Volver a ser: identidad con verdad

¿Qué somos, en el fondo? Somos personas dignas. No por lo que hacemos ni por lo que logramos, sino por lo que somos por naturaleza. Esa dignidad no es un concepto ético abstracto. Es una realidad ontológica: el ser humano tiene un valor incondicional. Y eso cambia todo.

En tiempos donde se repite hasta el cansancio que hay que amarse a uno mismo, conviene detenernos y preguntarnos qué significa realmente ese amor. ¿Es aceptación ciega? ¿Es complacencia narcisista? ¿Es un antídoto frente a toda exigencia? Lo que hoy se promueve como amor propio muchas veces oculta un individualismo disfrazado de autoafirmación que no reconoce límites, no acepta heridas ni dialoga con la verdad del propio ser.

Y sin embargo, sí necesitamos amarnos. Pero amarnos bien. Con verdad. Con lucidez. Con hondura. Porque sólo quien se acepta tal como es, con su historia, su biografía y sus cicatrices, puede entregarse de verdad. Sólo quien ha hecho las paces consigo puede mirar al otro sin necesidad de imponerse ni de huir.

La salud mental, tan frágil hoy, se vincula estrechamente con esta pregunta por la identidad. Muchos de los malestares que atraviesan a la persona nacen de un intento por ser otro. Por transformarse según modelos externos. Por negar lo que se es. Por pretender una autenticidad basada en el rechazo de la propia raíz. Pero ese intento, en el fondo, resulta violento. Porque cuando nos desvinculamos de lo que somos, también nos desarraigamos de aquello que nos permite crecer: la verdad.

Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo, sobreviviente de Auschwitz, escribió en su obra El hombre en busca de sentido: “Cuanto más se olvida el hombre de sí mismo —al entregarse a una causa o amar a otra persona— más humano es y más se realiza a sí mismo”. Esta frase, que podría parecer paradójica, encierra una clave esencial: el yo sólo se encuentra cuando deja de centrarse en sí. Pero no se trata de anularse ni de negarse, sino de salir del ensimismamiento para encontrarse en la entrega. Y ese proceso exige antes una aceptación profunda de lo que uno es.

Aceptar no es conformarse. Aceptar es partir de la realidad. Es reconocer con serenidad los propios límites y también las propias posibilidades. Es reconciliarse con la propia historia, con sus luces y sombras, para dejar de cargarla como peso y poder ofrecerla como don. No se trata de un romanticismo ingenuo, sino de una antropología realista.

La crisis de identidad que vivimos es también una crisis de verdad. Buscamos definirnos por lo que hacemos, por lo que poseemos, por cómo nos proyectamos, por lo que aparentamos. Pero la identidad personal no se construye como un proyecto de marca. No somos un producto en desarrollo. Somos personas, es decir, realidades únicas, irrepetibles, abiertas al otro.

Nuestra cultura, centrada en la visibilidad, ha distorsionado la mirada que tenemos sobre nosotros mismos. Nos miramos desde fuera. Desde las redes. Desde las métricas. Desde el juicio social. Pero no desde dentro. No desde la conciencia. No desde el misterio. Y eso provoca un extrañamiento constante, una búsqueda de aprobación que nunca se satisface.

¿Qué somos, en el fondo? Somos personas dignas. No por lo que hacemos ni por lo que logramos, sino por lo que somos por naturaleza. Esa dignidad no es un concepto ético abstracto. Es una realidad ontológica: el ser humano tiene un valor incondicional. Y eso cambia todo. Porque cuando la identidad se asienta sobre el amor que la origina —ese amor primero, gratuito, eterno—, ya no necesita disfrazarse. Ya no necesita competir ni fingir. Puede mostrarse. Puede crecer. Puede amar.

Sólo se ama verdaderamente lo que se conoce. Y sólo se conoce lo que se acepta. Por eso, el amor propio no es un ejercicio de vanidad, sino una forma de humildad, la de reconocerse necesitado del otro y de ser llamado a vivir con otros; como vida que no se posee a sí misma, pero que puede entregarse con libertad.

Aceptar lo que uno es, con todo lo que eso implica, es el primer paso para vivir en libertad. No una libertad que rompe con todo, sino una libertad que se enraíza. Que no teme mirarse, y por eso, no teme amar, implica finalmente conocer la propia identidad con verdad.

Temas: