Día de los Muertos: ¿qué quieres que diga tu calavera?
Vivir la vida que tenemos nos llena de agradecimiento y nos mueve a la construcción de una huella que quizás nadie mire, pero que queremos dejar. Una vida libre que elige y busca su destino, que escapa de la estrechez de lo mortal y evita la asfixia de lo que dura un instante
¿Te has preguntado por qué se conmemora el Día de Muertos? Esta festividad mexicana nos recuerda cuán finitos somos y nos enseña que la muerte es parte de la vida y debemos festejarla. A pocos días del 2 de noviembre, frente a esta tradición que a tantos extranjeros sorprende e incluso asusta, nos enfrentamos con la única realidad en la que todos los humanos coincidimos: nos vamos a morir. Podríamos preguntarnos cómo, cuándo y dónde, pero no hay spoilers, no hay forma de saber más que el hecho de que ese momento está escrito en el libro de nuestra vida y nos llegará inexorablemente.
Frente a la muerte cabe un temor explicable a lo desconocido. Aunque en nuestra vida haya decenas de alegrías, sinsabores y sufrimientos, amamos la vida y quisiéramos tenerla siempre. Tomo estas fechas para reflexionar y continuar la línea que he estado desarrollando, que parece acercarse a una saga sobre la libertad. ¿Por qué? Porque no sabemos nada de nuestra muerte, pero sí que podemos construir nuestra vida. Recordemos las palabras de Schiller que plantean que “El hombre fue creado libre y es un ser libre, aunque haya nacido en una mazmorra”.
- Nuestra mortalidad nos lleva a vivir de acuerdo con nuestra naturaleza con plena libertad. Plena libertad que, en síntesis, es el resultado de la suma de nuestras decisiones, elecciones y nuestra armonía interior. Esta armonía no se forja de manera inmediata, sino que se labra diariamente, se prepara y se “repara”. La experiencia de la caducidad de la vida, nos invita a vivir cada jornada con más libertad.
Pensemos: ¿cuánto tiempo hemos dedicado a estudios, trabajos que con el paso de no mucho son caducos?, ¿cuántas pérdidas hemos sufrido que, en algún punto, aunque no se olvidan, pierden fuerza?, ¿cuánto tiempo dedicamos a recuerdos pasados imposibles de cambiar?, ¿qué tan fugaces son los momentos de explosiva alegría? Todo ello es la vida. Aunque tiene muchos momentos que caducan, debe vivirse a tope y nos exige saber dejar lo que debe irse y cortar las ataduras que nos impiden volar libremente.
Me viene a la cabeza ahora y parafraseo un libro recién leído, La canción de Aquiles, de la autora Madeline Miller, quien se ha especializado en adaptar historias clásicas a un lenguaje contemporáneo. Al recordar la caída de Troya plantea que la fama de los hombres-dioses sigue cursos extraños, pues la de unos aumenta al morir y la de otros se desvanece, de la misma manera en que la que lo admira una generación la siguiente lo aborrece. Al respecto, sentencia, nada podemos decir nosotros que solo somos hombres.
- “Sólo somos hombres”, repito, y advierto que no es poca cosa, dado a que porque somos hombres somos libres y debemos ejercer nuestra libertad, más ahora que jugamos a ser eternos. Sólo sabiéndonos mortales, podemos tener más vida. Sólo siendo más humanos podemos discernir y decidir. Sí, en este juego de la vida, jugamos con libertad, no seremos espectros sin rostro escasos de originalidad, sino seremos, de verdad, arquitectos de nuestra vida. ¿Habrá algo que valga más la pena?
Vivir la vida que tenemos nos llena de agradecimiento y nos mueve a la construcción de una huella que quizás nadie mire, pero que queremos dejar. Una vida libre que elige y busca su destino, que escapa de la estrechez de lo mortal y evita la asfixia de lo que dura un instante. En este soltar amarras se alcanza, día a día, la libertad anhelada, gritada, buscada. Esa libertad que la tiranía de estos momentos nos quiere robar. Esa libertad que con temor y temblor asumimos y con la que podemos vivir una vida preparada para la muerte. Así que te repito la pregunta que titula estas líneas: tú, ¿qué quieres que diga tu calavera?
