Donde vive lo extraordinario

Hace apenas unos días el Mundial ocupaba nuestras conversaciones. Organizábamos reuniones alrededor de los partidos, modificábamos horarios, hacíamos cálculos, imaginábamos escenarios y por unos instantes, parecía que el tiempo se medía de cuatro en cuatro años. Incluso quienes normalmente no siguen el futbol terminaban contagiándose por esa emoción colectiva que sólo los grandes acontecimientos son capaces de despertar. 

El Mundial nos recordó algo profundamente humano: necesitamos celebrar, compartir, emocionarnos y sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Pero, como toda celebración, también llegó el silbatazo final. Las camisetas volvieron al clóset, las transmisiones terminaron, las calles recuperaron su ritmo habitual y casi sin darnos cuenta, regresamos a la normalidad.

Hay algo curioso en ese regreso. Después de haber esperado durante tanto tiempo un acontecimiento extraordinario, la rutina puede parecernos menos luminosa. Volvemos al despertador, al tráfico, a las clases, a las reuniones, a los pendientes que se habían quedado en pausa y sentimos una especie de nostalgia por aquello que terminó. Sin querer, comenzamos a vivir esperando el siguiente acontecimiento extraordinario, como si el resto del tiempo fuera únicamente un intervalo entre una celebración y otra.

Sin embargo, quizá la pregunta no sea cuándo llegará el próximo gran momento, sino qué estamos dejando de ver mientras tanto. Porque la mayor parte de nuestra vida no transcurre en escenarios extraordinarios. La vida sucede, sobre todo, en los días que parecen iguales. Vivimos en una cultura que exalta lo extraordinario. Las redes sociales nos muestran continuamente experiencias espectaculares, logros excepcionales y momentos dignos de ser compartidos. Poco a poco podemos llegar a creer que una vida valiosa es aquella que está llena de acontecimientos memorables. Pero esa idea encierra una enorme trampa. Si sólo encontramos sentido en aquello que rompe la rutina, terminaremos considerando la mayor parte de nuestra existencia como un tiempo de espera. Y la vida no fue hecha para esperarse; fue hecha para vivirse.

Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea encontrar experiencias cada vez más extraordinarias, sino recuperar la capacidad de asombro frente a lo ordinario. Descubrir la belleza de un trabajo bien hecho, la alegría de una conversación sincera, la satisfacción del deber cumplido, la paz de un momento de silencio o la posibilidad siempre nueva de aprender algo distinto. El asombro no depende tanto de lo que ocurre como de la mirada con la que contemplamos la realidad.

Esta convicción adquiere una profundidad todavía mayor cuando la contemplamos desde la fe. Resulta significativo que Jesucristo dedicara cerca de 30 años de su vida a la existencia cotidiana de Nazaret y apenas tres a su vida pública. Antes de los milagros, de las multitudes y de las grandes enseñanzas, hubo años de trabajo, de familia, de amistad y de vida sencilla. Dios quiso habitar precisamente ese espacio que con frecuencia nosotros consideramos rutinario. 

Lo mismo sucede en la educación. Las universidades celebramos con entusiasmo las graduaciones, los reconocimientos, los congresos internacionales y los grandes proyectos institucionales. Y debemos hacerlo, porque son motivo de gratitud y esperanza. Pero una universidad transforma verdaderamente al mundo mucho antes de esos acontecimientos. Lo hace en el salón de clases donde un profesor despierta el deseo de conocer la verdad; en el laboratorio donde un investigador persevera aun cuando los resultados tardan en llegar; en la conversación en la que un estudiante encuentra orientación para su futuro; en el trabajo silencioso de tantas personas que, desde distintos ámbitos, hacen posible que la misión educativa se cumpla cada día. La grandeza de una institución no se sostiene sobre momentos extraordinarios, sino sobre la fidelidad cotidiana de quienes la integran.

Quizá por eso el regreso a la normalidad no deba vivirse con resignación, sino con gratitud. Es verdad que las celebraciones terminan. Es verdad que el Mundial pasa, que las vacaciones concluyen y que el calendario vuelve a llenarse de responsabilidades. Pero también es verdad que la vida no se ha ido con ellas. Sigue esperándonos cada mañana, escondida en aquello que tantas veces llamamos rutina. Tal vez la plenitud no consista en vivir persiguiendo emociones cada vez más intensas, sino en aprender a descubrir la extraordinaria riqueza de lo ordinario.

Hace algunos meses nos preguntábamos: ¿Y si sí? Después vino otra pregunta igualmente necesaria: ¿Y si todavía no? Hoy, cuando las luces del estadio se han apagado y volvemos al ritmo de siempre, quizá valga la pena hacernos una tercera pregunta: ¿Y si aquí? ¿Y si la vida que tanto anhelamos no comienza después del próximo gran acontecimiento, sino precisamente aquí, en este día que parece igual a tantos otros? Porque, cuando aprendemos a maravillarnos de lo cotidiano, descubrimos donde vive realmente lo extraordinario.