Y se hizo el silencio…

Son días de un especial silencio, más interior que exterior, pues recordamos entonces, como recordamos a un ser querido, que Jesús ha muerto, y así el Viernes Santo la Iglesia celebra la muerte salvadora de Cristo.

Hace una semana en la Ciudad de México parecía que se había duplicado el número de autos y personas. El jueves y el viernes los supermercados, el aeropuerto, las avenidas y las carreteras estaban abarrotadas. Si pudiéramos reflejar en una palabra el espíritu de esa vertiginosa semana sería esta: “¡Ya!” Ya, ya, ya, vacaciones por fin.

Ha corrido un trimestre, el mundo parece volver a la normalidad, a la nueva normalidad, a esa que, incluso, con cubrebocas y medidas sanitarias nos invita a salir, socializar, entablar conversaciones, llenar aulas y redescubrir el valor de la presencialidad. Se dieron ya los esperados encuentros, abundan las “bodas retrasadas” y las graduaciones acumuladas han llenado jardines. Este trimestre fue sin duda especial, pero ¡ya! Ahora necesitamos descansar, anhelamos estos días de descanso que coinciden con la Semana Grande, la Semana Santa.

En occidente desde el Jueves Santo cambia el tenor del ruido por el expectante silencio de lo que se denomina el “Triduo Pascual”. Son los tres días más importantes de la liturgia cristiana, que marcan el fin de la Cuaresma y en los que se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. No puedo ni quiero obviar en mi columna lo que significa esta conmemoración.

El Triduo Pascual dentro de la Semana Santa se celebra desde la misa del jueves en la cena del señor hasta el domingo de resurrección.

El día jueves la tradición y piedad popular es especialmente sensible a la adoración del santísimo sacramento, que sigue a la celebración de la misa en la cena del señor. El sacramento queda reservado y no volverá a celebrarse misa alguna hasta el día de la Pascua.

Son días de un especial silencio, más interior que exterior, pues recordamos entonces, como recordamos a un ser querido, que Jesús ha muerto, y así el Viernes Santo la Iglesia celebra la muerte salvadora de Cristo.

En el acto litúrgico de la tarde, meditamos sobre la pasión de su señor, que intercede por la salvación del mundo y adora la cruz. El clima en las iglesias y templos es de austeridad. La liturgia colabora para que nos demos cuenta de que alguien ya no está. Brota el silencio, la oración, la expectación ante la oscuridad.

El sábado ni una sola misa, se detienen los relojes y se pasma la humanidad, porque vino un Dios que se hizo hombre para estar cerca, y preferimos matarlo y no escuchar sus invitaciones a amar. Sábado de dolor, aunque de dolor con esperanza, hasta que, cuando la noche se asoma, celebramos la misa que recuerda la resurrección.

Quizá es más que sabido para ustedes lo que se vive en estos días. Quizás les recuerde tradiciones de niños o la abuela y sus rezos, pero es una realidad, no podemos borrar nuestra historia y nuestra historia es la del mal redimido por la cruz. Entonces nos hacemos conscientes de nuestra poquedad y la bondad de Dios y surge el agradecimiento y la adoración.

El hombre es el único ser capaz de arrodillarse. Sin querer nos arrodillamos a cosas sin sentido, pero estos días nos hacen pensar en el sentido de todo, de nuestra vida misma. Pensamos el por qué y el para qué estamos, el por qué vivimos estas tradiciones y por qué a veces dejamos de vivirlas. Por qué a veces elegimos y detenemos la acción y el deseo del propio corazón.

Estos días en que para los cristianos la austeridad y el silencio son elocuentes, descubramos el misterio hasta donde seamos capaces. Abracemos nuestra fe con espíritu renovado, y el silencio nos hará gritar sin sonido un “Gracias a Jesús” y nos llenaremos el deseo de quitarle esos clavos, tal como dice Machado en su saeta: quién tuviera una escalera para subir a la Cruz y quitarle los clavos a Jesús el Nazareno.

Silencio hoy, que Dios ha muerto, silencio.

Silencio que Jesús odiado hasta la muerte,

se muere de amor.

Silencio para escuchar su venida, tres días en el Sepulcro y abrirá las puertas del Cielo para ofrecernos

esa felicidad que buscamos.

Silencio en este Triduo para luego romper a gritar y recuperar y disfrutar de la riqueza de la fe.

Temas: