El vision board: el arte de imaginar el futuro
El vision board no es un simple ejercicio de optimismo. No es pensar que todo saldrá bien por inercia. No es repetir frases positivas ni acumular imágenes de éxito. El vision board se sustenta en una esperanza auténtica que es siempre responsable. Exige realismo, compromiso, decisión y valentía para hacerse cargo del presente.
En los últimos años se ha popularizado una práctica aparentemente sencilla: el vision board. Un collage de imágenes, palabras y símbolos que buscan representar aquello que anhelamos para el futuro. Se le atribuye la capacidad de ordenar deseos, clarificar metas y proyectar esperanza. Para muchos, especialmente jóvenes, se ha convertido en un ritual casi íntimo de inicio de año: sentarse, recortar, imaginar. Las tiendas ofrecen el material necesario, la IA puede hacer el mapa que nos hemos imaginado. Sólo se requiere la decisión de reflexionar y mirarnos desde la perspectiva actual hacia la que deseamos.
Más allá de la moda o del lenguaje aspiracional revela algo profundamente humano: la necesidad de mirar hacia adelante con sentido. Nadie construye un vision board desde la nada. Lo hace desde una historia, desde heridas y logros, desde miedos y convicciones. En el fondo, no es un ejercicio de fantasía, sino una afirmación de sentido.
Aquí conviene hacer una precisión, el vision board no es un simple ejercicio de optimismo. No es pensar que todo saldrá bien por inercia. No es repetir frases positivas ni acumular imágenes de éxito. El vision board se sustenta en una esperanza auténtica que es siempre responsable. Exige realismo, compromiso, decisión y valentía para hacerse cargo del presente.
En este sentido, el vision board puede convertirse en algo más que un tablero de deseos, puede ser una toma de postura ante la vida. Una manera de decir esto es lo que quiero construir y estoy dispuesto a trabajar por ello. Para los universitarios este matiz resulta especialmente relevante, ya que reconocer los propios límites dentro del proceso de autoconocimiento y de construcción de un proyecto de vida no implica renunciar al horizonte, por el contrario, permite avanzar de manera libre y consciente hacia la meta propuesta y sostener los propios anhelos incluso frente a las dificultades que puedan surgir en el camino.
Proponerse dar pasos concretos hacia el futuro no es una evasión de la realidad, es una expresión de resiliencia. En un mundo que con frecuencia impone ritmos acelerados, expectativas contradictorias y narrativas ajenas, detenerse a pensar qué se espera de la propia vida es un acto de autonomía madura, es construir los cimientos de un edificio trascendente.
No se trata de tenerlo todo ni de responder a modelos prefabricados de éxito, sino de integrar la propia vocación, de articular trabajo profesional, vínculos, aficiones, y crecimiento interior. Es un ejercicio que cuestiona quién soy, dónde estoy y qué quiero lograr.
El vision board, se convierte en una práctica que se ejercita, que se vive. No promete caminos fáciles, pero sí caminos con sentido. No elimina la incertidumbre, pero la habita con confianza. La mirada “de golpe” de lo que se quiere, añadiendo fechas, medios, recursos y una revisión de la visión, permítanme la reiteración, ayuda a caminar con rumbo.
Si esta moda se enriquece de contenido y mueve a la acción, es mucho más que una tendencia, es un compromiso y hoy, necesitamos ser personas que sueñan, que esperan, que se comprometen, que crean su propio futuro.
Iniciamos un nuevo año, recomenzar es una palabra que combina bien con esta fecha. Y recomenzar con una carretera diseñada ayuda a alcanzar las metas ahí vertidas. A la vez, la plasticidad de este ejercicio, las imágenes, post its, calcomanías, permiten movilidad, ir adaptando lo previsto a lo que surja en el tiempo, pero con una hoja de ruta que facilitará en lo posible no perder el rumbo.
¡Feliz nuevo año! ¡A trabajar en lo previsto! ¡A andar y desandar cuando sea necesario! ¡A lograr el mayor de los éxitos, entregarle al fin de este año una mejor versión de cada uno!
