¿Y si sí?

Hay frases que logran capturar el ánimo de un país. No porque sean profundas desde el punto de vista lingüístico, sino porque expresan una manera distinta de mirar la realidad. En las últimas semanas y en medio del Mundial que se celebra en nuestro país, una de ellas ha comenzado a repetirse con fuerza entre los aficionados mexicanos: “¿Y si sí?”.

A primera vista, parece una expresión más del entusiasmo deportivo. Pero quizá encierra algo mucho más interesante. Durante años, buena parte de nuestra conversación pública ha estado marcada por el escepticismo. Antes incluso de comenzar un proyecto, solemos anticipar por qué no funcionará. Antes de intentar algo nuevo, enumeramos las razones por las que fracasará. Nos hemos acostumbrado a pensar que la prudencia consiste en moderar cualquier expectativa.

Por eso resulta llamativo que una simple pregunta haya logrado despertar en tantas personas una actitud distinta. La pregunta por sí misma no promete resultados extraordinarios, pero sí pretende dejar abierta una posibilidad, la esperanza de lograr, de triunfar. Las naciones también viven de la historia que se cuentan sobre sí mismas y ese fenómeno no sólo se manifiesta en el lenguaje, si no también en la cosmovisión de su gente. 

Cuando una sociedad pierde la confianza en sus propias capacidades, esa desconfianza termina reflejándose en todos los ámbitos de la vida pública: en sus instituciones, en sus empresas, en sus universidades y, sobre todo, en las decisiones cotidianas de millones de personas. La esperanza colectiva no sustituye al trabajo, pero sí determina si estamos dispuestos a emprenderlo. Ningún proyecto común puede sostenerse cuando una sociedad deja de creer que vale la pena intentarlo.

Quizá por eso el Mundial representa mucho más que una competencia deportiva. Es una oportunidad excepcional para volver a mirarnos desde aquello que somos capaces de ofrecer al mundo. Durante estas semanas, millones de personas dirigirán su atención hacia México. Conocerán nuestras ciudades, nuestras tradiciones, nuestra cultura y la hospitalidad que nos distingue. Pero, al mismo tiempo, nosotros tendremos la oportunidad de redescubrirnos.

Con frecuencia hablamos de los grandes desafíos nacionales: la seguridad, la desigualdad, la polarización o el crecimiento económico. Son problemas reales que no pueden ignorarse. Sin embargo, existe otro desafío menos visible, aunque igualmente decisivo: la dificultad para imaginar un futuro compartido. Las sociedades también necesitan motivos para confiar, para reconocerse unas a otras y para recordar que es posible trabajar juntos, celebrar juntos y construir juntos.

En ese sentido, el Mundial deja una lección que trasciende el deporte. No porque un torneo vaya a resolver nuestros problemas, sino porque nos recuerda que una comunidad también se fortalece cuando encuentra razones para ilusionarse colectivamente. La esperanza no consiste en negar la realidad ni en ignorar sus dificultades. Consiste en negarse a creer que la realidad está condenada a permanecer exactamente igual. Es la convicción de que el futuro también depende de lo que decidamos hacer hoy.

Por eso, el “¿y si sí?” puede convertirse en algo más que un lema futbolístico. Puede ser una invitación a preguntarnos qué ocurriría si, como país, recuperáramos un poco más de confianza en nuestras capacidades; si fuéramos capaces de imaginar el mejor escenario y de trabajar juntos para hacerlo posible.

¿Y si sí pudiéramos construir instituciones más sólidas? ¿Y si sí lográramos formar generaciones mejor preparadas? ¿Y si sí fuéramos capaces de dialogar con quienes piensan distinto? ¿Y si sí recuperáramos la convicción de que el bien común merece nuestro esfuerzo?

La historia de México ofrece suficientes razones para el realismo, pero también muchas para la esperanza. Somos un país que ha sabido levantarse después de terremotos, crisis económicas, pandemias y profundas divisiones. Nuestra mayor fortaleza nunca ha sido la ausencia de dificultades, sino la capacidad de volver a empezar. Tal vez esa sea la verdadera oportunidad que nos brinda este Mundial.

No demostrar que somos un país perfecto, porque no lo somos. Tampoco ocultar nuestras heridas. Sino recordar que la identidad de una nación también se construye a partir de la confianza que deposita en su propio futuro.

Porque hay momentos en los que una pregunta vale más que una certeza.Y quizá, en este momento de nuestra historia, México necesita hacerse una más que cualquier otra: “¿Y si sí?”.