentidos mienten, las emociones predisponen, el deseo suele enemistarse con la objetividad. No descubro el hilo negro, tales saberes han inspirado a la filosofía desde su nacimiento y se siguen cometiendo los mismos errores. Encumbran a la popularidad como si fuera corpórea y definitiva, como si tenerla fuera el objetivo primordial del gobernante y en eso consistiera la única evaluación válida de su gestión, la última palabra de la historia. Eso es vivir en un espejismo.

La propaganda ayuda a afianzar el simulacro, pero tiene límites a sus alcances y no se diga en la temporalidad. Hay cosas que caen por su propio peso y van a cimbrar el piso, aunque algunos tarden en enterarse. Apuestan a que la realidad acabará por parecerse a lo que dicen, pero puede suceder lo contrario, que los hechos y los dichos se separen tanto que la ficción se vuelva insostenible, incluso para quienes estaban más convencidos. Hacia allá se dirige el país.

Seguirán recurriendo al ya muy manoseado expediente de culpar a los gobiernos anteriores de la situación y es verdad que la liga de la esperanza llega a estirarse hasta extremos insospechados, cuando las ganas de creer se confunden con la fe y tienen todos los instrumentos del poder para difundir y machacar su relato. Pero lo que está demostrado que no pueden hacer es resolver los problemas y evitar que se agraven. En el cielo se vislumbra la tormenta perfecta y los nubarrones no dejan de agolparse.

La empinada cuesta de enero tras la inflación más alta en dos décadas es sólo el prolegómeno de un año complicado en el que se seguirá jugando con el fuego de la polarización atizado desde el poder. La pandemia no se ha ido, la cuarta ola volvió a exhibir a las autoridades sanitarias que, incapaces de aprender hasta de la experiencia propia, la vuelven a minimizar y, para tratar de tapar el sol con un dedo, llaman a no hacerse pruebas.

Queda para el registro que, en los momentos de mayor contagio y tras dos años de lidiar con el virus, el Presidente insiste en no usar cubrebocas, ni siquiera en el espacio cerrado de sus conferencias mañaneras, aún cuando debiera aislarse por haber convivido con personas enfermas y padecer síntomas. Algunos pensarán que rehusarse a poner el ejemplo y exponer a otras personas es algo secundario, aunque se trate del titular del Ejecutivo, pero no así el desabasto de medicinas que persiste o la situación de zozobra de más de 15 millones de personas que se quedaron sin servicio médico al desaparecer el Seguro Popular.

La violencia criminal no da tregua y el poder homicida de los cárteles se verifica todos los días, haciendo patente que controlan importantes zonas del territorio nacional. La creciente militarización del país no ha servido para traer tranquilidad a poblaciones que viven en la incertidumbre, pero sí para fortalecer el poder económico, político y fáctico de las Fuerzas Armadas, en detrimento del civilismo, indispensable para la democracia.

En las elecciones de 2021 se documentó la participación electoral del narco asesinando candidatos, amedrentándolos y operando el día de la elección, fundamentalmente, a favor del partido del gobierno. Habrá seis elecciones a gobernador y el tema no se ha abordado como asunto de Estado para evitar que vuelva a suceder.

La economía apenas ha recuperado poco más de la mitad de lo que perdió en 2020 y el nivel de inversión es el más bajo del siglo. Lo peor es que no hay plan para afrontar la contingencia y la real preocupación de López Obrador es operar la sucesión a favor de su delfín. El poder es su proyecto y todo se subordina a ello. Por eso, de cara a la consulta de revocación que sólo él y sus adeptos quieren, se va a ahondar la división en la sociedad con su campaña polarizante y arreciarán los ataques contra el INE con la finalidad de apoderarse del órgano electoral para la elección presidencial. El diálogo con la oposición parece condenado a ser otra simulación.

El problema para el Presidente es que la burbuja en la que vive, acicateada por la engañosa popularidad, puede pincharse en cualquier momento.

Temas: