Frankenstein, Del Toro y la herida original que sigue respirando
Del Toro lo ha dicho, quería sentir lo mismo que Shelley cuando escribió. Y se nota. Su Frankenstein es una conversación íntima entre dos artistas separados por dos siglos, pero unidos por una misma intuición que lo verdaderamente monstruoso no es la criatura, sino la incapacidad humana de hacerse responsable de aquello que engendra
Debo confesarlo soy una lectora devota de Mary Shelley, cuya lucidez literaria y filosófica siempre me ha fascinado. Shelley escribió Frankenstein con el pulso de una vida marcada por el duelo, y quizá por eso —dos siglos después— su novela sigue latiendo con una intensidad que pocas obras conservan. Por eso, cuando supe que Guillermo del Toro retomaría la historia, quise mirar de nuevo aquello que creí haber comprendido. Y encontré, para mi sorpresa, que su película es una de las más fieles no a la letra, sino al alma de la novela.
En 1816, Mary Shelley hizo algo fundacional, creó la primera gran novela de ciencia ficción moderna y al mismo tiempo, un tratado filosófico sobre la responsabilidad de traer algo o alguien al mundo. Tenía apenas 19 años cuando la escribió. Pero en esa juventud había ya una trayectoria de pérdidas que marcaron su visión sobre la vida y la muerte. Creció visitando la tumba de su madre, murió simbólicamente para su padre cuando éste la rechazó, y antes de cumplir los 20 había perdido a tres de sus cuatro hijos. No es casual que soñara que podía revivir al bebé que acababa de fallecer acercándolo al fuego. Frankenstein nace de ese vacío y por eso, habla menos de monstruos que de abandono, menos de ciencia que de amor truncado.
Guillermo del Toro entiende esa herida. Por eso, su versión no pretende reproducir el texto con fidelidad literal, sino dialogar con el dolor que lo originó. Del Toro lo ha dicho, quería sentir lo mismo que Shelley cuando escribió. Y se nota. Su Frankenstein es una conversación íntima entre dos artistas separados por dos siglos, pero unidos por una misma intuición que lo verdaderamente monstruoso no es la criatura, sino la incapacidad humana de hacerse responsable de aquello que engendra.
Desde la primera imagen, Del Toro ilumina lo que siempre se ha contado entre sombras. Donde el cine clásico insistió en laboratorios húmedos, cuevas góticas y descargas eléctricas, él apuesta por una estética luminosa. Dan Laustsen, director de fotografía, filma los primeros instantes de la vida de la criatura con planos que se expanden, como si el mundo se abriera ante la posibilidad de lo nuevo. Los colores, las texturas y los vestuarios bordean lo fantástico más que lo terrorífico. Del Toro parece decir que incluso aquello que tememos puede poseer la pureza de lo vivo.
El Víctor Frankenstein de esta versión no es un científico desbordado por la ambición, sino un hijo herido, un joven quebrado por la crueldad emocional de su padre, incapaz de amar porque nunca fue amado. Ese matiz es crucial. Shelley no escribió una historia sobre experimentos fallidos, sino sobre seres humanos que no saben cómo serlo. En la versión de Del Toro, la criatura tampoco es el monstruo torpe y temido de las adaptaciones clásicas. Es un ser inmenso, vulnerable, casi hermoso en su desproporción. Su sola presencia condensa las preguntas originales de Shelley: ¿qué nos vuelve humanos? ¿quién decide si somos dignos de amor? ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad ante lo que creamos?
Aunque Del Toro introduce cambios ninguno traiciona la esencia. Al contrario, la recuperan. La obra se convierte en una meditación sobre la identidad, la herida, la responsabilidad y el deseo de ser visto. Porque, al final, eso buscan tanto el creador como la criatura, el ser amados.
Lo conmovedor de esta película es su compasión. Del Toro tiene un talento singular para narrar lo roto sin cinismo. Sus criaturas nunca son sólo criaturas; siempre son preguntas. Preguntas sobre lo humano, sobre lo que consideramos digno y lo que descartamos.
Al terminar, queda una sensación profunda: la de haber asistido no a una historia de terror, sino a un rito de reconciliación. Una historia que habla del dolor y también de lo que se encuentra después: el perdón, la ternura y la posibilidad de volver a nombrar aquello que amamos.
En tiempos en los que la técnica crece más rápido que nuestra conciencia, la obra de Shelley y la mirada de Del Toro nos recuerdan que lo decisivo no es el avance, sino el corazón que lo sostiene. Y que ninguna creación puede sobrevivir sin la responsabilidad amorosa de quien la engendra.
Ése es, quizá, el verdadero mensaje de Frankenstein que no existe ciencia, avance o luz que pueda suplir el anhelo humano más simple y profundo: ser amado y aprender a amar.
