Lo más revelador del episodio del retiro de la visa estadunidense a Andy López Beltrán no tiene que ver con el personaje ni con su papacito ni con la estrategia de bombas de profundidad administradas con cierta dosis de sadismo por el Departamento de Estado o alguna de las agencias de seguridad que actúan con autonomía. Tampoco tiene gran relevancia el que Morena y su gobierno se victimicen y se sientan en el ojo del huracán.
Parece muy obvio pero no lo es. El retiro de la visa, ¿tendría el efecto profundo que ha provocado desde el episodio de Marina del Pilar, si no fuera porque el hecho de contar con ella se ha convertido en algo muy bien apreciado por las y los mexicanos? A pesar de que sigue siendo una minoría la que viaja al extranjero, la visa estadunidense se ha convertido en una especie de carta de buena conducta. Vários países, Canadá por ejemplo, facilita la emisión de su visa si el solicitante cuenta con el documento norteamericano. Aunque 64 por ciento de mexicanas y mexicanos declaran no haber cruzado nuestras fronteras nunca, el internet ha roto las fronteras físicas y permitido que millones conozcan otras realidades. La revolución en el entretenimiento con millones suscritos a plataformas internacionales ha ampliado el concepto de “viaje”. Las redes sociales facilitan el contacto con personas de otros países. Lo que durante mi generación llamábamos “penpals”, amigos vía carta, ahora apenas si requiere un clic.
La idea del “excepcionalisimo mexicano”, aquella que permitía que el gobierno en turno hiciera fraude electoral, cerrara las fronteras físicas y diplomáticas de México a la inspección de instituciones extranjeras y otras barbaridades más, se ha hecho añicos, aunque el gobierno actual lo quiera revivir.
Nuestra identidad, de profundo nacionalismo como resultado de los hechos trágicos –pérdida de la mitad del territorio, tres invasiones– derivados de la vecindad con la superpotencia y del cultivo por parte del Estado de una identidad de víctima valiente, pero al fin víctima, ha venido evolucionando, como lo documentan diversas encuestas. Para 1988, sólo 37 por ciento de mexicanos tenía una opinión favorable a los Estados Unidos. Para 1991, hubo un salto al 52 por ciento de opinión favorable. Para 2021, 68 por ciento tenía una opinión favorable de EU, sólo por debajo de Canadá. Trabajos más detallados de 2006 como los de los académicos Jorge Chabat y Jorge Schiavon detectaron sentimientos ambivalentes: más resentimiento que admiración. La serie de Alejandro Moreno sobre las encuestas de valores durante 40 años encuentran que si en 2003 sólo 38 por ciento tenía confianza en el TLCAN y 57 por ciento nada de confianza, eso se revierte en 2023, con 53 y 43 por ciento. También para 2023, 88 por ciento considera positivo una mayor integración de México en Norteamérica, sin que ello implique necesariamente una “identidad norteamericana”. Por el contrario, la encuesta México y el Mundo del CIDE, encuentra una mayoritaria simpatía hacia América Latina. Se trata de una simpatía de oropel: tanto los viajes hacia el sur del continente como las inversiones son abrumadoramente menores al deseo de viajar hacia Estados Unidos, en parte porque 53 por ciento declara tener parientes allende el río Bravo. He ahí una de las razones del aprecio por la visa.
La exhibición nacional e internacional de nuestro país como uno que ha dado origen a dos de los dos cárteles de la delincuencia organizada más terribles y crueles, ha contribuido también a la desacralización de la identidad nacionalista. Difícil mantener identificación con la imagen del valiente y pequeño David frente al despiadado Goliat, cuando la violencia brutal que exhiben a diario estas organizaciones criminales causan repudio y trauma. No dudo que Morena y la Presidenta insistan en remachar el discurso soberanista pues todavía hay un residuo importante de éste entre la población. Pero dudo que tenga el efecto movilizador político y del voto que tuvo antes, cuando las fronteras físicas funcionaban, cuando era difícil comparar a México con otros países y el aislamiento reforzaba el mito de la excepcionalidad de nuestro país.
Unas palabras sobre Andy López Beltrán como el proverbial tigre de papel. El heredero resultó el mayor fiasco. La imagen del gran operador político, brazo derecho de su padre, ya se había lastimado por las evidencias de corrupción y gusto por lo caro. Pero quedaba la duda de si albergaría ideas interesantes en la cabeza. No, ninguna. La famosa carta a Trump lo mostró incapaz de redactar un escrito coherente y resultó un ejemplo descarnado de lo que en un momento se llamó “flujo de conciencia” (stream of consciousness) sólo que aqui sólo aparecieron sapos y ranas, con el perdón de los batracios. En conclusión, el episodio de la cancelación de las visas, demostró que el nacionalismo a ultranza está más bien en declive, y dos, que Andy López Beltrán es un tigre de papel… reciclado.
