Por: John Brandolino*
El mundo corre el riesgo de perder la batalla contra las estafas digitales y el ciberfraude. Podemos contraatacar.
La mayoría de nosotros lo ha experimentado o conoce a alguien que lo ha hecho: un correo electrónico, mensaje de texto o mensaje en redes sociales que nos manipula para compartir información o realizar alguna acción, a menudo implicando la transferencia de fondos.
Hoy, aceleradas por la tecnología y la inteligencia artificial (IA), las estafas se han convertido en una forma altamente rentable de crimen organizado.
Los estafadores profesionales ahora utilizan técnicas sofisticadas de phishing para atraer y defraudar a las víctimas. Implementan anuncios dirigidos en redes sociales y sitios web falsos para recopilar datos personales, que luego se envían a centros de llamadas fraudulentos capaces de realizar cientos —si no, miles— de llamadas cada día. Pueden ocultar su ubicación e identidad, a menudo haciéndose pasar por autoridades, funcionarios bancarios, incluso seres queridos, siendo las personas mayores especialmente vulnerables.
Una vez obtenidos los fondos, éstos se canalizan a través de múltiples capas de cuentas intermediarias y empresas ficticias, diseñadas deliberadamente para evadir la detección.
La magnitud financiera es asombrosa. Se estima que las pérdidas globales por fraude organizado y estafas oscilan entre 500 mil millones y más de un billón de dólares. Por supuesto, la cifra real es casi con toda seguridad mayor, ya que muchos incidentes no se denuncian. Y, de los casos que sí se reportan, muchos quedan sin resolver.
El impacto es muy real. Detrás de las cifras hay ahorros de toda una vida que desaparecen con un solo clic y empresas retenidas como rehenes por ransomware.
Más allá de vaciar cuentas bancarias, puede haber un trauma psicológico duradero que erosiona la confianza de las personas en los sistemas destinados a protegerlas. En su esencia, se trata de un esfuerzo sistemático por explotar la confianza y la vulnerabilidad con fines financieros.
Con la tecnología actual, todos somos un objetivo potencial, y ningún objetivo está fuera de alcance. Las herramientas digitales, incluida la inteligencia artificial, han transformado el panorama del fraude de tres maneras críticas.
Primero, permiten que las estafas se expandan a gran escala. La automatización permite a los defraudadores multiplicar los intentos de phishing, distribuir malware en masa y llegar simultáneamente a millones de víctimas potenciales.
Segundo, perfeccionan el engaño. La inteligencia artificial impulsa a chatbots multilingües, software de suplantación de voz y perfiles falsos capaces de imitar de forma convincente a autoridades o seres queridos.
Tercero, aceleran el blanqueo de capitales. Las criptomonedas permiten mover rápidamente y de forma anónima las ganancias ilícitas, facilitando transferencias a gran escala entre jurisdicciones.
En la práctica, la tecnología ha convertido el fraude en una empresa moderna y global. Esta transformación es especialmente evidente en el sudeste asiático, donde grupos criminales han aprovechado la inestabilidad, los conflictos y los vacíos en el Estado de derecho para establecer grandes complejos de estafas, a menudo recurriendo a mano de obra traficada. Desde entonces, se han reportado actividades similares en América Latina, Oriente Medio, el Cáucaso y más allá.
Sin embargo, a medida que el fraude opera cada vez más sin fronteras, la justicia ha tardado en ponerse al día. Las brechas en las capacidades de las fuerzas del orden y la falta de coordinación entre países permiten que los delincuentes salten fácilmente de una jurisdicción a otra. Un solo caso puede involucrar a perpetradores en un país, víctimas en varios otros y pruebas electrónicas almacenadas en un lugar completamente distinto. Las diferencias en los sistemas legales y los estándares probatorios también pueden significar que información crucial tarde en obtenerse, sea inutilizable o simplemente se pierda.
El resultado es un desajuste entre la magnitud de la amenaza y nuestra capacidad para enfrentarla. En pocas palabras, estamos combatiendo un crimen del siglo XXI con herramientas del siglo XX. Urge actualizar nuestras respuestas.
Necesitamos aprovechar tecnologías como el aprendizaje automático, el software de detección de fraude y el análisis estadístico impulsado por IA para identificar y prevenir amenazas antes de que se propaguen.
También debemos capacitar a las fuerzas del orden en capacidades avanzadas de análisis forense digital para que puedan recopilar, compartir y utilizar pruebas electrónicas.
Esto requiere una colaboración más estrecha con el sector privado y las empresas tecnológicas, que están a la vanguardia de la IA y la ciencia de datos y ya poseen muchas de las herramientas necesarias para detectar, interrumpir y prevenir el fraude habilitado por IA.
Y debemos hacer más para proteger a individuos y empresas, aumentando la concienciación y apoyando a las víctimas en la denuncia de incidentes y la recuperación de sus pérdidas.
Los países están comenzando gradualmente a reconocer la magnitud de la amenaza y están respondiendo.
En 2024, acordaron una nueva Convención de las Naciones Unidas contra el Ciberdelito, que establece normas más claras para el intercambio de pruebas electrónicas, marcos jurídicos nacionales más sólidos y una cooperación transfronteriza mejorada.
Lo que se necesita ahora es voluntad política y coordinación práctica para utilizar esta herramienta en todo su potencial, conectando a gobiernos, sector privado, instituciones financieras, empresas tecnológicas y sociedad civil.
Estas alianzas intersectoriales son esenciales para compartir experiencia técnica y reducir las disparidades de capacidad.
Por eso, los días 16 y 17 de marzo, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito e Interpol, con el apoyo del Ministerio del Interior del Reino Unido, Meta, Santander y la Alianza Global contra las Estafas, convocan la segunda Cumbre Mundial contra el Fraude en Viena para identificar soluciones prácticas y trazar el camino a seguir.
El fraude es una amenaza mundial creciente y la única manera de combatirlo eficazmente es construir una respuesta verdaderamente global y coordinada.
* Director Ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)
