Hacer que aprender valga la pena

Vivimos tiempos marcados por la automatización del conocimiento y por la creciente desmotivación de los estudiantes. Las herramientas digitales, en particular la IA, ofrecen respuestas instantáneas, bien redactadas, técnicamente correctas, pero emocional y existencialmente vacías. ¿Qué sentido tiene, entonces, esforzarse por comprender, analizar o redactar si un algoritmo puede hacerlo mejor?

Un viejo y buen maestro me comentaba en alguna ocasión que el parámetro de su clase era su alumno menos destacado; a él se dedicaba con especial esmero porque su actitud le indicaba que era quien más lo necesitaba realmente. Esta anécdota manifiesta una actitud de fondo: la convicción de que todos pueden aprender. Pero ¿cómo hacemos que valga la pena aprender?

Vivimos tiempos marcados por la automatización del conocimiento y por la creciente desmotivación de los estudiantes. Las herramientas digitales, en particular la inteligencia artificial, ofrecen respuestas instantáneas, bien redactadas, técnicamente correctas, pero emocional y existencialmente vacías. ¿Qué sentido tiene, entonces, esforzarse por comprender, analizar o redactar si un algoritmo puede hacerlo mejor?

Frente a estas preguntas, muchos docentes experimentan una especie de desánimo silencioso. Se preparan, enseñan, corrigen, pero sienten que los alumnos están lejos, distraídos, desinteresados. Que ya no hay conexión. Que cuesta cada vez más despertar el deseo de aprender. Me parece que la clave no está en forzar la atención ni en competir con la inmediatez de la tecnología, sino en redefinir el acto educativo como algo más que la transmisión de contenidos. Porque enseñar no es sólo explicar temas ni aplicar métodos: es provocar el deseo de aprender.

Y, para ello, hay que volver a lo esencial: la relación educativa como camino compartido. Como todo buen camino, requiere preparación, sentido de rumbo, pero también capacidad de asombro, pausas, conversación y descubrimiento mutuo. Ésta es la gran dignidad de aprender: no ser quien sabe más, sino quien se compromete con el crecimiento del otro. Y, por eso, aquel viejo maestro tenía razón: el verdadero parámetro de una clase no es el promedio, sino el alumno más difícil. No porque sea cómodo, sino porque ahí se pone a prueba el verdadero compromiso con el aprendizaje.

Ahora bien, ¿por qué nuestros alumnos no quieren aprender? ¿Por qué, incluso en las mejores universidades, sentimos que muchos jóvenes vienen sin interés real? Las causas son múltiples y complejas: falta de hábitos, exceso de estímulos, una cultura que premia la inmediatez y desvaloriza el esfuerzo, pero hay una razón más profunda que a veces olvidamos: los estudiantes no aprenden cuando no ven que vale la pena hacerlo. Y eso sólo se logra cuando el aprendizaje se vincula con lo real, con lo profundo, con lo vital. Cuando la clase se vuelve un lugar donde se despierta el pensamiento, se cultiva la libertad interior y se enciende la posibilidad de transformación.

Y aquí entra un recurso que no aparece en los planes de estudio, pero que es decisivo: el testimonio del profesor. Porque, en el fondo, no se enseña sólo lo que se dice, sino lo que se es. Un maestro apasionado, exigente, cercano, con sentido, puede cambiar la vida de un estudiante. Lo hemos visto. Lo hemos vivido. Todos recordamos a algún maestro que nos marcó por su vida.

En este sentido, educar hoy no requiere reinventar la profesión docente, sino revalorizarla desde dentro. Volver a creer que el aula sigue siendo un espacio privilegiado para cultivar humanidad. Que cada encuentro con los alumnos es una oportunidad única para encender una chispa. Que la clase no es una función repetida, sino una posibilidad nueva de formar.

Y sí, habrá desánimos, rutinas, cansancio. Pero también hay esperanza. Porque, a pesar de los cambios, el corazón del alumno sigue esperando ser transformado, desafiado, acompañado. Y ahí está el lugar del maestro: no como vigilante del centeno, sino como compañero de camino que —desde su propia pasión por la verdad— sabe transmitir que aprender vale la pena.

En un mundo que ofrece respuestas automáticas, educar es enseñar a hacer preguntas. En un mundo que premia lo inmediato, educar es formar en la espera, en el proceso, en el sentido. En un mundo que a veces olvida lo humano, educar es recordar que detrás de cada alumno hay una historia, una posibilidad, una esperanza.

Y cuando eso ocurre, cuando logramos que el alumno se interese, se implique, se transforme, entonces entendemos que educar no es sólo un trabajo. Es una vocación. Es una misión. Es, sobre todo, un acto de amor.

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