Mi grano de arena y paz para Ucrania y nuestra casa común
A cosechar paz, a desear paz, no una melosa, sino una que surge de una vida armónica, una vida lograda, como la de los jóvenes ucranianos del 2014 o tantos otros silenciosos y ocultos ejemplos de nuestra historia.
La mirada y atención de estas últimas semanas se nos van a Ucrania, Rusia y Estados Unidos. Con la inmediatez de las noticias en formatos digitales, podemos al toque de un botón trasladarnos a ese lugar donde los hombres una vez más hemos optado por la guerra.
Hace un par de días terminé de ver por segunda vez Winter on fire, un documental sobre Ucrania que explica las manifestaciones y el conflicto del llamado Euromadián o la Revolución de la dignidad de 2013 y 2014, y que registra la salida a las calles de miles de personas que buscaban derrocar al presidente Víktor Yanukóvich, electo y prorruso que suspendió la firma del acuerdo de Asociación y Libre comercio con la Unión Europea.
El documental muestra el sentir del pueblo ucraniano ante la situación de ese momento y contribuye a desmentir el discurso de algunos medios sobre el interés presunto interés que tienen las mayorías de librarse del régimen ucraniano para integrarse a Rusia.
Hoy, a ocho años de esta Revolución de la dignidad, Rusia quiere nuevamente a Ucrania, desea poseer esta porción de tierra que brinda grandes oportunidades comerciales y políticas, a costa de la lucha, la guerra y vidas perdidas.
No pretendo entrar en un tema político que tiene demasiados intereses, y del que no soy experta, pero tomo una pausa para reflexionar y hacer notar que no hemos salido de la batalla contra el covid-19 y que excedió a la humanidad, cuando la propia humanidad hoy provoca una guerra.
Aprecio también que, aunque todo sucede allá, también hay un acá. Aunque pueda parecer idealista, creo que desde la trinchera personal todos podemos colaborar para que haya paz, pues ésta es posible si logramos la paz personal, la armonía interior y por ende exterior.
Se me viene a la mente Tolstói y su extraordinaria novela La guerra y la paz, cuyo ritmo de la narración se marca por estos dos fenómenos; la guerra y la paz. Entre sus páginas podemos leer la visión de Tolstói, quien niega que la historia está determinada por personalidades heroicas individuales, sino que se lleva a cabo por las acciones de muchas personas.
A través de múltiples personajes, detalladas batallas, soldados que van y vuelven, Tolstói refleja precisamente eso, que no es un hombre quien hace la historia completa, sino que la hacemos todos con las decisiones que tomamos, el rumbo que damos a nuestros actos y el sentido que damos a nuestras vidas.
Escrivá de Balaguer, autor espiritual del siglo XX, invitaba a todos los hombres a ser sembradores de paz y de alegría. En estos momentos de conflicto, la paz personal se contagia y se expande como la piedra que cae en el río y que va haciendo círculos más y más amplios.
Ante aquello de que no podemos hacer nada, me pregunto si, más bien, es que no queremos hacer nada. Ante el enunciado de que nos han robado la esperanza, encuentro que, aunque es cierto que no podemos hablar con los actores de los conflictos o ir a las batallas, sí podemos construir paz en nosotros y en quienes nos rodean, contribuyendo a la historia y siendo, como citaba, sembradores de paz. Nada se pierde si la cosecha se hace en buen momento y el momento que tenemos es el hoy y lo que tenemos por delante.
A cosechar paz, a desear paz, no una melosa, sino una que surge de una vida armónica, una vida lograda, como la de los jóvenes ucranianos del 2014 o tantos otros silenciosos y ocultos ejemplos de nuestra historia.
Esta paz será consecuencia, parafraseo nuevamente a Escrivá de Balaguer, de la propia guerra que cada uno tiene consigo mismo para evitar la indiferencia, la desgana y la mirada superficial. La única manera insolente de vivir, es vivir a espaldas de lo que nos rodea. Termino, como otras veces, invitándote a pensar, para que ahí donde te encuentres no dejes de poner un grano de arena. Aunque sean pequeños los granos, si son muchos, llenarán el mundo de brillos anónimos y reales que cambian el todo, pues lo que pasa al mundo nos pertenece.
