Es por ti
Es por ti que veo ríos donde sólo hay asfalto. Es por ti que hay océanos donde sólo había charcos. Es por ti que soy cómplice del viento. Es por ti, Cómplices
Solamente a los mexicanos se les ocurre colocar a los bueyes atrás de la carreta o comenzar la construcción de su casa por el techo y los muros, dejando para el final la cimentación. Ansiosos por celebrar la finalización de un proyecto, poca atención le prestan a los procesos y el aprendizaje. Luego tienen que recoger los escombros y empezar de nuevo. Con los mismos vicios.
Hay un clamor bastante generalizado en este México nuestro en el sentido de que la transformación del régimen penal anterior al acusatorio, que no acabamos de aprender, ha tenido como única consecuencia la protección a los victimarios, en perjuicio de las víctimas de los hechos delictivos. La presunción de inocencia, de honesto origen indiscutible, entró en maridaje con la incompetencia de los órganos administradores de la justicia y ha traído como consecuencia la liberación anticipada de peligrosos delincuentes o, peor aún, procesos mal llevados que, en manos de abogados experimentados, devienen en sentencias absolutorias para pillos de siete suelas. Pusimos los bueyes detrás de la carreta: antes de capacitar a policías, ministerios públicos y jueces, pusimos el sistema procesal, que nadie domina.
El escandaloso y retorcido caso de nuestro villano favorito actual, Javier Duarte, va a venir siendo la prueba del ácido del Nuevo Sistema Penal Acusatorio, la de los juicios orales que todos nos imaginábamos en un set de cine con muebles de madera oscura y un jurado multirracial que se metía a deliberar por largas horas hasta llegar a la unanimidad de un veredicto. Esta imagen idílica iba a sustituir a los procesos de voluminosos legajos de declaraciones e indagatorias que nadie leía, mucho menos el juez, y que terminaban encarcelando inocentes sin siquiera haberles dictado sentencia, a la esperanza de que, al cabo de varios años, viniera un “usted dispense” y una liberación igualmente injusta.
Pocas convicciones son más compartidas en la sociedad mexicana que la condena firme a la conducta delictiva del que fuera el más reciente gobernador de Veracruz. Nadie abriga duda alguna de que desvió fondos públicos, fundó empresas fantasma para canalizar esos dineros en su beneficio personal y de sus seres más queridos. Todos estamos seguros de que el catálogo de sus bienes mal habidos es prácticamente interminable. Mediáticamente, el espectáculo de las denuncias en su contra, los videos en que negaba todo y afirmaba que se quedaría en México a responder a las falsas acusaciones, acabaron siendo, precisamente, un circo mediático. Su segundo acto fue la captura y el largo proceso para trasladarlo preso y sujetarlo a proceso. Bajo el Nuevo Sistema de Justicia Acusatoria.
Tres agentes del Ministerio Público, un varón y dos mujeres, me dicen, fueron incapaces en el juicio de vinculación a proceso, balbucearon argumentos débiles para, pobremente, fundamentar apenas el desvío de 35 millones y medio de pesos. La presunción del desfalco es de 300 veces esa cantidad, por lo menos.
Mas resulta que el primer juicio de vinculación a proceso es lo que deja establecidos y perfectamente definidos los delitos y el monto de los daños. Una vez así sometidos, ya no se pueden cambiar. La incapacidad (¿corrupción?) de los fiscales de este caso y la habilidad experta de los abogados del diablo pueden convertirse en una absolución de Duarte o en una pena mínima.
O, ¿acaso será que fiscales, jueces y abogados forman parte de una conspiración enorme, cuya solución llevaría a una gran cantidad de fondos robados que acabaron en las campañas electorales de compatriotas que están en el poder? Alguien lo debería averiguar y no precisamente Vargas.
